Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.
Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.
Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.
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CAPITULO 18 LÍMITES QUE SE DESVANECEN
Llegamos al hotel alrededor de las diez y media de la noche. El trayecto había sido largo, pero lo que más me pesaba no era el cansancio físico, sino la confusión que llevaba en la cabeza. Ian se dirigió directamente a su habitación sin decir mucho, con esa actitud suya que parecía querer marcar distancia, aunque sus acciones decían lo contrario. La verdad es que ya había metido la pata dos veces en menos de veinticuatro horas: primero en el ensayo, cuando cambió todo de golpe sin consultar, y luego en el auto, con esa confianza que no tenía derecho a tomar. No terminaba de entender por qué se comportaba así: un momento parecía distante y serio, y al siguiente actuaba como si tuviéramos toda la confianza del mundo. Era un enigma difícil de descifrar, y yo no estaba segura de querer resolverlo.
La empresa tenía establecido que las habitaciones se compartieran entre dos personas; en mi caso, me había tocado compartir con Adriana, la asistente de Jovany y Ian. Pero conocía bien su forma de ser: ordenada hasta el extremo, habladora y con una mirada que parecía saber todo lo que pasaba a mi alrededor. No me sentía cómoda compartiendo mi espacio con alguien así, así que al llegar a recepción pedí un cambio. Por un pequeño ajuste, logré que me asignaran la habitación contigua a la de Ian —una suite amplia, mucho más cómoda y con privacidad total—. Al entrar, dejé caer mi maleta en un rincón y suspiré aliviada.
Me cambié de ropa para estar más cómoda. Me puse un short de licra muy ajustado y corto, que se pegaba a mis caderas y dejaba ver toda la longitud de mis muslos, además de resaltar la forma redondeada de mis glúteos al moverme. Encima llevaba un top pequeño, de tela ligera, que apenas cubría mi pecho y dejaba ver parte de mi cintura y hombros. Me solté el cabello, dejándolo caer libre sobre mis hombros y espalda, me quité todo rastro de maquillaje —mostrando mi rostro al natural, con el moretón en la mejilla ya más visible pero sin importarme— y caminé descalza por el suelo de madera tibio.
Para relajarme, puse música en el altavoz, un ritmo fuerte y pesado que llenaba toda la habitación. Mientras sonaba, me senté en el suelo frente a la mesa baja, donde tenía todo mi material: cientos de tonos de base, sombras de todos los colores imaginables, rubores, delineadores y cremas de todo tipo. No solo trabajaba como maquillista; también me encargaba de la imagen y el estilo, así que tenía frente a mí carpetas con muestras de colores y telas, estudiando combinaciones para una boda que organizaríamos pronto, y también notas sobre el propio Ian: sus rasgos, qué tonos le quedaban mejor, cómo resaltar su presencia en el escenario. Era un trabajo complejo, que requería mucha atención, y ya tenía pensado pedir un aumento de sueldo por todo lo que implicaba.
De pronto, escuché unos golpes secos en la puerta. Me levanté, fui a abrir y me quedé en silencio por un segundo.
Era Ian. Tenía el cabello revuelto y húmedo, como si acabara de salir de la regadera, cayéndole sobre la frente y el cuello. Llevaba una pijama de seda color oscuro, con el cuello amplio y varios botones sin abrochar, dejando ver parte de su pecho y su torso. Eran ya las doce de la noche, así que no esperaba visitas a esa hora.
Se recargó en el marco de la puerta, cruzó los brazos y me recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio, sin prisa. Había en sus ojos una mezcla de lujuria contenida y diversión, como si estuviera disfrutando cada detalle de lo que veía.
—¿Y tú por qué andas casi desnuda? —preguntó con tono bajo y provocador, sin dejar de mirarme.
Bajé la vista un momento hacia mi ropa y luego lo miré con cara de incredulidad.
—Traigo pijama, ¿no ves? —respondí, cruzándome de brazos también para cubrirme un poco, aunque sabía que no servía de mucho.
Él sonrió con media boca, entró sin pedir permiso y se apoyó en la pared más cercana.
—¿Qué música es esa? —preguntó señalando el altavoz—. No conozco nada de eso. ¿Es que no te gusta la buena música?
Sin esperar respuesta, caminó hacia el control remoto, lo tomó y cambió la reproducción. En cuestión de segundos comenzó a sonar una canción suya, de ritmo lento pero con una letra muy explícita y sugerente: “Duro y lento, te lo hago sentir… despacio, profundo, hasta que te olvides de todo”.
Se quedó parado frente a mí, con esa sonrisa traviesa, y me miraba fijamente a los ojos mientras la música sonaba en toda la habitación. Sentí cómo el calor me subía por el cuello hasta las mejillas, pero en lugar de enojarme, sentí una extraña emoción que me recorría la piel.
Rápidamente tomé el control y pausé la canción. Lo miré directo a los ojos y le dije con voz firme pero sin dureza:
—Disculpa, no sé quién canta esa canción ni de qué va.
Y entonces, por primera vez en todo el tiempo que lo conocía, solté una risa sincera, sin reservas, relajada y ligera.
—Pero la verdad… me gusta sentirme así —agregué, sin saber muy bien a qué me refería exactamente, pero con la certeza de que esa sensación era nueva y no me molestaba.
Ian se quedó callado, con una expresión de confusión total, como si no esperara esa reacción. Parpadeó un par de veces, sin saber cómo responder, y yo solo seguí sonriendo, me di media vuelta para volver a mi lugar, y pude sentir cómo sus ojos se clavaban en mi espalda y en mis caderas mientras caminaba.
Me senté en el suelo de nuevo, apoyada contra la cama, y lo miré esperando que dijera algo. Él se acercó despacio hasta sentarse en el sillón que estaba frente a mí. La luz tenue de la lámpara de noche iluminaba su cuerpo, y se notaba claramente que varios botones de su pijama seguían desabrochados, dejando ver su pecho y el inicio de su abdomen. Cuando se dio cuenta de que lo miraba ahí, no se cubrió; al contrario, sonrió con más confianza y se acomodó mejor.
—Pues vine porque tenías mucho ruido —dijo finalmente, con tono relajado—. Parecía que querías despertar a todo el piso.
Se recostó cómodamente en el sillón, estiró las piernas y me miró de nuevo, con esa mirada que ya empezaba a resultarme familiar: intensa, juguetona y llena de preguntas que no decía en voz alta.
—¿Y ahora qué? —le pregunté, alzando una ceja—. ¿Te vas a quedar aquí a escuchar música o vienes a buscar problemas?
Solo se rió bajito, cerró los ojos un momento y respondió:
—A ver qué pasa. De momento, aquí estoy bien.