Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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19- Todos la queremos
🟡JERARDO
Todo el dia me quemo ese sobre. Ese resultado de ADN.
El sobre había llegado a las dos en punto. Una moto se estacionó en la entrada, el conductor tenía casco negro, el sobre estaba sin remitente.
“Confidencial. Para Jerardo Duarte. En mano”.
Anunció.
Germán lo abrió. Yo leí.
Resultado de ADN – Jerardo Duarte / Elena NN
Compatibilidad: 0%. Negativo. No hay vínculo biológico.
Germán esperó. Que gritara. Que tirara algo. Que mandara a los de seguridad a sacar a la pendeja de la cama y devolverla a la calle de donde salió.
Doblé la hoja. La guardé en el cajón. Al lado de la foto de Mariela. Al lado de la de mi hija. De la de verdad. La que enterramos hace cinco meses y que nadie llora porque el “milagro Duarte” vende más.
—¿Y?
Germán no se aguantó.
—¿Qué hacemos? El papel dice que no es tu hija. Que llevamos cinco meses cuidando a una extraña.
Me serví café. Negro. Sin azúcar. El que tomaba antes de que el corazón me fallara.
—Nada.
Dije relajado.
—¿Nada? Jerardo, si esto se sabe...
—No me importa —lo corté—. Me importa un carajo lo que diga el papel. Gracias a ella desperté, Germán. Los médicos me lo dijeron: fue su voz. Tres días hablándome al oído hasta que abrí los ojos. Tres días sin irse. ¿Vos te pensás que un papel me va a decir que no es nada mío?
Germán se sentó. Por fin. 40 años y con ojeras de no dormir desde que la piba llegó.
Hace un mes que como la lasaña que me hace. La primera salió salada como el mar. Se le cayó la cara, me pidió perdón veinte veces. Al otro día hizo otra. Y otra. Hasta que le salió. Ahora es lo único que como sin que me den náuseas.
Más allá de lo que digan los papeles, yo veo a Mariela en Elena. Los mismos gestos. Cómo se come las uñas cuando está nerviosa, mal hábito que mi esposa tenía desde chica. Cómo se tuerce el cabello con el dedo índice izquierdo cuando lee y cómo da vuelta la hoja con el derecho. Despacio. Con cuidado. Como si los libros fueran a romperse.
Es clásica al vestir. Jeans, remera blanca, zapatillas. No es presumida. No se adorna con joyas y eso que tiene el joyero lleno. El de mi hija. El de verdad. Nunca tocó un anillo. Una vez le pregunté por qué. “No son mías. Yo solo las cuido”, me dijo.
Germán también se encariñó. Más que yo, capaz. Porque él no tuvo nada. Yo tuve esposa, tuve hija. Él solo me tuvo a mí. Y ahora la tiene a ella. Elena le trajo luz a esta casa de mierda. Cocina. Riega los rosales. Me espera en el estudio con un café cuando me quedo laburando hasta las tres. No habla. No jode. Deja la taza, me toca el hombro y se va.
Desde que llego, todos la quieren. Yo. Germán. Los empleados. La Rosita dice que es la primera “patrona” que le da las gracias. El jardinero dice que habla con las plantas. Los de seguridad se pelean para abrirle la puerta.
Con la otra era diferente. Con la hija de mi segunda esposa. Con la media hermana de Elena. Egoísta. Maltrataba a los empleados. Les tiraba la ropa planchada si tenía una arruga. Nunca nada le alcanzaba. El auto, la cartera, el viaje. Y cuando Elena “volvió” del internado, la envidió. Envidiaba que yo la mirara. Envidiaba que Germán le sonriera.
Germán carraspeó. Me sacó del recuerdo.
—Los de seguridad avisaron —dijo—. Hace tres horas. Nahuel Ibarra la sacó a dar una vuelta en la camioneta.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Después del bardo en el shopping —siguió—. Silvina Montenegro la cruzó. La trató de recogida, de NN. Le mostró fotos de las minas con las que anduvo Nahuel. La dejó llorando en la vereda. Y tu nieto… el nieto de Octavio apareció. La subió a la camioneta y se la llevó. Los vieron por la ruta vieja, para el lado del río.
Apreté la taza. Así que el pendejo Ibarra tenía huevos. Como el abuelo a los 22. Como yo a los 22.
