Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 17. LA SOMBRA EN LA ENTRADA
Antes de abandonar los límites del Reino de la Noche, nos detuvimos frente al gran porche de piedra negra del castillo para despedirnos del viejo monarca. Me acerqué a paso lento, con el corazón lleno de una tranquilidad sincera y en paz tras la inmensa revelación que la Bruja Madre nos había entregado en los desfiladeros nevados. Tomé las manos pálidas de Vlad entre mis dedos, mirándolo con una ternura infinita que reflejaba la madurez de mi gratitud.
—No tengo palabras suficientes para agradecerte todo lo que has hecho por nosotros, Vlad —le hablé en un susurro claro y bajo, sintiendo que su hospitalidad nos había devuelto un remanso de paz absoluto en mitad de la negrura—. Tu protección incondicional y tu guía nos han permitido encontrar la verdad en mitad de este callejón sin salida. Tu lealtad hacia mi familia es una muralla indestructible.
Vlad me dedicó una sonrisa de lado, colmada de una sensibilidad humana que disipó cualquier rastro de agónica melancolía en mis sienes, y estrechó la mano de mi padre con una madurez admirable.
—Vuestra sangre es la mía, Kira —respondió el viejo vampiro con su voz profunda, ronca y pausada, libre de preámbulos formales—. El tratado de paz que nos unifica exige que blindemos nuestras situaciones complicadas juntos frente a cualquier tempestad. Regresa a vuestro territorio con la cabeza alta, porque aunque la maldición de la deidad siga latente sobre tu estirpe hasta que encuentres a tu verdadera pareja, ahora poseés el escudo del conocimiento para no dejarte engañar por las apariencias.
Nos despedimos con fuertes abrazos protectores y subimos de inmediato a los todoterrenos negros. El viaje de regreso a través de la frontera secundaria transcurrió a máxima velocidad, devorando los kilómetros en un silencio sepulcral colmado de dudas mentales. Mis padres y mis tíos mantenían los semblantes serios; asimilar que mis hermanos mayores y mis primos habían sufrido de forma agónica en los libros anteriores por culpa del enfado de la Diosa Luna con nuestra tatarabuela rebelde era una losa pesada que nos asfixiaba el espíritu.
Al caer la tarde profunda, los vehículos cruzaron finalmente los portones de la manada central, deteniéndose frente a la casa de la manada. Al bajar de los coches, el ambiente de nuestro hogar se sentía extrañamente tenso. Cruzamos el umbral del salón circular a paso rápido, pero antes de que tuviéramos tiempo de saludar a mis hermanos mayores y a mis primos, que venían bajando las escaleras del ala norte, un guardia irrumpió en la estancia de forma abrupta.
El centinela, un joven guerrero del pueblo real que vestía unos pantalones cargo oscuros y una sudadera gris, traía las facciones contraídas por la agitación y el desvelo de las patrullas.
—¡Líderes, disculpad la interrupción! —anunció el guardia con un tono ronco, intentando modular su respiración ante mi padre—. Las mallas de vigilancia del perímetro sur acaban de detectar un movimiento sospechoso en la linde del bosque. Se ha visto la presencia de humanos merodeando cerca de nuestras fronteras secundarias, y la guardia está esperando vuestras órdenes directas para iniciar la inspección de los pinares.
Mi padre dio un paso al frente con una fijeza seria, dispuesto a exigirle los informes clínicos del radar, pero en ese preciso momento, el guardia detuvo sus palabras de golpe. Sus ojos fijos se clavaron directamente en mis facciones, y sus pupilas se dilataron con una sorpresa absoluta que congeló toda la habitación en un parpadeo. Una ráfaga de viento helado pareció cruzar el salón cuando el joven guerrero dio un paso trémulo hacia mí, con el pulso desbocado y el semblante completamente transformado por un desespero místico que le nubló la cordura.
—¡Mate! —gritó el guardia como un loco, perdiendo el control de sus estructuras, extendiendo sus manos trémulas hacia mi abrigo—. ¡Eres tú! ¡La deidad te ha puesto en mi camino! ¡Mate!
El grito resonó en las paredes de madera del salón, desatando una crispación inmediata en todos los presentes. Mi loba, Vesta, experimentó un chispazo eléctrico sutil en la piel ante su cercanía, respondiendo por inercia a la llamada de la sangre, pero mi corazón permaneció completamente apático, plano y sumido en una frialdad gélida que me devolvió la cordura en un segundo. Recordé la advertencia de la Bruja Madre: estaba maldita a encontrar mate tras mate falso, engaños vacíos que carecerían de emociones afectivas reales.
—¡No! ¡Aléjate de mí! —le espeté con total firmeza, dando un paso hacia atrás, rechazándolo de inmediato al notar que en mis adentros no nacía absolutamente ningún sentimiento de pertenencia por él—. Tú no eres mi pareja. Esto es una farsa.
Mis dos hermanos mayores se interpusieron de golpe como una muralla infranqueable entre el guardia y mi cuerpo. El menor lo atrapó por las solapas de la sudadera con una rabia contenida destructiva, mientras el mayor, con su mente calculadora operando a máxima velocidad, lo obligó a retroceder contra la mesa de piedra del despacho.
—¡Controla tus instintos, guerrero! —le rugió mi hermano menor con una voz profunda que puso de manifiesto sus celos protectores—. No vas a forzar a nuestra hermana. Vas a ejecutar el rechazo formal en este mismo instante para limpiar esta farsa.
El guardia, asustado por la imponente energía de mis hermanos mayores y el semblante endurecido de mi padre, asintió con una palidez extrema. Mirándome a los ojos con una agónica incredulidad, pronunció las palabras de disolución, y yo respondí en un susurro claro que liberó los canales de la inercia biológica.
En cuanto terminamos de romper el lazo, mis hermanos mayores, mis primos y mis cuñadas se quedaron completamente asombrados, comprobando con sus propios ojos la terrorífica exactitud de la profecía. Ninguno de los dos sintió el menor rastro de dolor; no hubo debilidad, ni carnicería espiritual, ni llanto agónico. Todo había sido otra falsa alarma, una hermosa mentira sembrada por el maleficio ancestral que seguía jugando con nuestro destino en mitad de la negrura, dejándonos a todos atrapados en un laberinto de sospechas peligrosas mientras nos preparábamos para encarar el siguiente capítulo de esta inminente tempestad.