El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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Si te arrepientes mañana, me voy.
San Lorenzo de El Escorial. Media noche.Casa de piedra, biblioteca con chimenea.
La lluvia golpea los ventanales. La leña chisporrotea. Y entre esas dos guerras, nace otra.
Elena no dice sí. No hace falta. Le quita la chaqueta empapada a Dragan y la deja caer al suelo.
Él la mira, conteniendo una obsesión y por fin le tiemblan las manos.
“Lepa … una vez más: si te arrepientes mañana, me voy. Sin guerra. Sin…”
Elena le pone dos dedos en los labios. Los mismos dedos que firmaron la sentencia del Ruso. Los mismos que tocaron su cicatriz.
“Cállate, serbio”, susurra. “Ya me arrepentí siete años. Hoy no”.
Le desabrocha la camisa. Botón a botón. Descubre cicatrices viejas, tinta serbia que cuenta guerras. Él hace lo mismo con su jersey. Despacio. Como si desarmara una bomba que lleva un mes esperando explotar.
La cicatriz de bala queda al aire. Rosa. Nueva. Dragan se arrodilla. Sin poder evitarlo. Apoya la frente ahí, justo sobre la marca que casi se la lleva. Y murmura algo en serbio. Una oración. Un juramento. Un perdón por llegar tarde.
Elena le entierra las manos en el pelo. Húmedo de lluvia.
-No reces, Dragan. Bésame-.
Y la besa. En la cicatriz primero. Luego sube. Lentamente. Con la reverencia de quien pisa tierra sagrada después de años en el infierno.
La alza. Ella le rodea la cintura con las piernas. Pesa menos que la culpa, más que todo su pasado. Cruzan la biblioteca. Tiran libros, tiran miedo, tiran el pasado al olvido.
Las sábanas de seda están frías. Sus cuerpos no.
Se miran. Desnudos. Sin trajes, sin armas, sin apellidos. Solo Elena y Dragan. Solo la abogada y el hombre que esperó un mes para tocarla sin mentiras.
“Sin armas dijiste”, recuerda ella, sonriendo contra su boca.
“Esta es la única guerra donde voy desarmado”, contesta él, perdiéndose en su pelo. “Y la única que quiero perder”.
Se entregan. No hay prisa. No hay fantasmas. Solo dos supervivientes aprendiendo que después de arder, también se puede sanar.
La chimenea se consume. La tormenta afuera se calma. Y en esa casa de piedra, por primera vez, Elena Duarte duerme sin soñar con traiciones.
Porque el serbio cumple. En la cama y en la guerra.
Amanecer.
Dragan despierta primero. La ve. Desnuda entre sábanas de seda, el pelo negro regado en la almohada, la cicatriz tranquila.
Le aparta un mechón de la cara. Ella ronronea dormida y se aprieta más a él. Sin miedo. Sin dudas.
Dragan sonríe contra su sien. “Moja lepa”, murmura. Mía.
Afuera, sus hombres siguen vigilando.
En Madrid, Marco sigue bebiendo.
Y en San Lorenzo, La dama por fin encontró un lugar donde es feliz.
*Marco perdió siete años. Dragan ganó una noche. Y Elena… Elena ganó un nuevo comienzo.*
La abogada se entregó. El serbio la cuidó. Y Madrid tiene un nuevo secreto entre sábanas de seda.
La lluvia se fue. Queda olor a tierra mojada y a leña apagada. Y en esa casa de piedra, por primera vez en años, no suena un teléfono. No suena un disparo. Solo respira Elena.
Dragan sigue despierto, velando el sueño de alguien sin tener que matar por ello. Le traza la cicatriz con el pulgar. Ya no es una herida. Es un mapa que lleva a ella.
Elena abre los ojos. Lo pilla mirándola. No se tapa. No huye.
-Buenos días, Dragan-, murmura ronca.
“¿No dormiste?”
