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El Asistente Del Valle Del Fuego

El Asistente Del Valle Del Fuego

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Doctor / Aventura / Completas
Popularitas:207
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.

En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.

Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent

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EPÍLOGO: UN AÑO DESPUÉS Día 400

Un año y una semana exactos habían pasado desde el día que el río me había escupido en este valle, mojado, temblando, sin saber si sobreviviría ni una hora más. Cuatrocientos días. Cuatrocientos días en los que había pasado de ser un extraño, un inútil, un chico asustado de otro mundo, a ser parte de esta tierra, de esta gente, de cada árbol, cada piedra, cada curva del río que corría siempre igual, eterno, indiferente al paso de los hombres.

El valle había cambiado. También nosotros.

Lo primero que notaba cualquiera que viniera de fuera era que ya no éramos seis. Éramos quince. Después de la batalla, la noticia corrió por todas las montañas cercanas: en el valle del río claro vivía un clan fuerte, que había derrotado a treinta Huesos Rojos, donde el fuego obedecía a un hombre que había venido del agua, donde no había hambre, donde todos eran bienvenidos si venían con las manos vacías y el corazón limpio. Primero llegó una familia de tres, huyendo de una tribu que les había quemado su cueva. Luego dos hermanos cazadores, sin familia. Luego una mujer con dos niñas pequeñas, viuda por una partida de caza que salió mal. Luego más. Todos traían algo: semillas nuevas, formas de curtir la piel que no sabíamos, canciones antiguas, manos fuertes para trabajar. El clan había crecido, sano, fuerte, unido, como Gorn siempre había soñado.

El claro ya no era el mismo. Habíamos reconstruido el muro de estacas más alto, más grueso, con tres torres pequeñas de vigilancia en las esquinas. Detrás de la cueva principal habíamos cavado un huerto enorme, lleno de raíces, verduras y plantas medicinales que Lira y yo habíamos traído de la meseta alta. Más abajo, cerca del río, había seis cavas nuevas, cada una para una familia, todas con vista al agua, todas con un pequeño trozo de tierra para cada uno. En el centro del claro, donde habíamos peleado contra Drak, habíamos levantado un círculo de piedras grandes, una por cada uno de los que habíamos estado aquel día: siete piedras altas, una para Kael, una para Mara, una para Rian, una para Turi, una para Lira, una para Nia, una para mí. Y una octava, un poco más alta, un poco más apartada, justo al lado del roble de Gorn en el mirador: la del viejo, que seguía cuidándonos desde allí.

Yo ya no era el mismo. Mi pelo era más largo, lo llevaba recogido con una cinta de cuero como Rian. Tenía cicatrices nuevas: una larga en el antebrazo izquierdo, de una lanza enemiga; una pequeña en la frente, de un golpe con un hacha; una quemadura leve en la palma derecha, del día que el fuego me obedeció por primera vez. Ya no usaba ropa de mi mundo. Llevaba túnicas de piel de lobo y ciervo, cosidas por Mara, botas de cuero curtido, el cuchillo de Kael siempre en el cinturón, el llavero de tigre contra el pecho, los tres colgantes de Turi —el lobo, el ciervo, las siete estrellas— y el lagarto de madera de Nia, guardado en una bolsa de cuero que nunca me quitaba.

Lira y yo habíamos cumplido nuestra promesa.

Teníamos un hijo. Se llamaba Gorn.

Tenía ocho meses, ojos claros como su madre, pelo negro como el mío, y una sonrisa que iluminaba todo el claro cuando se reía. Dormía en una cuna de madera que Rian y Turi habían tallado juntos, con dibujos de estrellas y lobos y ríos por todas partes. Todas las noches, antes de dormir, le cantaba canciones de mi mundo, canciones que mi madre me cantaba a mí cuando era pequeño, en coreano, para que nunca olvidara de dónde venía su padre, que había otro mundo más allá de las montañas, que él era la mezcla de dos tierras, de dos vidas, de dos amores que el río había unido para siempre.

Kael ya no era el jefe solitario de antes. Seguía siendo el líder, indiscutible, respetado por todos, pero ahora sonreía más. Se había hecho viejo un poco más rápido estos últimos meses, con más canas en el pelo, más arrugas alrededor de los ojos, pero seguía siendo el hombre más fuerte del valle. Caminaba siempre con el bastón de Gorn en la mano, y cada mañana subía solo al mirador, pasaba un rato en silencio junto a la tumba del viejo, y luego bajaba para empezar el día. Nadie se atrevía a discutir sus órdenes, pero ya no tenía que dar muchas: todos sabíamos qué hacer. El clan funcionaba solo, como un cuerpo vivo, como Gorn siempre quiso.