—¿Volvieron? —pregunté.
—Hace media hora —asintió Germán—. La dejó en la puerta. No bajó. Ella subió llorando. Está en su pieza ahora. No quiso cenar.
Me paré. Fui hasta la ventana. La casa en silencio. Tres pisos de mentiras.
—Hoy llegó otra cosa —dijo Germán, y sacó un sobre del saco. Blanco. Con letra de Octavio—. Invitación. Compromiso de Nahuel Ibarra y Silvina Montenegro. Para el mes que viene. En la estancia Ibarra.
Lo agarré. Lo abrí. Cartulina cara. Letras doradas. “Octavio Ibarra tiene el agrado de invitar a usted y familia al compromiso de su nieto Nahuel Ibarra con la señorita Silvina Montenegro”.
—Provocación —dije—. Sabe que me entero. Sabe que Nahuel anda atrás de Elena. Me la manda para refregármela. Para decirme que su nieto es de él. Que la NN no le llega ni a los talones a una Montenegro.
Germán no dijo nada. Porque era verdad. Octavio era una víbora. Y esto era un golpe. “Mirá, Jerardo. Mi nieto se casa con plata. La tuya anda con las uñas comidas y sin apellido”.
Me senté otra vez. Miré el ADN falso. 0%. Miré la invitación rota. Compromiso.
—Me acordé cómo puede ayudar Elena —dijo Germán, despacio.
Lo miré.
—Debe casarse —siguió—. Con Daniel. El matrimonio que teníamos arreglado. Total, Nahuel se casa con Silvina. Por más que diga que no, por más que la rescate en la vereda. La última palabra la tiene Octavio. Y Octavio no va a dejar que su nieto se case con una pobretona. Menos si cree que no es Duarte.
Tenía razón. Y me mataba. Porque Elena no quiere a Daniel. Quiere al pibe Ibarra. Se le nota cuando vuelve con los ojos rojos y con olor a río. Se le nota cuando no come y cuando sí.
Sí. Se iba a casar. Con Daniel San Rafael. El matrimonio que arreglamos para la de verdad. Para la que murio en ese accidente trágico.
—¿Y si dice que no? —pregunté—. ¿Y si elige a Nahuel otra vez?
Germán se encogió de hombros. 40 años y con la cara de cansado.
—Entonces la dejamos ir —dijo—. Y que Octavio nos prenda fuego. Porque vos ya estuviste muerto una vez, Jerardo. Y yo no pienso enterrar a otra piba.
—Y...
—Habla.
—Desconfio que ese resultado es falso... Vieron a uno de los hombres de Octavio en el hospital hablando con el del laboratorio y que le paso un sobre.
Abrí el cajón. Miré el ADN.
—Asi que es falso. El de verdad lo tiene Héctor, el de Octavio. Los dos jugamos con papeles truchos. Los dos mentimos. Debi suponerlo.
Reflexione cerrando el puño.
Me pare dirigiendome a ver a Elena y al habrir la puerta la vi salir de la cocina con una bandeja de lasaña.
—Por si tiene hambre.
Dijo colorada por ser descubierta.
Me comí la lasaña parado, ante ella.
—Perfecta.
Le dije.
—Escuché la conversación —me soltó, sin mirarme—. La suya con Germán. Que no soy su hija. Que me usan para que las acciones no caigan.
No negué. No podía. Tenía 20 años y harina hasta en las pestañas.
—Si me ayuda a recuperar la memoria —siguió, con la voz rota—, yo sigo fingiendo. Voy a las reuniones, sonrío para las fotos, uso los vestidos. Y después me voy. Sin reclamar nada. Como si no hubiera existido.
–Eres mi hija... Es una táctica de Octavio para alejarte de Nahuel... Si no tienes apellido, si eres pobre... Octavio esta seguro que Nahuel no te elige.
Germán, que estaba atrás agrego.
—Y aunque no fueras, no te irás.
Dijo.
— Vos no te vas a ningún lado, nena. Esta es tu casa ahora. Con papel o sin papel.
Ella lo miró. Con esos ojos miel que son iguales a los de mi hija. Iguales a los de Mariela.
—¿Qué tienes ahi?
Señalo la tarjeta de invitación. German aún la sostenía.
Los dos nos miramos sin poder responder Elena lo agarro a leer.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