Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.
Una boda.
Un hombre de ojos color malva.
Una noche de terror.
Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.
Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.
Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.
Es un acuerdo simple.
Un año de matrimonio.
Sin amor.
Sin sentimientos.
Sin interferir en la vida del otro.
Pero convivir con Damien resulta mucho m
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 17
Damien
No podía ocultarle a Rosalind el contenido de aquel cuaderno.
Sin embargo, tampoco podía decirle de dónde lo había sacado.
Si descubría que existía alguien que la había vigilado durante años, que conocía sus rutinas y había llenado una habitación con retratos suyos, dejaría de dormir por completo.
Y bastante tenía ya con sus pesadillas.
Ella seguía sentada frente a mí, con el vaso de agua entre las manos. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos por el llanto.
Después de unos minutos de silencio levantó la vista.
—Damien...
—¿Sí?
—¿En tu familia hay alguien con ojos color malva?
Fruncí el ceño.
Era una pregunta que yo mismo me había hecho desde que leí aquellas páginas.
Negué lentamente.
—No que yo recuerde.
Guardé el cuaderno dentro de la caja fuerte del despacho y giré la combinación hasta escuchar el clic de la cerradura.
—Tendría que revisar el libro genealógico de los Blackwood, pero es un color de ojos demasiado extraño. Si hubiera existido alguien así, creo que lo recordaría.
Rosalind bajó la mirada.
Podía notar que intentaba ordenar todas las ideas que cruzaban por su cabeza.
Me acerqué hasta ella.
—Rosalind...
Ella levantó lentamente la vista.
Respiré hondo.
No era bueno expresando este tipo de cosas.
Nunca lo había sido.
—No voy a dejar que te pase nada.
Su expresión cambió.
Continué hablando.
—Sé que apenas nos conocemos. Sé que discutimos casi todos los días por cualquier tontería...
Esbozó una pequeña sonrisa.
—...pero te prometo que voy a cuidarte.
Hubo unos segundos de silencio.
Ella simplemente asintió.
—Gracias.
Negué con la cabeza.
—No tienes que agradecerme.
Era mi esposa.
Aunque nuestro matrimonio hubiera comenzado como un acuerdo, protegerla ya no era una obligación.
Era una decisión.
Miré el reloj de bolsillo.
—Debemos prepararnos.
Rosalind frunció el ceño.
—¿Prepararnos para qué?
—Tengo una cena con varios inversionistas.
Ella dejó escapar un suspiro dramático.
—Pensé que tú odiabas ese tipo de reuniones.
—Y las odio.
—Entonces no vayas.
—No puedo negarme esta vez.
Ella cruzó los brazos.
—Qué aburrimiento.
Sonreí apenas.
—Ponte algo decente.
Aunque te vistas de seda...
Rosalind levantó un dedo amenazante.
—No termines esa frase, Blackwood.
O te juro que te mato.
No pude evitar reír.
—Sabes cómo arruinar cada momento educado que tienes.
Y son muy pocos.
Prefería verla enfadada conmigo que llorando.
Muchísimo más.
—Tienes dos horas.
Si no bajas...
—¿Qué?
—Te dejo.
Ella abrió exageradamente los ojos.
—¡Pues déjame!
El favor me lo estarías haciendo tú.
Se dio media vuelta y subió las escaleras.
Un segundo después escuché el fuerte portazo de la habitación.
Sonreí.
Definitivamente estaba mejor.
---
A las cinco y treinta de la tarde volvió a aparecer.
Y por un instante olvidé respirar.
Llevaba un vestido largo de terciopelo negro, ajustado delicadamente al torso y con una falda que caía en suaves pliegues hasta rozar el suelo. El escote era alto y elegante, mientras que las mangas largas terminaban en finos puños de satén color vino tinto. Sobre uno de los hombros nacía un discreto bordado de hojas y pequeñas flores en hilos del mismo tono, apenas visibles bajo la luz.
No llevaba demasiadas joyas.
Solo unos pendientes de granates, una fina pulsera antigua y un broche en forma de rosa oscura sujetando parte de su cabello negro.
Era un vestido sobrio.
Distinguido.
Exactamente como ella.
Marcelo apareció detrás de mí con una caja.
Entonces comprendí por qué insistió en que usara aquella corbata color vino.
Rosalind me observó de arriba abajo.
Frunció ligeramente la nariz.
—Te ves horrible.
Bajé la vista hacia mi traje.
—¿Solo por la corbata?
—No te favorece ese color.
Rodé los ojos.
Ella se volvió hacia Marcelo.
—¿Tiene una vinotinto más oscura?
—Sí, señora.
Un minuto después Marcelo regresó con otra.
Rosalind se acercó.
Sin pedir permiso me quitó la corbata.
Sus dedos comenzaron a hacer el nuevo nudo con una habilidad sorprendente.
La observé en silencio.
Cuando terminó dije con total tranquilidad:
—Qué hábil eres haciendo nudos.
Ella levantó lentamente la mirada.
Conocía perfectamente esa expresión.
Venía un golpe.
Y no me equivoqué.
Su puño impactó directamente contra mi pecho.
—No empieces con tus chistes de doble sentido.
Me llevé una mano al pecho con fingido dramatismo.
