En un mundo donde los humanos conservan los rasgos e instintos de sus ancestros animales, Oleg es una rareza: un hermoso y tierno omega leopardo de las nieves que intenta pasar desapercibido en su último año de universidad. Cuando consigue una pasantía en el departamento de administración de una imponente empresa constructora, su pacífica burbuja se rompe al quedar bajo el mando de Wú Zhìyuān. Zhìyuān es una pantera negra dominante, serio, uraño y temido por todos. Mientras Oleg lucha por esconder sus orejas delatadoras cuando se avergüenza y amasa mantas en secreto para calmar sus nervios, el aroma a café amargo de su jefe empieza a convertirse en su único refugio contra los peligros de la gran ciudad. Una historia de instintos compartidos, secretos de oficina y un amor tan puro y silencioso como las cumbres más altas.
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Capítulo 20: El primer paso y los secretos del corazón
Capítulo 20: El primer paso y los secretos del corazón
La noche invernal abrazó el Distrito Norte con su habitual manto de neblina y asfalto húmedo. En el piso doce de la constructora Líu, la jornada había concluido con éxito. Fieles a la rutina que ya llevaba varias semanas consolidada, Oleg y Zhìyuān bajaron juntos en el ascensor privado hacia el sótano tres, alejados de las miradas curiosas del resto del personal.
El interior del sedán negro de alta gama los recibió con esa gélida y perfecta temperatura que ambos felinos disfrutaban. Oleg se acomodó en el asiento del copiloto, dejando que su larga, gruesa y pesada cola invernal descansara plácidamente sobre su regazo. Con las orejas blancas y moteadas erguidas en una posición de total confianza, el omeguita comenzó a amasar suavemente el borde de su bufanda de lana para liberar las tensiones del día, soltando un sutil y dulce prusten de relajación.
Zhìyuān encendió el motor, pero esta vez no incorporó el auto a la avenida de inmediato. Apoyó las manos sobre el volante y giró su imponente rostro hacia el omega. Sus impenetrables ojos de color amarillo dorado brillaron con una fijeza distinta bajo la tenue luz del tablero, y sus orejas de pantera se orientaron por completo hacia su acompañante.
—Oleg —llamó el alfa dominante, su voz profunda, grave y terciopelada resonando con una pausa inusual.
—¿Sí, señor Wú? —respondió el omeguita en un hilo de voz, dando un pequeño brinco de sorpresa y ladeando las orejas con timidez.
—Este sábado por la noche no tendrás que preocuparte por cocinar tus provisiones de la semana —declaró la pantera negra, manteniendo su semblante huraño pero con un matiz sorprendentemente suave—. Me gustaría que salieras a cenar conmigo. Conozco un restaurante exclusivo en el sector alto que sirve cortes tradicionales y donde el clima es adecuado para nosotros.
Zhìyuān estaba dando el primer paso. El alfa dominante era un hombre pragmático, y aquellos rumores de pasillo que afirmaban que eran pareja no le desagradaban para nada; al contrario, le habían hecho reflexionar y darse cuenta de que no estaría nada mal que esa supuesta relación se convirtiera en una absoluta realidad. Además, su posesivo instinto felino dictaba que una cita formal le permitiría envolver más profundamente al omega con sus feromonas de cortejo, dejando una marca invisible pero poderosa para que ningún otro alfa suin se atreviera a acercarse a su territorio nunca más.
Oleg parrió, atónito. Sus orejas dieron un brinco de pura sorpresa antes de aplastarse sutilmente por la intensa timidez que lo embargó. El calor subió a sus mejillas en un vivo color carmín y sus pequeños colmillos superiores presionaron su labio inferior.
—¿U-Una cena... los dos juntos, señor Wú? —preguntó Oleg, abrazando su pesada cola contra su pecho de forma inconsciente.
—Los dos juntos —confirmó Zhìyuān, sosteniendo la mirada—. Considera que es mi forma de retribuir los almuerzos perfectos que me preparas todos los días. ¿Aceptas?
—¡Sí! Me... me encantaría, señor Wú. Acepto encantado —respondió el omeguita con una sonrisa dulce y genuina, mientras sus orejas se agitaban felices.
Aunque Oleg aceptó con una inocencia casi infantil, la verdad detrás de sus sentimientos era mucho más profunda de lo que él mismo se atrevía a admitir. Sin darse cuenta, el huraño y estricto alfa dominante se había metido bajo su piel. Oleg sabía perfectamente lo guapo y magnético que era su jefe; un suin pantera negra dominante de ese calibre era el estándar de oro que cualquier omega desearía tener a su lado.
Y era precisamente por eso que, muy en el fondo de su corazón, el leopardo de las nieves había comenzado a experimentar unos sutiles pero punzantes celos. Oleg odiaba recordar cómo las omegas de ventas —incluyendo a Min Sahara— o las secretarias de los pisos superiores miraban a Zhìyuān y susurraban sobre su imponente físico cuando él caminaba por los pasillos. Cada vez que recordaba esas miradas ajenas, Oleg sentía la necesidad de enroscar su cola con más fuerza y marcar su propio espacio en el despacho.
El auto finalmente avanzó por las calles del Distrito Norte. El silencio que se instaló en la cabina ya no era solo laboral o de vecinos; era el preludio de algo nuevo. Mientras sus dedos volvían a amasar el pelaje de su cola para calmar el dulce ajetreo de su corazón, un ronroneo sumamente bajo, melódico y feliz comenzó a vibrar desde el pecho de Oleg, llenando el auto con una fragancia helada que, esa noche, se sintió más cálida y correspondida que nunca.