Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 20 La elección que no se puede posponer
La elección que no se puede posponer
El polvo de la entidad colosal todavía flotaba en el aire cuando Kael y Damien se dejaron caer de rodillas.
El Nido había quedado en un silencio antinatural. Las grietas de donde habían emergido las criaturas menores se cerraban lentamente, como heridas que ya no tenían razón de permanecer abiertas. Solo quedaban los fragmentos de hueso negro y el eco lejano de algo mucho más grande removiendo se en las profundidades.
Damien respiraba con dificultad. La espalda le era un mapa de carne abierta que se cerraba demasiado despacio. Kael no estaba mejor: cada inhalación le recordaba la costilla agrietada y el frío constante que ahora vivía dentro de su pecho. El veneno de la reina había hecho su trabajo. Ya no había forma de fingir que seguía siendo el mismo omega que entró en las catacumbas.
Aun así, ninguno soltó la mano del otro.
—Tenemos que movernos —dijo Damien con voz ronca—. Si nos quedamos aquí, lo que sea que habló dentro de tu cabeza nos encontrará débiles.
Kael asintió. Se puso de pie primero y ayudó al alfa a levantarse. El vínculo hacía el resto: compartían el dolor, compartían la fuerza que les quedaba. Ya no había “yo estoy peor” o “tú aguantas más”. Solo existía el nosotros.
Caminaron en silencio durante un tiempo que ninguno intentó medir. El paisaje del Nido cambiaba a medida que avanzaban. Las estructuras rotas se volvían más densas, más elaboradas. Había restos de lo que alguna vez fueron edificios, puentes colapsados y estatuas sin rostro. Todo cubierto por una capa fina de polvo negro que se adhería a la piel como si quisiera marcarlos.
De pronto, Damien se detuvo.
—Allí.
Kael siguió la dirección de su mirada. A lo lejos, entre dos columnas rotas, brillaba una luz distinta. No era el ámbar de los antiguos ni el rojo de la sangre. Era un blanco plateado, suave, casi tierno. El mismo tono que había tenido la cámara donde la reina dejó el frasco.
—Es ella —murmuró Kael—. Un residuo. Una memoria más fuerte.
Damien apretó su mano.
—O una trampa.
Aun así, se dirigieron hacia allí. No tenían muchas opciones. El frío dentro de Kael tiraba en esa dirección con la misma insistencia con la que antes había tirado hacia los medallones.
La luz provenía de un arco de piedra intacto. Al cruzarlo, el mundo cambió otra vez. El polvo negro desapareció. El aire se volvió más limpio, casi dulce. Estaban en un jardín subterráneo que no debería existir: árboles de hojas plateadas, flores que brillaban con luz propia y un pequeño estanque de agua clara en el centro. En el medio del estanque había una figura sentada sobre la superficie del agua, como si esta fuera sólida.
La última reina.
No era un espectro completo. Era un eco consciente, formado de luz y memoria. Su cabello negro flotaba a su alrededor. Sus ojos eran del mismo ámbar intenso que ahora tenían los de Kael. Cuando habló, la voz fue exactamente la misma que Kael había escuchado en las visiones.
—Llegaste más lejos de lo que esperaba. Y pagaste el precio que yo pagué.
Kael sintió que Damien se tensaba a su lado. El alfa no soltó su mano, pero se colocó medio paso adelante, protector incluso frente a un recuerdo.
—No somos una amenaza para ti —dijo Kael—. Solo queremos terminar esto.
La reina sonrió con una tristeza antigua.
—Nadie termina esto, pequeño heredero. Solo se elige cómo continuar. Tú bebiste el veneno. Destruiste a uno de los Primeros. Y ahora el Nido entero sabe que la sangre real volvió a usar mi arma. Los que quedan más abajo ya no dormirán. Se levantarán. Y cuando lo hagan, el mundo de arriba arderá… a menos que alguien tome una decisión definitiva.
Kael sintió el peso de esas palabras en el centro del pecho.
—¿Qué decisión?
La figura de luz levantó una mano. Sobre su palma aparecieron dos imágenes.
En una, Kael veía el mundo de arriba: ciudades, humanos, vampiros diluidos, casas peleando entre sí. Y debajo, los Primeros emergiendo, trayendo una era de oscuridad absoluta.
En la otra imagen, veía el mismo mundo… pero sellado. Los Primeros atrapados de nuevo, esta vez con un sello que exigía el sacrificio completo de la sangre real y de su ancla. Un sello que no se podría romper nunca más… porque quienes lo crearan dejarían de existir como individuos.
