Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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El abismo de la noche
Punto de vista de Elena
El ruido de la puerta de mi propio dormitorio cerrándose con llave desde el interior fue el sonido que terminó de romper mi realidad. Sus risas, la de Julián y la de Sofía, se filtraba a través de la madera, burlándose de mis tres años de entrega, de mis tres años de mentiras. Me quedé de pie en el pasillo, temblando, con el test de embarazo todavía apretado en mi puño como si fuera un amuleto inservible.
El dolor me abrazaba con el frío de la realidad, una realidad que estaba matando mis sueños de formar la familia qie tanto habia deseado.
No hubo tiempo para el luto, no hubo tiempo de procesar mi desgracia. Ya que diez minutos después, la puerta se abrió y Julián salió, ya sin camisa, con una expresión de fastidio que me revolvió el estómago. Bajo las escaleras llevando consigo una pequeña maleta de mano la cual arrojó a mis pies.
—Tus cosas básicas están ahí. No quiero que pases una noche más bajo este techo —dijo, señalando la puerta principal—. Rosa tiene órdenes de no dejarte entrar mañana ni nunca. Si intentas armar un escándalo, llamaré a la seguridad y diré que estás teniendo un brote psicótico. Sabes que me creerán.
Sus ojos desprovistos de cualquier sentimiento de empatía hacia mí. Sin embargo, mi ingenuidad me llevo a suplicar piedad.
—Julián, está lloviendo... es medianoche —logré decir, mi voz saliendo como un hilo quebrado—. Por favor, al menos déjame quedarme en la habitación de invitados hasta que amanezca —, continúe, perdiendo el último rastro de dignidad que me quedaba.
—No —intervino Sofía, asomándose por la puerta, envuelta en una de las batas de seda que Julián me había regalado—. Esta casa necesita una limpieza de energías, Elena. Y eso empieza contigo ¡fuera de aquí! ¡Ahora!
El odio que brillaba en los ojos de Sofía era algo que no lograba comprender. ¿Cómo alguien podía fingir tanto afecto mientras planeaba arrebatarle la vida a otra persona?
Camine mecánicamente hacia la salida, con la maleta golpeando mis rodillas. Rosa estaba en el vestíbulo con la cabeza baja. Vi una lágrima correr por su mejilla, pero no se atrevió a decir nada; ella también temía el poder de los Ferrara y no la culpaba. Al salir, el frío de la tormenta me golpeó con un fuerte golpe en la cara. El cielo parecía estallar en relámpagos que iluminaban momentáneamente la fachada de la mansión, esa estructura que yo había ayudado a decorar y que ahora me escupía hacia la oscuridad.
Caminé hacia mi auto, el pequeño sedán que mi padre me había regalado al graduarme y que Julián siempre había despreciado por ser "demasiado humilde" para su garaje. Subí, empapada hasta los huesos, y encendí el motor. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el volante, mientras las lágrimas empañaban mi visión.
"Tengo que llegar a casa de mi tía", pensé, intentando calmar los latidos de mi corazón. "Tengo que proteger al bebé. Mañana buscaré un abogado. Mañana recuperaré mis tierras".
Puse en marcha el auto con la determinación de volver al dia siguiente con el documento que obligaba a Julian a devolverme lo que era mío. Conduje por una carretera que bordeaba las montañas, una ruta sinuosa y peligrosa bajo la lluvia torrencial. El parabrisas apenas daba abasto con el agua que caía. De repente, una luz cegadora apareció en mi espejo retrovisor. Una camioneta negra, de cristales tintados, se pegó a mi parachoques trasero.
—¿Qué estás haciendo? —grité al vacío, acelerando un poco para ganar distancia.
La camioneta me golpeó. El impacto hizo que mi cabeza chocara contra la ventana lateral, aturdiéndome por un segundo. El pánico se apoderó de mí. No era un accidente; me estaban cazando. Julián no quería un divorcio complicado, no quería una disputa por las tierras ni un heredero que no fuera de Sofía. Él quería que yo desapareciera definitivamente.
Llegué a una pendiente pronunciada, una curva cerrada que daba directamente hacia el acantilado que caía sobre las rocas puntiagudas del abismo. Pisé el freno con desesperación.
El pedal se hundió hasta el fondo. No hubo resistencia. No hubo chirrido de neumáticos.
—No... no, no, no... —pisé el freno una y otra vez, con una fuerza frenética. Nada.
"Los frenos habían sido cortados", pense. En ese momento lo entendí todo: Julián me había echado de casa a esa hora, bajo esa tormenta, sabiendo que yo tomaría esa ruta y que mi auto era una trampa mortal sobre ruedas.
La camioneta negra me dio un último golpe lateral, empujándome fuera del asfalto. El mundo empezó a girar. El sonido del metal retorciéndose y el cristal estallando llenaron mis oídos. Sentí el vacío en el estómago mientras el auto caía por el barranco.
"Mi bebé", fue mi último pensamiento consciente mientras el vehículo impactaba contra las rocas y el agua.
El frío líquido me envolvió. El olor a gasolina era penetrante. A través de la vista nublada por la sangre que bajaba de mi frente, vi la camioneta negra detenerse en el borde del camino arriba. Una figura bajó, observó el desastre durante unos segundos y luego volvió a subir para alejarse con calma.
El auto empezó a sumergirse. El agua llegaba a mis rodillas, luego a mi pecho. El cinturón de seguridad estaba atascado. Forcejeé, pero mis fuerzas se agotaban. Justo cuando el agua cubrió mi rostro y el silencio de la muerte empezó a reclamarme, una mano rompió el cristal de la ventana lateral.
Una figura oscura de un hombre que no logre reconocer me sacó del asiento antes de que el auto se hundiera por completo en las profundidades del lago. No era Julián. No era la policía.
—Resiste, Elena —escuché una voz profunda y desconocida antes de perder el conocimiento—. Tu venganza apenas comienza.
Estuve inconsciente por varias semanas, cuando desperté de aquel coma inducido el mundo que habia concocido antes habia desaparecido y ahora solo quedaba una mujer desprovista de alma, una mujer a la que le habian arrebatado lo que mas amaba en su vida: su hijo no nacido.