Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
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Capítulo 18: La videollamada en la hamaca
Al día siguiente me levanté como de costumbre antes de que saliera el sol.
La verdad, así era mi vida desde que tenía memoria.
Mientras muchos seguían durmiendo, yo ya estaba poniéndome las botas para comenzar las labores de la finca.
Afuera todavía estaba oscuro.
Los gallos apenas comenzaban a cantar.
El aire frío de la madrugada se sentía por todo el patio.
Me lavé la cara, me tomé una taza de café que mi mamá me había dejado lista y salí a trabajar.
Aquella mañana había bastante por hacer.
Primero alimenté las gallinas.
Después fui a revisar el corral.
Más tarde ayudé con unas cosas en el cafetal.
Y luego seguí organizando varias tareas pendientes de la finca.
El sol comenzó a subir poco a poco.
Y como siempre pasó lo mismo.
Terminé completamente sudado.
La camisa estaba empapada.
La gorra también.
Pero eso era normal para mí.
El trabajo del campo era bonito, pero también cansaba bastante.
Cuando terminé regresé a la casa.
Sentía los brazos pesados.
Las piernas cansadas.
Y unas ganas enormes de descansar un rato.
Así que fui directamente hacia la hamaca que estaba en el corredor.
Me acosté.
Y solté un suspiro enorme.
—Ay Dios mío...
La hamaca comenzó a balancearse suavemente.
Y fue ahí cuando pensé en ella.
Saqué el celular.
Sonreí.
Y le hice videollamada.
La llamada sonó apenas unos segundos.
Y apareció su rostro en la pantalla.
Automáticamente sonreí.
—Hola preciosa, ¿cómo estás?
Ella también sonrió.
—Hola mi amor, bien.
—¿Y usted qué está haciendo?
—Aquí acostada.
Yo me reí.
—Mi vaguita.
—Oiga.
—¿Qué?
—No soy vaga.
—Claro que sí.
—Mentiroso.
—Mientras yo trabajo usted está acostada.
Ella soltó una carcajada.
—Estoy descansando.
—Excusas.
—Ay, Hernán.
Los dos comenzamos a reírnos.
La verdad era que escuchar su voz después de trabajar toda la mañana me alegraba el día.
Era como una costumbre bonita que se estaba formando entre nosotros.
Yo seguí balanceándome en la hamaca.
Ella acomodó mejor el celular.
Y seguimos hablando.
—Yo aquí cansado —le dije.
—Se nota.
—¿Sí?
—Sí.
—Cuando estés conmigo no vas a estar así mucho tiempo.
Ella levantó una ceja.
—¿Cómo así?
—Pues porque me vas a ayudar.
—¿Yo?
—Claro.
—Ay no.
—Sí.
—No sé trabajar en finca.
—Le enseño.
—Pobre de mí.
Yo me reí.
—No es tan difícil.
—Dice usted porque nació allá.
—Puede ser.
Ella sonrió.
Y yo seguí observándola por la pantalla.
Todavía me parecía increíble que después de tantos años hablando ahora fuéramos novios.
Y que por fin nos hubiéramos conocido en persona.
En ese momento apareció mi mamá.
Traía una bandeja con desayuno.
—Tome, mijo.
—Gracias, mamá.
—Coma antes de que se enfríe.
—Ya voy.
Mi mamá alcanzó a mirar el celular.
Y sonrió.
—Buenos días.
—Buenos días, señora —saludó Lilibeth desde la videollamada.
—¿Cómo está?
—Muy bien.
—Me alegra.
Mi mamá siguió caminando mientras yo acomodaba la bandeja sobre una mesa pequeña junto a la hamaca.
Había arepa.
Huevos.
Y chocolate caliente.
—Qué rico —dijo Lilibeth.
—¿Tiene hambre?
—Un poquito.
—Le provocó.
—Sí.
—Entonces venga por una arepa.
Ella comenzó a reírse.
—Me queda lejos.
—Poquito.
—Claro.
Yo tomé un pedazo de arepa.
Y seguí hablando con ella.
Después de unos segundos me observó detenidamente.
—Mi flaquito.
—¿Qué pasó?
—Si me di cuenta.
—¿De qué?
—Que está sudado.
Yo solté una carcajada.
—Ah, sí.
—Muchísimo.
—Trabajé toda la mañana.
—Se nota.
—¿Tan mal estoy?
—No.
—¿Entonces?
—Me gusta verlo trabajador.
Yo sonreí.
—Menos mal.
—Pero debería descansar más.
—Eso intento.
—No parece.
—La finca no se trabaja sola.
Ella asintió.
—Eso sí.
Seguimos hablando durante varios minutos.
Ella me contó algunas cosas de la universidad.
Yo le conté lo que había hecho durante la mañana.
Y como siempre terminamos riéndonos por cualquier tontería.
En un momento ella me dijo:
—¿Sabe qué?
—¿Qué?
—Todavía no puedo creer que ya nos vimos.
—Yo tampoco.
—A veces miro las fotos para asegurarme.
—Yo hago exactamente lo mismo.
—¿En serio?
—Sí.
Ella comenzó a reírse.
—Estamos iguales.
—Completamente.
Yo agarré el celular y busqué una de nuestras fotos.
La misma que nos habíamos tomado agarrados de la mano.
Y automáticamente sonreí.
—¿Qué está viendo?
—Una foto.
—¿Cuál?
—Nuestra.
Ella sonrió.
—Yo también la tengo de fondo de pantalla.
—¿Sí?
—Sí.
—Entonces sí estamos enamorados.
Ella soltó una carcajada.
—Un poquito.
—Un poquito no más.
—Bueno... bastante.
Los dos seguimos riéndonos.
La mañana avanzaba.
El desayuno se estaba acabando.
Y la videollamada continuaba.
La verdad podía pasar horas hablando con ella sin aburrirme.
Siempre encontrábamos algo de qué hablar.
Algo de qué reírnos.
Algo para compartir.
Antes de despedirnos, ella me miró sonriendo.
—Descanse un rato.
—Voy a intentar.
—Promesa.
—Promesa.
—Porque se ve cansado.
—Solo un poquito.
—Mucho.
—Bueno, mucho.
Ella se rió.
Y yo también.
Después nos despedimos.
Cuando terminó la videollamada me quedé acostado en la hamaca mirando el techo del corredor.
Escuchando los sonidos de la finca.
Pensando en ella.
Y sonriendo como un bobo.
Porque aunque había comenzado el día cansado por el trabajo, hablar con Lilibeth siempre lograba algo.
Hacer que todo valiera la pena.