—Puedes intentar gobernarlos —dijo la reina—. Usar el poder que ahora tienes para convertirte en la nueva soberana de los antiguos. Algunos te seguirán. Otros te desafiarán. La guerra será larga y cruel, pero la sangre real permanecerá.
—O puedes hacer lo que yo no me atreví a hacer hasta el final: cerrar el Nido para siempre. El precio será el vínculo absoluto que ahora compartes con tu Voss. Ambos se convertirán en el sello. No morirán… pero tampoco vivirán. Quedarán como guardianes eternos en el límite entre el mundo de arriba y el de abajo. Conscientes. Unidos. Y atrapados.
Damien habló por primera vez. Su voz era baja y firme.
—¿Hay una tercera opción?
La reina lo miró con algo parecido a la compasión.
—Siempre hay una tercera. Huir. Salir ahora. Esconder la sangre real otra vez y rezar para que los Primeros tardar siglos en encontrar el camino hacia la superficie. Yo elegí una versión de esa opción. Solo pospuso lo inevitable.
Kael sintió que el frío dentro de él se removía. Ya no era solo poder. Era la herencia completa. La responsabilidad que la reina había cargado y que ahora caía sobre sus hombros.
—Si elegimos sellarlos… ¿qué nos pasará exactamente? —preguntó.
—Dejarán de ser Kael y Damien tal como se conocen ahora. Se convertirán en una sola existencia dual. Sentirán el paso del tiempo. Verán el mundo cambiar. Pero no podrán caminar en él. Serán el muro. El último sello. Eternos. Y juntos.
Damien no dudó.
—Entonces esa es la opción que no tomaremos a la ligera. Pero tampoco vamos a dejar que el mundo arda porque tuvimos miedo.
Kael lo miró. A través del vínculo no había duda. Solo una determinación silenciosa y absoluta.
La reina observó a ambos durante un largo momento.
—El Voss que me acompañó no estuvo dispuesto a pagar ese precio conmigo. Por eso dividí el sello y me escondí. Tú… trajiste a uno que sí lo está. Eso cambia las cosas.
Se levantó de la superficie del agua y caminó hacia ellos sobre el estanque. Al detenerse frente a Kael, extendió una mano y tocó la gema unificada en su marca. El contacto fue frío y cálido al mismo tiempo.
—El Nido te dará una última oportunidad de elegir. Más adelante, en el centro verdadero, encontrarás el Corazón del Primero. Allí podrás imponer el sello eterno… o reclamar el trono de los antiguos. No habrá más posposiciones. Y una vez que decidas, no podrás deshacerlo.
La figura comenzó a desvanecerse.
—Cuidado con lo que queda abajo, sangre de mi sangre. Los Primeros no pelean solo con fuerza. Pelean con lo que más temes perder. Y ahora… lo que más temes perder tiene nombre y camina a tu lado.
Desapareció por completo.
El jardín plateado se apagó. La luz suave se extinguió y volvieron a estar en la oscuridad del Nido, frente al mismo arco de piedra. Solo que ahora el camino más allá brillaba con una luz ámbar intensa, como si el propio Nido los estuviera invitando a avanzar.
Damien se giró hacia Kael. Tomó su rostro con ambas manos, ignorando la sangre y el cansancio.
—No tienes que decidir ahora —dijo con voz baja—. Pero cuando llegue el momento… no elijas por miedo. Ni por mí. Elige porque es lo que realmente quieres. Yo estaré a tu lado en cualquiera de los caminos. Incluso en el que nos convierta en sello.
Kael apoyó la frente contra la de él. El vínculo fluía entre ambos sin ninguna barrera, llevando miedo, amor posesivo y una lealtad que ya no necesitaba palabras.
—No pienso dejarte solo en la eternidad —susurró—. Ni pienso dejar que el mundo se pudra encima de nosotros. Cuando llegue el momento… decidiremos juntos.
Damien asintió. Besó su frente con una lentitud que contrastaba con toda la violencia de las horas anteriores.
—Juntos.
Se separaron solo lo necesario para seguir caminando. El camino hacia el centro del Nido se abría frente a ellos, iluminado por la misma luz que había marcado cada paso de la sangre real desde el principio.
Y más abajo, en la oscuridad que todavía no habían tocado, los Primeros que quedaban abrieron todos sus ojos al mismo tiempo.
Porque la heredera y su ancla por fin se dirigían hacia la elección que ya nadie podía posponer.