Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Ducado O’Neill 3
En el ducado O’Neill, el corazón y la mente del duque aun estaban confundidos. El secretario le preguntó que si le decían a lady Russ que mejor se retirara.
—Yo también iré. Yo la llevare de regreso.
La declaración del duque dejó confundidos a todos los presentes.
Especialmente a su secretario.
—¿Mi señor?
—Acompañaré a Lady Russ de regreso.
—Pero...
—Y consíganme una máscara.
—¿Una máscara?
Albert asintió.
—Similar a las que utilizaba el duque Farrel.
El secretario abrió la boca.
La cerró.
La volvió a abrir.
Y finalmente decidió no preguntar.
Llevaba demasiados años trabajando para el duque como para ignorar una verdad fundamental:
Cuando Albert O'Neill tomaba una decisión con esa expresión... era imposible hacerlo cambiar de opinión.
Así que pocos minutos después, el duque se encontraba vestido de manera sencilla.
Sin insignias.
Sin símbolos ducales.
Con una máscara oscura cubriendo gran parte de su rostro.
Y acompañado por dos guardias de confianza.
Ahora parecía un escolta más.
Uno excepcionalmente alto y aterrador.
Pero un escolta al fin y al cabo.
Por supuesto.
Elia no sospechó absolutamente nada.
Porque en ese momento estaba ocupada con una actividad mucho más importante.
Pensar.
Pensar demasiado.
Albert descubrió aquello apenas comenzaron el viaje.
El carruaje avanzó unos pocos metros.
Y entonces empezó.
[Está bien.]
[No salió tan mal.]
[Pudo haber sido peor.]
[Por ejemplo, podría haber presentado el proyecto y que dijeran que era ridículo.]
[Pero tampoco salió bien.]
[Porque no presenté nada.]
[Pero el duque estaba enfermo.]
[Espero que esté bien.]
[¿Y si era algo grave?]
Albert parpadeó.
Porque los pensamientos llegaban sin pausas.
Como una corriente continua.
Y lo más extraño era que ella no parecía darse cuenta.
Simplemente pensaba.
Todo.
Absolutamente todo.
Cinco minutos después.
[Por cierto.]
[¿Qué era esa reacción?]
[¿Por qué me miró así?]
[¿Lo ofendí?]
[¿Tenía algo en la cara?]
[¿El vestido estaba mal?]
[¿Dije algo raro?]
[¿Respiré raro?]
Albert sintió un impulso repentino de responder.
No lo hizo.
Porque eso sería extremadamente extraño.
Además, no tenía idea de cómo explicarle que llevaba una hora escuchando cada uno de sus pensamientos.
El viaje continuó.
Y los pensamientos también.
[Si la reunión se reprograma tendré que reorganizar mis documentos.]
[También debería revisar las estimaciones de producción.]
[Y los costos de transporte.]
[Y las semillas.]
[Y los fertilizantes.]
[Y los sistemas de almacenamiento.]
Albert comenzó a comprender algo.
La verdadera razón por la que Lady Russ parecía tan preparada.
La mujer nunca dejaba de pensar.
Nunca.
Era impresionante.
Y ligeramente aterrador.
Diez minutos después escuchó..
[Quizás debería comprar otro cuaderno.]
[No.]
[Tengo siete.]
[Pero podría necesitar uno más.]
[Tal vez ocho sea una cantidad razonable.]
Albert casi soltó una carcajada.
Por suerte logró contenerse.
Uno de los guardias a su lado lo observó.
Confundido.
Porque el duque acababa de parecer divertido por primera vez en toda la tarde.
Mientras tanto, Elia seguía mirando por la ventana.
Completamente ajena.
[Por cierto.]
[Esos guardias son enormes.]
[Especialmente el de la izquierda.]
[¿Qué comen?]
[¿Piedras?]
Albert miró discretamente a su compañero.
Luego a sí mismo.
Y comprendió que ella estaba hablando de él.
[Parece que podría cargar un caballo.]
[Honestamente, creo que podría cargar dos.]
El duque tuvo que mirar hacia otro lado.
Porque aquella situación era absurda.
Había enfrentado asesinos.
Había liderado soldados.
Había combatido criminales mágicos.
Y sin embargo estaba ocultando una sonrisa porque una noble desconocida se preguntaba si podía cargar caballos.
El viaje siguió.
Y entonces Albert descubrió algo más.
Entre toda aquella ansiedad... también había bondad.
Porque tarde o temprano sus pensamientos siempre regresaban al mismo lugar.
Los Russ.
[Debería hablar con padre sobre los terrenos del norte.]
[También necesito revisar los gastos médicos.]
[Y buscar magos sanadores.]
[Ojalá podamos ayudarlo.]
Albert escuchó aquello.
Y frunció ligeramente el ceño.
Porque los rumores sobre Elia Russ no coincidían.
En absoluto.
La joven de la que hablaban los nobles era caprichosa.
Egoísta.
Malcriada.
Superficial.
Pero aquella mujer... pasaba más tiempo preocupándose por la salud de su padre que por sí misma.
Y seguía pensando en su familia.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Como si realmente le importaran.
El viaje estaba llegando a su fin cuando apareció un último pensamiento.
Uno tan inesperado que hizo que Albert se quedara inmóvil.
[Estoy feliz.]
El pensamiento fue suave.
Pequeño.
Sincero.
Sin ansiedad.
Sin preocupaciones.
Sin listas.
Solo eso.
[Estoy feliz.]
Elia observaba por la ventana mientras los campos pasaban lentamente.
[Padre estaba tan orgulloso esta mañana.]
[Madre también.]
[Ojalá sigan sonriendo así.]
Albert sintió algo extraño.
Porque aquella frase no tenía doble intención.
No había cálculos.
No había estrategias.
No había objetivos.
Era simplemente una persona deseando la felicidad de su familia.
Y por alguna razón...
aquello lo afectó más que todos los demás pensamientos.
Cuando finalmente llegaron a la mansión Russ, Elia descendió del carruaje.
Los dos guardias también.
Y Albert permaneció inmóvil.
Observándola.
La joven hizo una ligera inclinación de cabeza.
—Gracias por acompañarme.
Albert casi respondió.
Por reflejo.
Pero se detuvo a tiempo.
Lo último que necesitaba era que ella reconociera su voz.
Así que simplemente asintió.
Elia sonrió.
Y entró corriendo a la mansión.
Probablemente para contarle todo a sus padres.
O para hacer otra lista.
O ambas cosas.
Albert observó cómo desaparecía tras las puertas.
Y por primera vez en toda su vida deseó que alguien pudiera explicarle qué estaba ocurriendo.
Porque no importaba cuántas veces intentara racionalizarlo.
No importaba cuántas teorías formulara.
La realidad seguía siendo la misma.
Podía escuchar los pensamientos de Lady Elia Russ.
Y después de varias horas oyéndolos sin descanso... había llegado a una conclusión.
Aquella mujer era mucho más peligrosa que cualquier criminal que hubiera perseguido.
Porque tenía la capacidad más aterradora de todas.
Podía convertir el silencio de una persona en una conversación interminable.