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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 19: La vida después del tiempo

El quirófano amaneció —si es que se podía hablar de amanecer en un lugar sin ventanas— con una luz distinta. No era la luz turbia de antes, ni el resplandor naranja de las grietas. Era una luz suave, pareja, como la de un atardecer de primavera en cualquier lugar del mundo. Las siete mujeres estaban despiertas, pero ninguna se había movido. Todas parecían saborear el silencio.

—Nunca imaginé que el tiempo pudiera sentirse así —dijo Marta, estirando los brazos como quien despierta de una larga siesta—. En paz.

—El tiempo siempre estuvo en paz —respondió Nora, con sus ojos dorados ahora más tenues, casi normales—. Nosotras éramos las que no lo estábamos.

Valentina se incorporó. Su cuerpo no le dolía. Por primera vez en meses —quizás en años— no sentía ese peso en el pecho que la acompañaba desde la infancia. El presentimiento de su abuela, esa angustia difusa que Lucía le había heredado sin querer, había desaparecido.

—Abuela —dijo, mirando a Lucía—. ¿Te vas a quedar con nosotras?

Lucía sonrió. Estaba sentada en una silla rota, con las manos apoyadas en las rodillas, igual que cuando la esperaba en el departamento de Buenos Aires.

—No puedo, nena —dijo con dulzura—. Yo ya cumplí mi ciclo. El tiempo me reclama. Cuando salga de este quirófano, voy a volver a ser una vieja de ochenta años, recién muerta. Y me voy a quedar muerta.

—Pero te acabamos de rescatar —dijo Valentina con la voz quebrada.

—Me rescataron de estar desplazada. No de estar muerta. Son dos cosas distintas. Estar desplazada es una condena. Estar muerta es... natural. Todos vamos para allá, nena. Hasta vos, aunque ahora te parezca imposible.

—No quiero que te vayas —susurró Valentina.

—Y yo no quiero irme —respondió Lucía—. Pero el tiempo no pregunta lo que queremos. El tiempo sólo es. Y yo ya fui. Fui tu abuela, fui tu amiga, fui tu ancla. Ahora tengo que ser recuerdo.

La piloto, que observaba la escena desde una esquina, dejó escapar un suspiro.

—Es duro —dijo—. Pero tiene razón. Nosotras también vamos a tener que volver a nuestras épocas. No podemos quedarnos en el quirófano para siempre.

—¿Por qué no? —preguntó Marta, que apenas había empezado a vivir después de cien años—. Este lugar no pertenece a ninguna época. Podríamos quedarnos todas.

—Porque no estaríamos viviendo —dijo Elena—. Estaríamos escondiéndonos. Otra vez. Yo pasé siglos escondida en una habitación blanca. No le deseo eso a nadie.

Clara enfermera se puso de pie. Caminó hasta el centro del quirófano y levantó la bombilla de alpaca, que seguía en el piso, fría y opaca.

—¿Y esto? —preguntó—. ¿Ya no sirve para nada?

—Sirve —dijo Nora—. Como recuerdo. Como símbolo. Pero ya no es una llave. Las grietas están cerradas. El tiempo está sano. No hace falta llave.

Valentina tomó la bombilla de manos de Clara. La acarició con los dedos. El metal ya no vibraba ni calentaba. Era sólo un objeto común, de esos que se compran en cualquier feria.

—Me la voy a quedar —dijo—. Para acordarme.

—De eso se trata —dijo Lucía—. De acordarse. Porque si nos olvidamos, las grietas pueden volver a abrirse. El tiempo no es malo, pero es olvidadizo. Necesita que alguien lo recuerde.

—¿Quién va a ser ese alguien? —preguntó la piloto.

—Todas nosotras —dijo Nora—. Cada una en su época. Recordando lo que pasó. Recordando que el tiempo duele, pero también sana. Recordando que no estamos solas aunque parezca que sí.

