Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 14
—¡Doctor Hawthorne! ¡Ha llegado un paciente grave!
Emilian se puso de pie al instante.
—¿Qué ocurre?
—Un noble. El vizconde Aldric Bennett. Su carruaje sufrió un accidente en el camino a la capital. El vizconde está herido... una astilla de madera le atravesó el costado. Los médicos particulares de su familia intentaron atenderlo, pero la herida es demasiado profunda y no logran detener la hemorragia interna.
Emilian frunció el ceño.
—¿El vizconde Bennett?
—Sí, señor. Y su acompañante insiste en que hagamos algo. Dice que si su señor muere, habrá consecuencias.
El médico militar soltó un suspiro de exasperación.
—Llevadlo a la sala de cirugía. Ahora mismo.
Se giró hacia Elara.
—Ven.
Ella asintió y lo siguió sin dudar.
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La sala de cirugía era un hervidero de actividad. El vizconde yacía sobre la camilla, pálido como la cera, con la respiración superficial y entrecortada. Una astilla de madera del tamaño de un antebrazo sobresalía de su costado derecho, y la sangre empapaba las vendas que los médicos particulares habían colocado apresuradamente.
Emilian examinó la herida con atención. Tocó la zona alrededor de la astilla, observó el color de la piel, la respiración del paciente. Luego se enderezó y negó con la cabeza.
—No se puede hacer nada.
Elara lo miró.
—¿Cómo?
—La astilla ha perforado el pulmón —explicó Emilian con voz fría y profesional—. Si la extraemos, el colapso será inmediato. Si la dejamos, la infección lo matará en cuestión de días. No hay manera de detener la hemorragia interna sin abrirlo por completo, y eso es algo que ningún médico en este hospital ha logrado jamás.
Un hombre joven, bien vestido y con el rostro surcado por la preocupación, dio un paso al frente. Era alto, de cabello castaño claro y ojos verdes que relucían con desesperación.
—¡Tiene que haber algo! —exclamó—. ¡Mi hermano no puede morir! ¡Hagan lo que sea, pagaré lo que sea!
Emilian lo miró con severidad.
—Señor Thornwood, entiendo su preocupación, pero no hay nada que...
—Sí es posible —interrumpió Elara.
Todos los presentes se giraron hacia ella.
Emilian frunció el ceño.
—¿Elara?
—Se puede salvar —repitió ella, con una calma que contrastaba con la urgencia del momento.
El hermano del vizconde se acercó a ella con los ojos brillantes de esperanza.
—¿De verdad? ¿Puedes salvarlo?
—Sí —dijo Elara, mirándolo directamente—. Pero necesito que confíen en mí.
Emilian la tomó del brazo y la apartó unos pasos.
—¿Qué estás diciendo? —susurró con voz tensa—. ¿Sabes lo que implica una herida así? Si intentas extraer esa astilla sin el procedimiento adecuado, lo matarás.
—Y si no lo intentamos, también morirá —respondió ella con firmeza—. Al menos dame una oportunidad.
—Elara...
—Profesor —lo interrumpió, y su voz tenía un tono que él no le había escuchado antes—. Confía en mí.
Emilian la miró a los ojos. Había algo en ellos, una certeza que no entendía, pero que no podía ignorar.
Suspiró.
—Está bien. Hazlo. Pero yo estaré a tu lado.
Elara asintió y se volvió hacia los presentes.
—Necesito que preparen la sala para cirugía. Quiero agua hervida para limpiar los instrumentos, gasas esterilizadas, pinzas finas, agujas para sutura y un bisturí con la hoja más afilada que tengan.
Los enfermeros comenzaron a moverse.
Elara se volvió hacia Emilian.
—Profesor, voy a necesitar su ayuda.
Él levantó una ceja.
—¿Mi ayuda?
—Sí. Durante el procedimiento, necesitaré que mantenga la zona abierta mientras yo extraigo la astilla. También que controle el sangrado en los puntos que yo le indique.
Emilian la observó durante un segundo, como si estuviera viendo a una persona completamente distinta.
—De acuerdo.
El paciente fue trasladado a la mesa de cirugía. Elara se lavó las manos con agua hervida y se colocó una bata limpia. Emilian hizo lo mismo.
—Vamos a empezar —dijo ella, con voz serena.
El procedimiento fue lento y meticuloso.
Elara hizo una incisión alrededor de la astilla para ampliar el acceso. Emilian sujetó los bordes con pinzas mientras ella trabajaba.
—Más luz —ordenó—. Ahora, presión aquí.
Emilian obedeció sin cuestionar.
