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El Lado Oscuro De La Pasión

El Lado Oscuro De La Pasión

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amante arrepentido / Reencuentro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...

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Capítulo 18

Rebecca alzó la cara, buscando y encontrando la de Jay, fija en la de ella. Levantó la barbilla, sostenida por ese orgullo que lució por conservar

- ¿Es mi hijo, Rebecca? -le preguntó.

No replicó, no podía. La verdad se le atoró en la garganta. Todo lo que pasaba era su culpa. Nunca debió irse de allí hacía diez años. Jamás debió permitir que esos malditos Lorence las intimidaran a ella y a su madre. Y ni siquiera debió pensar en abandonar la cabecera de la enferma cuando sabía que no estaba preparada para esa separación.

Las lágrimas le nublaron la vista y la culpa le pasó sobre, los hombros. Cristina y Tom cuidaban bien a Kit, no le pasaría nada.

Era Jay quien la alejaba del hospital, aceptó con amargura. Jay la fuerza de su atracción.

-Mira... -se le acercó, sin tocarla-, hoy ya no podemos ayudarla. Volvamos a casa antes de que se desate la tormenta.

A casa… la frase no le inspiraba nada agradable. Su casa quedaba a varios cientos de kilómetros de distancia, en un sector industrial.

Cruzo el cuarto, recogió sus pertenencias y contempló por última vez a su madre, antes de inclinarse para besarle la mejilla.

-Te quiero mucho, mamá -susurró, luego se enderezó, con la cara cubierta por una máscara de frialdad, para después seguir a Jay hasta e ascensor.

Jay tenía razón. Empezaba a nevar y eso la tranquilizó. Significaba que el tendría que concentrarse en el camino resbaloso y no la interrogaría.

Una vez dentro de la mansión, Rebecca se dirigió a las escaleras esperando escapar a su cuarto antes que Jay entrara en la casa. Pero no tuvo esa oportunidad

-No tan rápido -la advirtió y ella, con un suspiro de derrota volvió para mirarlo- En el estudio -le indicó y, sin otras palabras lo obedeció. Se quitó el abrigo y se sentó, inclinándose hacia adelante para calentarse las el fuego de la chimenea.

Jay la siguió, también se quitó su grueso abrigo y lo echó sobre una silla.

- ¿Es mi hijo? -repitió la pregunta que ella no contestó en el hospital.

-Según la mayoría de las personas, no -soltó una carcajada horrible, recordando esas terribles acusaciones, los desafíos humillantes acerca de si podía determinar de quién era el hijo que llevaba en el vientre; la rabia; la hostilidad, la desconcertante confusión de lo que le sucedía… Volvió a vivir el dolor del rechazo, el miedo paralizador de no saber a dónde ir, cómo lograría mantenerse a la edad de dieciséis años, con un bebé y sin nadie a quien le importara si estaba sana o sí se moría.

-No fue eso lo que te pregunté -la atajó, con la ira centelleando en los ojos azules-. Trato de averiguar si tú y yo tenemos un hijo del que no sé ni media palabra.

-No, no tienes un hijo del que no sabes ni media palabra -se rió de nuevo y otra vez la risa sonó falsa-. Aunque tengas un hijo cuya existencia alguna vez conociste y del cual quisiste deshacerte en nombre del orgullo familiar -se hurló, sarcástica. .

- ¿De qué hablas? -la observó, sin entender-. Jamás, jamás, induciría a una mujer a robarle a su hijo el derecho a vivir... no importa cuales fueran las circunstancias negativas que la rodearan.

- ¿Ah, no? -se levantó, odiándolo, despreciándolo por su maravillosa habilidad para mentir hasta a sí mismo… a juzgar por su gesto de desconcierto-: ¿Así qué el imponente cheque que me entregaron en tu nombre, para abortar a mi hijo, no tenía nada que ver contigo?

Jay se puso de pie de un salto y su rostro se convirtió en una máscara de ira.

-Espera un momento... -tiró del brazo de la joven para mantenerla inmóvil, frente a él-. Jamás te envié un cheque -siseó- ni escribí o autorice. Por lo tanto, deja de convertirme en el asesino de ese indefenso.

-Pues eso es precisamente lo que te considero -se mofo.

-Escúchame, Rebecca. - si ella pensaba que la sacudía una agresión ardiente, la rabia de Jay la opacaba. Sus dedos le lastimaban el brazo mientras agregaba-: ¡No permitiré que me hables de ese modo! ¡Maldición adoraba el suelo que pisabas!

Una vez creyó ese apasionado juramento. No volvería a hacerlo.

-Me niego a discutirlo -exclamó, zafándose de su mano para acercarse a la chimenea, temblando tanto, que tuvo que abrazarse para controlarse.

El también necesitó un momento para dominarse y ella escuchó que aspiraba con fuerza, antes de insistir, en voz baja y cargada de emoción:

- ¿El hijo que escondiste en algún rincón de esta tierra olvidada de Dios… es mío, o no?

¡No! quiso gritarle, con toda la fuerza de sus pulmones. No es tuyo, ni ahora, ni nunca.

Pero sólo continuo contemplando el fuego, con los ojos ardiendo corno carbones. Y, dentro de ella, diez años de amarga desilusión, subían a la superficie de su ser, manteniéndola temblorosa y tensa, como un volcán a punto de explotar, haciéndola desear gritar, golpear, mutilarlo, como él alguna vez la mutiló. Intentó mentirle, para sentir un gozo indescriptible al negarle el derecho de llamar hijo a Kit. ¿Por qué debía mentir acerca de la concepción de Kit? Era hijo de ella y la enorgullecía ser su madre... no importaba lo que sintiera el padre respecto a la parte que tomó en esa procreación...

1
Alexandra Ortiz Posada
Me enfurece que ella se deje menospreciar de esa manera
Alexandra Ortiz Posada
Cada vez más odioso
Alexandra Ortiz Posada
Demasiado tonta
Alexandra Ortiz Posada
Odioso, y ni siquiera le pide perdón por la haberla golpeado
Alexandra Ortiz Posada
Malvado, egoísta, no se interesa en el sufrimiento de ella
Alexandra Ortiz Posada
Odio como la trata este estupido
Alexandra Ortiz Posada
Desgraciado, como se atreve a pegarle
Alexandra Ortiz Posada
Es odioso este tipo
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