Rian era el capitán de los cazadores y los guerreros. Llevaba a los hombres jóvenes a cazar todas las semanas, enseñándoles a leer las huellas, a usar la lanza, a pelear con honor y sin crueldad. Se había casado seis meses atrás con una de las chicas que había venido con las últimas familias, una chica fuerte, alegre, que reía más que nadie en el valle. Estaban esperando su primer hijo para el invierno. Él seguía siendo mi hermano de sangre, mi compañero de todas las horas, el primero que venía a buscarme si había problemas, el primero que se reía conmigo cuando todo iba bien. Todas las noches, antes de dormir, bebíamos juntos una infusión caliente cerca del fuego y contábamos historias viejas, como lo habíamos hecho aquella noche antes de la batalla.

Mara seguía siendo el corazón del clan. Nadie cocinaba como ella. Nadie sabía mejor cómo curar un moretón, cómo consolar a un niño que lloraba, cómo poner en su sitio a cualquiera que se creyera con más derechos que los demás. Se había convertido en una especie de abuela para todos los niños nuevos, les contaba cuentos por las noches, les enseñaba a respetar el valle, a no tomar más de lo que necesitaban, a dar siempre antes de pedir. Todas las tardes subía al mirador con Nia, dejaba flores amarillas en la tumba de Gorn y se quedaban allí un rato en silencio, mirando el atardecer.

Turi ya no era el chico callado que casi no hablaba. Seguía siendo tímido, sí, pero ahora era el maestro de todos los niños del valle. Les enseñaba a tallar la madera, a hacer colgantes, flautas de hueso, figuras de animales. Todas las mañanas se sentaba bajo el gran roble del claro con media docena de niños alrededor, y todos tallaban en silencio, concentrados, felices. Había tallado una figura pequeña de madera de Gorn, con su bastón y su único ojo bueno, y la había puesto en el centro del círculo de piedras, para que el viejo estuviera siempre con nosotros.

Nia había crecido mucho. Ya tenía ocho años, era alta, fuerte, valiente como su madre, lista como Gorn. Sabía leer las estrellas mejor que nadie, sabía los nombres de todas las hierbas medicinales, sabía manejar una lanza casi tan bien como Rian. Todas las noches me pedía que le contara historias de mi mundo, de los coches que corrían sin caballos, de los pájaros de metal que volaban por el cielo con gente dentro, de la fuente donde yo me caí. Ella decía que cuando fuera grande sería la primera mujer jefe del clan, que cuidaría de todos, que defendería el valle contra cualquiera que viniera a quitárnoslo. Y yo sabía que lo haría. Sabía que sería incluso mejor que Kael.

Lira seguía siendo mi todo.

Mi compañera, mi amor, la madre de mi hijo, la curandera del clan junto a mí. Íbamos todos los meses a la meseta alta a recoger hierbas, como aquella vez que nos perdimos y nos besamos por primera vez. Todas las noches, después de que el pequeño Gorn se durmiera, nos sentábamos un rato fuera, mirábamos las siete estrellas de la Familia Elegida, y hablábamos de todo, de nada, del futuro, del pasado, de lo que vendría. Seguía siendo la persona que me conocía mejor que nadie, la única que podía calmarme cuando la rabia o la tristeza por mi madre me ganaban por dentro, la que me recordaba siempre que había tomado la decisión correcta.

Solo una cosa no había cambiado en todo este año: la piedra azul.

Seguía allí, en su cueva pequeña de la montaña oeste, dormida, en silencio, veinte años más, tal como yo la había dejado el día que me quedé. Subía a verla una vez al mes, siempre solo, siempre al atardecer. Limpiaba el musgo de su superficie, cambiaba el agua del charco si estaba sucia, le hablaba un rato, le contaba cómo íbamos, le daba las gracias por haberme traído hasta aquí. Nunca más brilló. Nunca más llamó. Estaba en paz. Y yo también.

Solo una cosa me dolía todavía, en lo más hondo del pecho, un dolor dulce y triste que nunca se iría del todo: mi madre.

