Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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Secretos en el palacio
El reino parecía tranquilo, pero bajo aquella calma se escondían demasiados secretos.
En el gran salón del palacio, el rey Fernando había convocado a varios nobles y oficiales. Sobre la enorme mesa descansaban mapas, cartas y documentos relacionados con las fronteras.
Daniel permanecía junto a su padre.
Elizabeth estaba sentada un poco más atrás, escuchando atentamente.
A su lado se encontraba el general Andrés, comandante de las tropas del reino.
—Las noticias de las fronteras son preocupantes —dijo el rey—. Algunos comerciantes aseguran haber visto hombres armados cerca de nuestros territorios.
Uno de los nobles negó con la cabeza.
—Majestad, quizá sean simples rumores.
Daniel lo miró.
—No podemos permitirnos pensar así.
Otro noble intervino.
—Desde lo ocurrido en San Marcos no hemos vuelto a encontrar movimientos extraños.
Elizabeth habló por primera vez.
—Precisamente por eso deberíamos preocuparnos.
Todos la miraron.
—¿Por qué, princesa? —preguntó el rey.
—Porque alguien intentó engañarnos utilizando el nombre de mi hermano. Si esa persona sigue dentro del reino, puede estar preparando algo mucho peor.
El general Andrés la observó con atención.
—La princesa tiene razón.
Elizabeth volvió la mirada hacia él.
—¿Usted también lo cree?
—Sí.
—Entonces tendremos que investigar.
Andrés sonrió ligeramente.
—Eso parece.
Elizabeth sostuvo su mirada durante unos segundos.
Había algo en aquel hombre que llamaba su atención.
Era serio, disciplinado y respetuoso con todos.
Pero cuando hablaba con ella, su expresión cambiaba ligeramente.
Como si estuviera intentando esconder algo.
—General —dijo Elizabeth—, ¿puedo hablar con usted después de la reunión?
Andrés pareció sorprendido.
—Por supuesto, alteza.
Mientras el consejo continuaba, dos hombres observaban desde el otro extremo del salón.
Uno de ellos era el conde Ricardo.
El otro era un noble llamado Sebastián.
—La investigación está avanzando demasiado rápido —murmuró Sebastián.
Ricardo permaneció tranquilo.
—Entonces habrá que distraerlos.
—La Banda del Cuervo sigue siendo un problema —dijo Sebastián.
Ricardo permaneció pensativo.
—Son ladrones. Mientras el reino los persiga, tendremos una preocupación menos.
—Pero tienen los documentos de San Marcos.
La expresión de Ricardo cambió.
—Eso sí es un problema.
—¿Crees que saben lo que significan?
—Quizá no todos. Pero si Daniel logra descifrarlos, podrían descubrir quién está detrás de los movimientos en la frontera.
Sebastián bajó la voz.
—¿Y qué hacemos?
Ricardo miró hacia la ventana.
—Esperar.
—¿Esperar?
—Sí. Aurora y los demás son ladrones. Tarde o temprano volverán a intentar un robo.
Sebastián comprendió.
—Y cuando aparezcan...
Ricardo sonrió.
—Los seguiremos hasta encontrar los documentos.
En otro lugar del reino, Aurora estaba sentada sobre el techo de una pequeña casa.
Pablo apareció detrás de ella.
—Tenemos un problema.
Aurora se volvió.
—¿Qué ocurrió?
—Nos están buscando otra vez.
—Eso no es ninguna novedad.
—Esta vez hay carteles nuevos.
Aurora suspiró.
—¿Cuánto ofrecen?
Pablo sonrió.
—Por ti, bastante.
—¿Y por ustedes?
—Menos.
Aurora comenzó a reír.
—Qué injusticia.
Lili apareció con una pequeña cesta.
—Encontré algo más importante.
Sacó un papel doblado.
—Lo encontré entre las cosas que robamos en la fiesta.
Aurora lo abrió.
Era una lista de nombres y cantidades de dinero.
Mateo se acercó.
—¿Qué significa?
Aurora leyó detenidamente.
—Son pagos.
—¿A quién?
Aurora levantó la mirada.
—A varios nobles.
Todos quedaron en silencio.
—¿Ricardo? —preguntó Diego.
Aurora negó.
—Su nombre no aparece.
Pablo frunció el ceño.
—Entonces, ¿quién está pagando a esos hombres?
Aurora dobló el documento.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
Al caer la tarde, Elizabeth caminaba por los jardines cuando escuchó pasos detrás de ella.
Era el general Andrés.
—Me pidió hablar conmigo, alteza.
Elizabeth sonrió.
—Sí.
Andrés se detuvo a cierta distancia.
—¿Qué necesita?
—Quería preguntarle algo.
—Lo que quiera.
Elizabeth miró alrededor.
—¿Confía en todos los hombres del consejo?
Andrés tardó en responder.
—No.
—¿Por qué?
—Porque algunos soldados han recibido órdenes que nunca salieron de mi despacho.
Elizabeth abrió los ojos.
—¿También le ha ocurrido?
—Sí.
—Entonces alguien está falsificando órdenes de varios miembros de la corona.
Andrés asintió.
—Eso creo.
Elizabeth guardó silencio.
—Necesitamos descubrir quién.
El general la miró.
—Es peligroso.
—Lo sé.
—Podría ponerla en peligro.
Elizabeth sonrió.
—¿Está preocupado por mí?
Andrés se quedó callado.
—Como general, es mi deber proteger a la familia real.
Elizabeth sostuvo su mirada.
—¿Solo como general?
Andrés apartó los ojos.
—Princesa...
Elizabeth sonrió.
—Está bien. No tiene que responder.
Pero ambos sabían que aquella pregunta había dejado algo flotando entre ellos.
Esa misma noche, Daniel salió discretamente del palacio.
No sabía que Aurora también se encontraba cerca.
Cuando llegó al viejo puente, la vio sentada junto al río.
—Parece que este lugar se está convirtiendo en nuestro punto de encuentro —dijo él.
Aurora sonrió.
—Quizá.
Daniel se sentó junto a ella.
—¿Tienes los documentos?
Aurora lo miró de lado.
—Sabía que terminarías preguntando.
—Son importantes.
—También tengo algo más.
Sacó el documento con la lista de pagos.
Daniel lo leyó.
Su expresión cambió.
—¿De dónde salió esto?
—De la fiesta.
Daniel levantó la mirada.
—Aurora, esto puede ser una prueba importante.
—Lo sé.
—¿Me lo entregarás?
Aurora sonrió.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto estás dispuesto a pagar.
Daniel soltó una carcajada.
—Sabía que habría un precio.
Aurora se acercó un poco.
—No todo se paga con monedas.
Daniel la miró.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces Aurora sonrió.
—Pero tendrás que esperar.
Se levantó y comenzó a alejarse.
Daniel la observó.
—¡Aurora!
Ella se volvió.
—¿Sí?
—¿Cuánto tiempo?
Aurora sonrió.
—Hasta que vuelva a confiar completamente en ti.
Y desapareció entre las sombras.
Daniel se quedó mirándola.
Mientras tanto, muy lejos de allí, Ricardo recibía una noticia.
—Han encontrado los documentos.
Ricardo apretó los dientes.
—Entonces habrá que quitárselos antes de que lleguen al rey.
La verdadera batalla apenas comenzaba.