La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 19: El consejo de guerra y la primera noche de entrega
El gran salón del trono del Norte había despojado sus estandartes invernales para convertirse en el epicentro táctico de una alianza sin precedentes. Largas mesas de roble, cubiertas con mapas topográficos de las cordilleras y repletas de figuras de plomo que representaban a los batallones, ocupaban el centro del espacio. Las antorchas de los muros proyectaban sombras alargadas sobre los rostros cansados de los sargentos, capitanes y rastreadores de la guarnición, quienes murmuraban entre dientes ante los acontecimientos de las últimas horas.
La atmósfera de expectación alcanzó su punto álgido cuando las pesadas puertas se abrieron.
El hasta entonces misterioso "capitán" avanzó hacia la cabecera de la mesa de mapas. Ya no vestía el uniforme tosco y desgastado de la infantería imperial, sino una túnica de gala oscura con los bordados de plata y el emblema del Halcón de dos cabezas que reclamaba su linaje. Caminaba con una dignidad regia incuestionable, recuperando su corona formalmente ante los ojos de toda la guarnición del Norte. A su lado, su hermana mayor, la estratega, y el príncipe Alexander, flanqueaban su paso con solemnidad.
Theo Valerius aguardaba de pie en el extremo opuesto, con los brazos cruzados sobre su coraza. El General de Hierro mantuvo el silencio, evaluando el despliegue del monarca extranjero.
El Rey exiliado no vaciló. Apoyó las manos sobre el mapa perimetral y, con una voz clara que dominó el salón al instante, comenzó a desmenuzar las posiciones del enemigo. Diseñó un plan de batalla conjunto de una audacia brillante: propuso utilizar a sus propias unidades de vanguardia como cebo en las gargantas de la montaña para canalizar a la facción usurpadora hacia un embudo natural, permitiendo que la caballería pesada de Theo cayera desde las crestas superiores para destrozar el núcleo del ejército invasor. Su lectura de los tiempos, la precisión con la que anticipaba los movimientos místicos del enemigo y su disposición a sangrar en la primera línea junto a los soldados del Imperio terminaron por quebrar la desconfianza del Norte.
Theo asintió lentamente, un gesto de respeto definitivo que selló la alianza militar en mitad del consejo de guerra. El "capitán" que tanto había odiado demostraba ser un soberano digno del acero de la casa Valerius.
Al caer la medianoche, tras disolverse la reunión y con la inminencia de la batalla programada para el amanecer, la agobiante tensión militar del castillo dio paso a una entrega absoluta y desesperada. El miedo a la pérdida y la certeza de que muchos no verían el próximo crepúsculo empujaron los sentimientos contenidos más allá del punto de no retorno.
En la penumbra de la biblioteca privada, donde las velas se consumían sobre los mapas descartados, Theo Valerius se encontraba a solas con la estratega. La tormenta de nieve rugía con fuerza tras los vitrales, pero el interior ardía.
La mujer examinaba un informe de suministros de última hora cuando Theo se acercó por la espalda. Su imponente figura ensombreció el papel. Al girarse, ella chocó directamente contra el pecho del general. Theo la miró fijamente, con sus ojos gélidos despojados de cualquier rastro de distancia o protocolo militar.
Finalmente, el General de Hierro rompió su coraza.
—Si no regreso de esas montañas... —empezó a decir Theo, su voz grave rompiéndose por primera vez.
Ella no lo dejó terminar. Le puso una mano en el pecho, pero Theo, impulsado por una posesividad salvaje y territorial que se había guardado durante semanas, la tomó por las muñecas con una firmeza que la dejó sin aliento y la atrajo hacia sí con brusquedad. Sus labios se encontraron en un beso definitivo, cargado de una pasión hambrienta y contenida. Theo la acorraló contra las estanterías de madera, hundiéndose en su boca con una ferocidad que reclamaba su mente, su astucia y su cuerpo, sellando una rendición mutua en la que la estratega se aferró a sus hombros, respondiendo con la misma intensidad desesperada bajo las sombras de la biblioteca.
Al mismo tiempo, en el ala residencial del castillo, el ambiente en los aposentos de Lucero era de una devoción silenciosa y profunda.
El Rey extranjero, despojado de su capa de mando, pasaba las últimas horas de la noche abrazando a la joven de veinticuatro años junto al fuego de la chimenea. Las manos de Lucero acariciaban los hombros del monarca, conscientes de que el hombre que amaba arriesgaría la vida en unas pocas horas en el frente de batalla.
El soberano le tomó el rostro con una ternura noble, obligándola a sostenerle la mirada oscura en mitad de la penumbra de la habitación.
—Escúchame bien, mi joya del Norte —le prometió el Rey, su voz firme vibrando con un afecto que le erizó la piel a Lucero—. He recuperado mi corona ante tus hombres, pero no tiene ningún valor si no estás tú para compartirla. Te juro, por la sangre de mis ancestros y por el acero que empuñaré al amanecer, que regresaré vivo de esa tormenta. Volveré a este castillo, aplastaremos a los usurpadores y te llevaré conmigo al sur para hacerte mi reina legítima ante los ojos de todo mi pueblo.
Lucero asintió, las lágrimas contenidas brillando en sus ojos oscuros mientras lo atraía hacia la cama para fundirse en una entrega total, ajenos al mundo exterior, consumiendo las últimas horas de paz antes de que los tambores de guerra despertaran al invierno del Norte.