Pensaba en ella todos los días. Todas las mañanas, cuando salía el sol. Todas las noches, cuando miraba las estrellas. Cada vez que mi hijo sonreía. Cada vez que cantaba sus canciones. Sabía que estaría esperando todavía, en Seúl, al lado de la fuente rota, llamando mi nombre, sin saber qué había pasado conmigo, sin saber que estaba vivo, que era feliz, que había encontrado una familia. Le debía una despedida. Le debía una señal. Le debía la verdad.

Así que, en esta mañana del día cuatrocientos, decidí ir.

Me levanté antes que nadie, besé a Lira y al pequeño Gorn dormidos, me puse mi túnica de lobo, guardé el cuchillo de Kael, el llavero de tigre y un pequeño cincel de piedra que Turi me había hecho, y empecé a subir hacia la cueva de la piedra azul.

El día estaba precioso. El sol salía dorado por detrás de las montañas, el aire era fresco y limpio, el valle se extendía allá abajo, tranquilo, lleno de vida, de humo saliendo de las cuevas, de niños riendo, de perros ladrando, de gente empezando su jornada. Mi hogar. Mi vida. Todo lo que había ganado. Todo lo que nunca quise perder.

Llegué a la cueva, aparté las lianas, entré. La piedra estaba allí, igual que siempre, gris azulada, quieta, en el fondo del charco de agua fría. Me arrodillé, metí las manos en el agua, toqué su superficie lisa y fría.

Esta vez no hubo zumbido. No hubo luz azul. No hubo visiones. Solo silencio. Solo agua fría. Solo la piedra, dormida.

Pero yo no había venido para volver. Había venido para cerrar.

Saqué el cincel de piedra. Respiré hondo. Y tallé, muy despacio, con mucho cuidado, debajo de las tres frases que había escrito el día de mi elección, una cuarta, más corta, más definitiva, la que cerraba todo, la que le decía a mi madre, a la piedra, a mí mismo, que ya estaba todo bien:

**ME QUEDÉ. SOY FELIZ.**

Guardé el cincel. Me quedé allí un rato más, arrodillado, con las manos sobre la piedra, y le hablé bajo, a ella, a mi madre, a Gorn, a todos los que habían estado antes que yo:

—Gracias —susurré—. Por todo. No cambiaría nada. Nada. Cuidad de ella, por favor. Haced que no sufra demasiado. Decidle que lo siento. Decidle que la querré siempre. Que me acuerdo de ella todos los días. Pero que yo estoy bien. Que estoy en casa.

Me levanté, sequé las manos en la túnica, salí de la cueva y empecé a bajar la montaña.

Mientras bajaba, sin que yo lo viera, sin que nadie lo supiera nunca, algo pasó allá, muy lejos, en otro mundo, en otra ciudad, en otra vida.

En Seúl, en el centro comercial viejo, era la misma mañana, la misma hora. La fuente seguía rota, sin agua, abandonada, como lo llevaba siendo desde hacía un año y ocho días. Una anciana de unos sesenta años, el pelo blanco, la cara cansada, las manos arrugadas, llegó caminando lenta con un bastón, llevaba un tarro de kimchi jjigae caliente en una mano y una linterna pequeña en la otra. Era mi madre. Venía todas las mañanas, sin falta, desde la noche que desaparecí. Dejaba siempre la comida en el borde de la fuente, hablaba bajito, decía que ya podía volver cuando quisiera, que la comida estaba lista, que ella seguía esperando.

Aquella mañana, cuando se agachó para dejar el tarro en el suelo de piedra de la fuente, sus dedos rozaron la superficie húmeda y fría de la roca.

Y se quedó helada.

Porque allí, tallado con cuidado, profundo, limpio, como si hubiera aparecido de la nada en la noche, en el mismo sitio donde yo me había caído, donde mi mano había rozado la piedra por última vez antes de desaparecer, había cuatro frases cortas, escritas en coreano, en mi letra, la letra que ella conocía de todas mis tareas escolares, de todas mis notas en la nevera:

**ESTOY VIVO**

**ESTOY BIEN**

**ENCONTRÉ FAMILIA**

**ME QUEDÉ. SOY FELIZ.**

Mi madre se quedó allí, de rodillas, mucho tiempo, tocando las letras una y otra vez, sin poder creerlo, llorando primero de dolor, luego de alivio, luego de una paz inmensa que no había sentido en cuatrocientos días. Llegó la policía, llegó el dueño del centro comercial, llegaron los periodistas, preguntaban cómo había aparecido aquello, quién lo había escrito, cómo era posible. Ella no les contestó. No les hizo caso. Solo se quedó allí, de rodillas, tocando las letras una y otra vez, repitiéndolas en voz baja, sonriendo por fin a través de las lágrimas:

—Está vivo —decía, una y otra vez—. Mi niño está vivo. Está bien. Es feliz. Lo sabía. Siempre lo supe.