—Solo iba a decir que las brujas son buenas haciendo amarres.
Esta vez el golpe fue más fuerte.
—Deberías tener cuidado, Blackwood.
No sea que el próximo nudo que haga sea el de tu horca.
—Qué mujer tan agresiva.
—Qué bueno que lo notes.
Suspiró exageradamente.
—Ahora camina.
Se nos hará tarde para tu aburrida cena.
---
La residencia del señor Ashcroft era una de las más elegantes de la ciudad portuaria.
Los criados abrieron las enormes puertas de madera apenas descendimos del automóvil.
Tomé el brazo de Rosalind.
Ella sonrió con esa perfecta expresión que utilizaba frente a la alta sociedad.
Presenté a mi esposa.
En pocos minutos ya conversaba con las damas presentes sobre literatura, música y pintura europea como si hubiera nacido para dominar cualquier salón.
Mientras tanto, yo cerraba los últimos detalles del proyecto del hotel con mis socios.
Todo salió mejor de lo esperado.
Al despedirnos, uno de ellos incluso comentó:
—Su esposa tiene una conversación excepcional, señor Blackwood.
Sonreí con orgullo.
—Lo sé.
Cuando subimos nuevamente al automóvil, rompí el silencio.
—Pensé que terminarías asustando a todos.
Ella giró lentamente la cabeza.
—¿Perdón?
—Solo era una posibilidad.
—¿Crees que soy un animal salvaje incapaz de comportarse?
No respondí.
Solo sonreí.
Ella entrecerró los ojos.
—Hoy estás especialmente insoportable.
—Solo dije lo que pensaba.
—No.
Lo insinuaste para fastidiarme.
Y lo lograste.
Reí por lo bajo.
Cada vez era más sencillo hacerla perder la paciencia.
---
Cuando llegamos a la villa ya era completamente de noche.
Rosalind permaneció unos segundos mirando el océano.
Después habló.
—¿Podemos ir al mar?
La observé sorprendido.
—Claro.
¿Es allí donde planeas asesinarme?
Ella sonrió con total naturalidad.
—Sí.
Y esperaré a que la marea se lleve tu cuerpo.
Así nadie me culpará.
—Qué considerado de tu parte.
Descendimos hasta la playa.
La arena estaba fría.
Ella se quitó los tacones y comenzó a caminar descalza.
Le ofrecí mi mano para ayudarla.
La aceptó sin discutir.
—Si te caes...
—No empieces.
—...me voy a reír.
Ella soltó una pequeña risa.
—Ya lo imaginaba.
Seguimos caminando junto al agua.
Las olas rompían suavemente contra la orilla.
La luna iluminaba el mar como una inmensa cinta de plata.
Después de varios minutos pregunté:
—¿Por qué querías venir?
Rosalind contempló el horizonte.
—Porque aquí todo parece más pequeño.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Cuando miro el mar siento que mis problemas también lo son.
Es extraño...
Da miedo por lo inmenso que es...
Pero al mismo tiempo transmite tranquilidad.
La observé mientras hablaba.
La brisa movía algunos mechones de su cabello oscuro.
Su piel parecía todavía más blanca bajo la luz de la luna.
Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas por el viento.
Era la primera vez que la veía realmente en paz.
Ella giró el rostro.
—¿Qué?
Negué lentamente.
—Nada.
Solo te escuchaba.
Rosalind mordió distraídamente su labio inferior.
Mi mirada descendió por un instante hasta sus labios.
Después volvió a encontrar sus ojos verdes.
El tiempo pareció detenerse.
Di un paso hacia ella.
Ella no retrocedió.
Al contrario.
Acortó la poca distancia que aún nos separaba.
Su mano buscó la mía.
Entrelazó nuestros dedos.
Sentí que su respiración era tan acelerada como la mía.
Bajé lentamente el rostro.
Esperé unos segundos.
Dándole la oportunidad de apartarse.
No lo hizo.
Entonces posé suavemente mis labios sobre los suyos.
Fue un beso lento.
Dulce.
Cauteloso.
Como si ambos estuviéramos descubriendo algo completamente nuevo.
Rosalind dejó caer los tacones sobre la arena.
Sus brazos rodearon mi cuello con timidez.
Mis manos descansaron sobre su estrecha cintura.
Por primera vez desde que nos casamos...
No éramos dos desconocidos unidos por un contrato.
Éramos simplemente un hombre y una mujer olvidándose, por unos instantes, de todo aquello que los perseguía.
Hasta que un fuerte destello iluminó la playa.
Nos separamos de inmediato.
Otro destello.
Esta vez mucho más cerca.
Fruncí el ceño y giré hacia la parte alta del acantilado.
Entre la oscuridad alcancé a distinguir la silueta de un hombre sosteniendo una cámara fotográfica.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, el desconocido dio media vuelta y echó a correr.
Mi expresión cambió por completo.
Tomé la mano de Rosalind con fuerza.
—Entra a la casa.
Ahora.
Ella comprendió que algo iba mal.
No hizo preguntas.
Corrió hacia la villa mientras yo comenzaba a perseguir al desconocido entre la oscuridad de la noche.
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
esto está de Lokos 😰😱
hay no que 💩😰😱