“Dormir es para hombres que no tienen miedo de perder lo que aman”. Le besa el hombro desnudo. “Y yo tengo 30 días de miedo atrasado”.
Elena se pone su camisa. Le queda enorme. Le llega a medio muslo. Dragan lleva solo pantalón, descalzo, haciendo café como si llevara años viviendo ahí.
-¿Desde cuándo sabes usar una cafetera española?-, pregunta ella, sentándose en la encimera.
-Desde que mi abogada favorita se mudó a la sierra y decidí que el rakija no pega con tostadas-.
Le pasa una taza. Negro. Sin azúcar. Como a ella le gusta. Como aprendió en siete días espiándola.
Desayunan en silencio. Mermelada, pan de pueblo, mirada contra mirada. Sin prisa. Sin pasado.
“Hoy no hay juzgados”, dice Elena.
“Hoy no hay Belgrado”, contesta Dragan. “Hoy solo hay El Escorial. Enséñame por qué elegiste perderte aquí”.
-Nos cambiamos y te muestro el lugar- le dice Elena.
Monasterio de El Escorial.
Caminan entre piedra y historia. Él de negro. Ella con vestido de lino y su camisa atada a la cintura. Sus hombres lejos, discretos. Por una vez, no hacen falta.
“Felipe II lo construyó para hablar con Dios”, le cuenta ella, tocando los muros.
“Yo compré mi casa para dejar de hablar con el diablo”.
Dragan la escucha. De verdad. No como Marco, que asentía mientras planeaba mentiras. Este serbio memoriza cada palabra.
-Y yo vine a Madrid por negocios-. dice, tomándole la mano frente a la Basílica.
-Y me quedé por una abogada que me quema mejor que cualquier incendiaria de Belgrado-
Elena se ríe. Risa real. Le sale del estómago. No recuerda la última vez.
Bosque de La Herrería.
Se pierden entre pinos. Él le cuenta de su hermano. Sin detalles de sangre. Solo del nombre: Dušan . Y de cómo Belgrado huele a pérdida desde 2017.
Ella le cuenta de Marco. Sin lágrimas. Solo con asco. “Siete años creyendo que era su reina. Era solo su coartada”.
Dragan se detiene. Le agarra la cara.
-Tú no eres coartada de nadie, lepa. Eres el puto reino entero-.
Y la besa. Contra un pino centenario. Sin cámaras. Sin revistas. Solo para ellos.
Vuelta a casa. Chimenea otra vez.
Cenan vino y queso. Pies descalzos, piernas entrelazadas en el sofá. Elena lee en voz alta. Crimen y Castigo. Él escucha, cerrando los ojos.
“¿En qué piensas?”, pregunta ella.
“En que Raskólnikov era idiota”, contesta. “Yo no necesito matar para expiar. Solo necesitaba encontrarte”.
Elena deja el libro. Se sube a horcajadas sobre él. Le rodea el cuello.
“¿Y ahora qué, Vuković? ¿Belgrado? ¿Madrid? ¿Qué somos?”
Dragan le aparta el pelo. Le mira la cicatriz, luego los ojos.
-Ahora somos esto. Una casa en la sierra. Un mes de verdad por cada año de mentira que te dieron. Y mañana y pasado solo somos nosotros dos. Solos con café-.
La vuelve a besar. Lento. Agradecido. Como quien ha cruzado el infierno y por fin encuentra agua.
Cama. Sábanas de seda. Segunda noche.
No hay urgencia. No hay fantasmas. Solo dos cuerpos que por fin descansan en la misma guerra.
Elena se duerme con la cabeza en su pecho. Escuchando ese corazón serbio que late por ella sin deberle nada a nadie.
Dragan mira al techo. Y por primera vez, no planea venganzas. Planea desayunos.
Afuera, Madrid olvida.
En Maldivas, Marco se sirve otra copa solo.
Y en San Lorenzo, La Loba y el Serbio inauguran la paz.
Pero Madrid es pequeña y Belgrado tiene memoria. La paz es prestada.