Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Capítulo 19
La invitación que no era invitación
Después de firmar con Valentín, Emilio pensó que Sebastián iba a vigilar la inversión como si fuera una bomba.
No lo hizo.
Eso fue peor.
No pidió copias. No preguntó rendimientos. No revisó la carpeta verde cuando Emilio la dejaba sobre el escritorio. Cada vez que Valentín mandaba un mensaje y el celular de Emilio vibraba, Sebastián miraba hacia otro lado con una disciplina tan rígida que parecía ensayo militar.
—Le va a dar tortícolis de tanto no mirar —dijo Emilio una tarde.
Sebastián levantó la vista del contrato.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
—¿Era Garza?
Emilio sonrió.
—Qué rápido se le curó la tortícolis.
Andrés, que revisaba agenda a dos metros, cerró la tableta.
—Voy por café.
—No pedí café —dijo Sebastián.
—Yo sí necesito.
La puerta se cerró detrás de Andrés.
El silencio que dejó no era incómodo. Esa era la parte peligrosa.
En diciembre, Ciudad Arcoíris empezó a llenarse de luces sobre las avenidas, árboles artificiales en vestíbulos corporativos y mensajes de "cierre de año" que nadie leía completos. Grupo Cénit se volvió una maquinaria de balances, eventos, donativos públicos y reuniones donde todos fingían no contar los días para descansar.
Emilio no contaba días.
Contaba síntomas.
Dos noches sin dolor. Una con ardor leve. Tres mañanas en las que la nuca amaneció sensible pero manejable. Ninguna crisis como la de las tres diecisiete. Guardaba los datos en una nota privada del celular, junto a horarios de estabilizadores y comidas.
No se lo dijo a Sebastián.
Tampoco a Valentín.
Todavía.
El viernes antes de Nochevieja, Diego Montero apareció en el piso cincuenta y ocho con una caja de buñuelos y cero respeto por el ambiente laboral.
—¡Familia corporativa! Traigo azúcar y malas decisiones.
La recepcionista aceptó un buñuelo antes de recordar que debía tener miedo.
Mateo Coronado venía detrás, impecable, con un abrigo claro y una expresión de paciencia cara.
—Yo traje las invitaciones porque Diego iba a escribirlas en servilletas.
Sebastián salió de su oficina.
—No.
Diego levantó una mano.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Por eso digo no temprano.
Mateo dejó un sobre negro sobre el escritorio de Andrés.
—Cena de Nochevieja. Terraza del Hotel Miramar. Fuegos artificiales a medianoche. Valentín ya confirmó. Felipe dijo que vendrá si prometemos no hablar de estabilidad molecular por dos horas.
—No prometo eso —dijo Sebastián.
—Lo sabemos —respondió Mateo—. Por eso no te preguntamos a ti.
Diego giró hacia Emilio con una sonrisa demasiado grande.
—Y tú vienes.
Emilio señaló su propio pecho.
—¿Yo?
—Sí, tú. El empleado con nombre, sentido del humor y capacidad de hacer que este bloque de hielo use WhatsApp como persona medio funcional.
—Estoy trabajando.
—Es Nochevieja.
—Precisamente. Hay cierres.
Diego miró a Sebastián.
—Dile que venga.
Sebastián cruzó los brazos.
—Reyes tiene agenda.
Emilio sintió algo pequeño caerle en el estómago.
No decepción.
Claro que no.
Solo la confirmación de que algunas líneas seguían donde estaban.
Mateo, que veía demasiado, inclinó la cabeza.
—La agenda puede moverse.
—No si la necesito —dijo Sebastián.
Emilio levantó la mirada.
Sebastián seguía mirando a Diego, no a él.
—El evento tendrá patrocinadores del programa de supresores, posibles donantes para clínicas comunitarias y dos miembros del Consejo Regulador Alfa. Necesito a Reyes.
Diego abrió la boca.
Luego la cerró.
Luego sonrió como si acabara de recibir un regalo.
—Hermano, eso fue lo más romántico que has dicho en tu vida y sonó como amenaza fiscal.
—Vete.
—Con gusto. Emilio, dress code formal. Si Sebastián intenta ponerte a revisar contratos a medianoche, grita.