El silencio se instaló otra vez, pero no era incómodo. Era un silencio de despedida, de esas que duelen pero son necesarias.

—¿Cuándo tenemos que irnos? —preguntó Marta.

—Ahora —dijo Lucía—. Cuanto antes, menos duelen las despedidas. Aunque nunca duelan poco.

Las siete se reunieron en el centro del quirófano. Se miraron. Se reconocieron. No eran iguales, pero eran la misma. Una cadena de mujeres rotas que habían aprendido a soldarse entre sí.

—Yo voy a volver a mi departamento —dijo Valentina—. Voy a terminar mi tesis, voy a visitar la tumba de mi abuela, voy a tomar mate sola aunque me dé tristeza.

—Yo voy a volver a Madrid —dijo Clara enfermera—. A mi piso, a mis plantas, a mi gato. A vivir, por fin.

—Yo voy a volver a Londres —dijo la piloto—. A buscar la tumba de esa enfermera alemana. A pedirle perdón en persona, aunque ya no esté.

—Yo voy a volver a 1952 —dijo Nora—. A mi casa, a mis libros, a mis velas. A escribir todo lo que vi en el entre. Para que quede registro.

—Yo voy a volver a 1916 —dijo Elena, y su voz tembló—. Al momento justo después de que Jean muriera. Pero esta vez no me voy a quedar. Esta vez voy a seguir adelante.

—Yo voy a volver a 1923 —dijo Marta—. Al sanatorio. Pero no para quedarme dormida. Para despertar a todas las mujeres que siguen sedadas. Las que no tienen nuestros ojos, pero tienen nuestro dolor. Tal vez pueda ayudar.

—Yo —dijo Lucía, y todas se callaron— voy a volver a mi muerte. Porque es lo que toca. Pero antes, quiero que sepan una cosa: las quiero. A todas. Las quiero como si las hubiera parido una por una. Y voy a estar con ustedes siempre, en el recuerdo. Eso no se rompe nunca.

Se abrazaron. No fue un abrazo ordenado, de a pares. Fue un abrazo colectivo, enredado, con brazos que se cruzaban y cabezas que se apoyaban en hombros equivocados. Lloraron. rieron. Se prometieron cosas que nunca iban a poder cumplir.

Y después, una por una, empezaron a irse.

Marta fue la primera. Caminó hacia la puerta del quirófano —la misma puerta negra que una vez las había atrapado— y la atravesó sin mirar atrás. Desapareció en una luz suave.

Después Nora. Después Clara. Después la piloto. Después Elena.

Lucía fue la penúltima. Besó a Valentina en la frente, como hacía cuando ella era chica y tenía pesadillas.

—Sos mi orgullo, nena —dijo—. No te olvides.

—No te olvido —respondió Valentina.

Y Lucía se fue.

Valentina se quedó sola en el quirófano. El lugar ahora estaba vacío, sin el mapa, sin la bombilla, sin el espejo. Sólo paredes blancas y una puerta negra que llevaba a cualquier parte.

Caminó hacia la puerta. Antes de atravesarla, sacó la bombilla de su bolsillo. La miró un largo rato. Después la apoyó en el piso, en el centro exacto donde habían estado las siete abrazadas.

—Para el que venga después —dijo en voz alta—. Para que sepa que alguien pasó por acá.

Y atravesó la puerta.

El salto fue suave, como bajar unas escaleras en penumbra. Cuando abrió los ojos, estaba en su departamento de Buenos Aires. El mate había desaparecido, pero la mesa seguía ahí. La ventana daba a Corrientes, y el kiosco de Rubén estaba abierto. Un colectivo Línea 60 —el mismo que había visto el primer día, el que no debía existir— dobló en la esquina.

Valentina sonrió. Tal vez algunas grietas nunca se cerraban del todo. Tal vez algunas eran necesarias.

Se sentó en su sillón. No había mate, pero había una taza con té. Lo preparó sin apuro. Miró por la ventana.

El tiempo, por fin, estaba en paz.

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