—Ahora, con cuidado... —murmuró Elara, tomando la astilla con firmeza—. Voy a extraerla. Cuando lo haga, la hemorragia será intensa. Prepárese para aplicar presión inmediata.
—Entendido.
Elara respiró hondo y, con un movimiento rápido y preciso, extrajo la astilla.
La sangre brotó con fuerza. Emilian aplicó presión en el punto indicado, y Elara comenzó a trabajar con rapidez, localizando los vasos dañados y cauterizándolos con la precisión de quien ha hecho esto cien veces.
—Pinza —pidió—. Ahora sutura.
El procedimiento se extendió por más de una hora. Elara no se detuvo ni un instante. Sus manos se movían con una seguridad que dejaba a Emilian sin aliento.
Cuando finalmente cerró la última sutura, el silencio en la sala era absoluto.
—Ya está —dijo ella, dejando caer los hombros—. Ahora solo necesita reposo y vigilancia. La infección es el mayor riesgo, pero si logramos mantener la herida limpia, debería recuperarse.
El hermano del vizconde, que había estado esperando fuera, entró corriendo apenas la puerta se abrió.
—¿Cómo está? —preguntó, con el rostro aún pálido.
—Estable —respondió Elara, sonriendo con cansancio—. Va a vivir.
El joven la miró con los ojos brillantes.
—No sé cómo agradecerte. —Se llevó una mano al pecho—. Soy Kael Bennett. Mi hermano Aldric está en deuda contigo. Y yo también. Dime lo que quieras como recompensa. Cualquier cosa.
Elara se secó las manos y sonrió.
—No es necesario. Solo hice mi trabajo.
—Por favor —insistió Kael—. Te lo ruego. Dime algo.
Ella lo miró, y una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—Bueno... si tanto insistes... cuando vayas a pagar la factura del hospital, recuerda que no estaría mal si fueras generoso.
Hizo un gesto con la mano, como si estuviera contando monedas imaginarias.
Kael parpadeó, y luego soltó una risa sorprendida.
—¿Eso es todo?
—Por ahora —dijo Elara, encogiéndose de hombros—. Pero nunca se sabe cuándo un médico necesita un amigo con dinero.
Kael sonrió, con una mezcla de asombro y diversión.
—Muy bien. Así lo haré.
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Más tarde, en la oficina de Emilian, Elara entregó el informe detallado del procedimiento.
Emilian lo tomó y comenzó a leerlo en silencio.
Sus ojos recorrieron el papel, y su ceño se frunció ligeramente.
¿Qué es esto?, pensó. Parecen garabatos. ¿Acaso es una broma?
Levantó la vista hacia Elara, que lo observaba con atención.
—¿Pasa algo, profesor? —preguntó ella.
Emilian dudó un segundo. Luego negó con la cabeza, dejando el informe sobre el escritorio.
—No, nada. Está bien.
Apartó la mirada hacia la ventana. La noche comenzaba a caer, y las primeras luces del festival empezaban a brillar en la distancia.
—Bueno —dijo, con un tono que intentaba sonar despreocupado—. Ya que estamos desocupados... ¿qué tal si vamos al festival?
Elara parpadeó.
—¿Ahora?
—Sí, ahora —respondió él, sosteniendo su mirada—. No tienes que si no quieres. Pero... yo tampoco quería ir solo.
Elara se miró las manos, aún manchadas de sangre seca. Se pasó un dedo por la frente y notó el sudor y el polvo acumulados.
—Estoy despeinada y sudada —dijo, soltando una risa ligera—. No creo que sea la mejor imagen para un festival.
Emilian la observó un momento. La luz de la luna entraba por la ventana, bañando su rostro. Tenía el cabello desordenado, la piel brillante por el esfuerzo y pequeñas manchas de sangre en el cuello.
Y aun así, pensó que nunca había visto a nadie tan...
—Estás bien así —dijo, y su voz sonó más suave de lo que había planeado.
Elara levantó la vista, sorprendida.
—¿Eso fue un cumplido, profesor?
Emilian apartó la mirada con rapidez.
—Solo digo que nadie se dará cuenta si sales así. Pero si prefieres arreglarte, entonces nos vemos en la entrada en una hora.
Elara sonrió, sintiendo cómo el calor se extendía por su pecho.
—Está bien. En una hora.
Salió de la oficina con una sonrisa en los labios y el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
Emilian se quedó solo, mirando la puerta que acababa de cerrarse.
—¿Qué me está pasando? —murmuró para sí mismo.
Pero no encontró respuesta.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