—No voy a gritar en un hotel —dijo Emilio.
—Entonces mándame WhatsApp con una calavera.
Mateo empujó a Diego hacia el elevador antes de que Sebastián pudiera congelarlo.
Cuando se fueron, el piso quedó lleno de olor a buñuelo y de una pregunta que nadie había formulado.
Sebastián recogió el sobre negro y lo dejó sobre el escritorio de Emilio.
—Vienes.
Emilio tocó el borde del sobre.
—¿Como asistente?
Sebastián no respondió de inmediato.
La respuesta correcta era sí. Fácil. Segura. Laboral.
—Como alguien que entiende el programa mejor que los donantes —dijo al fin.
—Eso sigue sonando a asistente.
—Como alguien que quiero ahí.
El silencio cambió.
No hubo escarcha. No hubo orden. No hubo chiste de Diego para romper el golpe.
Emilio sintió el pulso en la nuca, pero esta vez el latido no trajo dolor. Trajo calor a la cara.
Sebastián pareció darse cuenta de lo que había dicho medio segundo después.
—Por eficiencia.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál cara?
—La de Valentín cuando cree que ganó.
Emilio bajó la mirada al sobre para ocultar la sonrisa.
—No sabía que tenía esa cara.
—La estás practicando.
Andrés volvió con tres cafés, vio el sobre en el escritorio de Emilio, vio a Sebastián mirando a otro lado y decidió dejar los vasos sin comentario.
—Nochevieja —dijo solamente.
Emilio tomó el suyo.
—Parece.
Esa noche, en su departamento, abrió el sobre. La invitación era elegante, negra y dorada, con su nombre completo escrito sin errores: Emilio Reyes.
No "acompañante".
No "asistente".
Emilio pasó el pulgar por las letras.
Afuera, alguien probó fuegos artificiales antes de tiempo. Un estallido breve iluminó la ventana y luego se apagó.
Su celular vibró.
Sebastián Luján: No compres traje.
Emilio miró el mensaje.
Tenía un traje formal. Uno solo. Negro, correcto, comprado en descuento para entrevistas y funerales. Podía servir si nadie miraba demasiado la tela, si la luz era amable y si los millonarios presentes tenían la cortesía de no saber diferenciar lana fina de poliéster cansado.
En una terraza del Hotel Miramar, junto a Sebastián Luján, Diego Montero, Mateo Coronado y Valentín Garza, esa cortesía no existía.
Otro llegó enseguida.
Sebastián Luján: No es regalo. Es logística.
Emilio escribió: Tengo traje.
La respuesta tardó menos de diez segundos.
Sebastián Luján: Lo sé.
Emilio se quedó mirando la pantalla.
Emilio Reyes: ¿Cómo sabe eso?
Sebastián Luján: Porque lo usaste en el foro y Mateo dijo que si vuelves a usarlo en Nochevieja va a demandar a tu sastre por abandono.
Emilio soltó una risa antes de poder detenerla.
Emilio Reyes: No tengo sastre.
Sebastián Luján: Ese fue parte del argumento.
Emilio Reyes: No voy a aceptar ropa cara.
Sebastián Luján: No es ropa cara. Es control de daños visual.
Emilio Reyes: Eso no ayuda.
Sebastián Luján: Mañana a las once. Sastrería viene al piso 58. Si quieres pagar algo, paga las tortillas la próxima vez que cocines pescado.
Emilio leyó esa última línea varias veces.
No era justo.
Sebastián había encontrado la única moneda que no lo hacía sentir comprado: comida hecha por sus manos, algo que Emilio podía dar sin dejar de ser dueño de sí mismo.
La invitación con su nombre seguía sobre la mesa, y de pronto el traje ya no parecía disfraz. Parecía una forma propia de entrar por la puerta principal.
Emilio Reyes: Las tortillas no cubren un traje.
Sebastián Luján: Las tuyas sí.
El departamento vacío pareció menos frío.
Emilio sonrió en la oscuridad del departamento, con la invitación todavía en la mano.
Por primera vez en mucho tiempo, Nochevieja no sonó como una fecha que había que sobrevivir.