Se quedó hasta el atardecer. Cuando se fue a casa, por primera vez en más de un año, no dejó la puerta entreabierta por si yo volvía en la noche. Por primera vez, durmió toda la noche sin despertarse. Por primera vez, pudo seguir adelante. Sabía la verdad. Sabía que yo estaba bien. Sabía que, en algún lugar, yo había encontrado mi sitio. Y que, aunque nunca nos volveríamos a abrazar en esta vida, yo siempre la llevaría conmigo, en cada canción que le cantara a mi hijo, en cada latido de mi corazón, en cada estrella que miráramos desde el valle.

Esa misma tarde, cuando yo bajaba de la montaña y llegaba al claro, todos me esperaban. Lira con el pequeño Gorn en brazos, Kael con el bastón de Gorn, Rian riendo, Mara con una cesta llena de comida, Turi con su flauta, Nia corriendo hacia mí a toda velocidad, saltando para que la cogiera en brazos. El sol empezaba a bajar, tiñendo todo de naranja y violeta, el río corría, el viento soplaba suave, las siete estrellas ya empezaban a asomarse tímidamente en el cielo alto.

Nia me agarró del cuello, me dio un beso húmedo en la mejilla y me dijo, riendo:

—¡Ven, Ha-jun! ¡Hemos preparado una fiesta! ¡Para celebrar que ya ha pasado un año! ¡Que estás aquí con nosotros! ¡Para siempre!

La abracé fuerte, la apreté contra mí, miré a todos los demás, a mi familia, a mi vida, a todo lo que había ganado, y sonreí. De verdad. Sin dolor. Sin dudas. Sin mirar atrás.

Caminamos todos juntos hacia el fuego grande que habían encendido en el centro del círculo de piedras. Empezamos a comer, a beber, a reír. Turi tocó su flauta, Rian contó historias exageradas de la batalla, Mara repartió dulces que había hecho para los niños, Kael brindó por Gorn, por los que ya no estaban, por los que vendrían. Lira se sentó a mi lado, me dio a nuestro hijo en brazos, y el pequeño me agarró un dedo con su manita pequeña y sonrió, esa sonrisa que lo iluminaba todo.

Lo levanté en brazos, lo alcé un poco hacia el cielo, hacia las siete estrellas que ya brillaban enteras encima de nosotros, y le susurré al oído, para que solo él lo oyera:

—Este es tu hogar, pequeño Gorn. Este es tu pueblo. Esta es tu tierra. Nunca olvides de dónde vienes. Nunca olvides que tu padre vino de muy lejos, cruzó un río, cruzó mundos, para encontrar esto. Para encontrarte a ti. Cuídalo. Cuídalos a todos. Ama mucho. Vive mucho. Sé feliz.

El niño se rió, apretó mi nariz con su manita pequeña, y todos se rieron con él.

Miré hacia el mirador alto, hacia el roble de Gorn. Por un segundo, solo un segundo, creí ver una figura alta, vieja, con un bastón en la mano, de pie junto a la tumba, mirándonos, sonriendo. Luego desapareció. O tal vez nunca estuvo allí. O tal vez sí.

No importaba.

Estábamos todos juntos. Estábamos vivos. Estábamos en casa.

El fuego crepitaba alto, calentando nuestras caras. La comida estaba buena. La gente reía. El río corría eterno hacia el sur. Las estrellas brillaban. Y yo, el chico que se había caído de una fuente en Seúl cuatrocientos días atrás, que había temido morir solo y olvidado en un valle salvaje, sabía por fin, con una certeza absoluta, que había llegado al final de mi camino.

Que el río no se había equivocado.

Que yo era el puente.

Y que mi puente, por fin, había llegado a la otra orilla.

Allí me quedé.

Para siempre.

**FIN**

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