Laura lo tenía todo: un esposo millonario, una carrera exitosa, y el amor de sus hijos. Pero el pasado no perdona. Y el suyo está a punto de volver para cobrarse el precio.
Un viaje soñado a Colombia se convierte en la peor de las pesadillas. Los Zetas los secuestran. Andrés, su hijo de cuatro años, es arrancado de sus brazos. Y Valeria, la ex esposa de Alfred, ha vuelto de la cárcel con una sola misión: hacerle pagar cada minuto que pasó encerrada.
En medio de la selva, sin armas, sin aliados y sin esperanza, Laura deberá tomar el mando. No es una heroína. Nunca quiso serlo. Pero cuando se trata de proteger a los suyos, no hay línea que no esté dispuesta a cruzar.
"El precio de tu amor 2: El regreso" — una novela de acción, romance y supervivencia. La espera terminó. La venganza comenzó.
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Capítulo 18: El Regreso.
Capítulo 18: El Regreso"
El avión llegó al atardecer. Laura lo vio aterrizar en la pista improvisada, que la policía había habilitado para la ocasión. Era una nave de hélice pequeña, con las siglas de una fundación humanitaria.
—¿Ahí nos vamos? —preguntó Patricia, con los ojos muy abiertos.
—Ahí nos vamos —respondió Laura.
—¿A Estados Unidos?
—Directo.
Patricia sonrió. Era la primera vez que Laura la veía sonreír. Caminaron hacia la escalerilla. Laura llevaba a Andrés en brazos. Alfred iba a su lado de la mano de Sofía. Daniela, Patricia y Roberto detrás.
—¿Listo? —preguntó Laura a su esposo.
—Listo.
—¿Tienes miedo?
—De volver a casa, no. De lo que viene después, sí.
—Va a estar bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no va a pasar nada.
Alfred quiso creerle. Despegaron. Abajo, la selva se hizo pequeña. Primero fue un manto verde, luego una mancha, luego un punto.
—¿Mami? —dijo Andrés, despertándose.
—Dime, mi amor.
—¿Ya nos vamos?
—Sí, ya nos vamos.
—¿A casa?
—A casa.
—¿Abuela Andrea nos espera?
—Sí. Y también nos espera la abuela Margaret.
El niño sonrió y volvió a cerrar los ojos. Laura lo abrazó fuerte. Nunca más iba a dejarlo ir. El vuelo duró dos horas.
Laura no durmió. Se quedó despierta, mirando por la ventana, viendo cómo las nubes pasaban lentas. Alfred estaba a su lado, con la cabeza apoyada en el respaldo. Sofía dormitaba detrás, en el asiento del pasillo.
—¿Pensando? —preguntó.
—En todo.
—¿En qué, por ejemplo?
—En lo que voy a hacer cuando lleguemos.
—¿Por ejemplo?
—Llorar. Abrazar a mami y a mi suegra. A tratar de que mis hijos superen rápido este trauma, y a dormir en mi cama a la que extraño como nunca.
—Suena bien.
—Sí, pero no va a ser fácil, para que los niños borren todo lo que hemos vivido.
—Imagínate, nosotros no teníamos la menor idea, de que esto pudiera sucedernos.
—Eso es verdad, pero también es cierto que teníamos información, sobre la situación del país y si lo hubiésemos pensando mejor, esto nunca hubiera pasado.
Alfred tomó su mano.
—No podemos cambiar el pasado. Solo el futuro.
—Lo sé. Pero a veces el pasado vuelve, y Valeria es la prueba viviente de lo que digo.
—Tienes razón. A esa bandida le debemos todo lo que hemos sufrido.
—Ella y la mafia rusa trataron de aplastarnos, y de quitarnos a Sofía. Pero no contaban con el rechazo que la niña le hizo a su madre, desde que descubrió que era una bandida y una tramposa.
Aterrizaron en Estados Unidos de noche. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos. Laura sintió un nudo en la garganta.
—Llegamos —dijo.
—Llegamos —repitió Alfred.
Bajaron del avión. En la pista, los esperaba Margaret.
— ¡Alfred! ¡Sofía! —gritó, corriendo hacia ellos.
Se abrazaron. Laura se quedó atrás, con Andrés en brazos.
—Gracias —dijo Margaret, cuando se acercó.
—Soy yo la que te debe agradecerte, por cuidar a mi hijo y a mis nietos.
—Lo haría siempre.
—Lo sé. Por eso dentro de la incertidumbre, siempre tuve un poco de tranquilidad.
En la casa, Andrea los esperaba en la puerta.
— ¡Abuela! —gritó Sofía, y salió corriendo para abrazarla. Andrés hizo lo mismo.
Se abrazaron. Laura sintió el cuerpo de madre temblar de alegría, a pesar de su enfermedad.
—Abuela como te extrañé —dijo Sofía llorando.
—No llores que tu eres muy valiente, y ahora los va a cuidar para que nadie pueda tocar a mis nietos.
—Abuela Valeria estaba con esos bandidos, y me propuso abandonar a Laura y a mi padre, para que me quedara con ellos. ¡Pero le dije que mi madre era Laura, y yo no iba a traicionar! Además que ya no podía confiar en ella.
—Hiciste muy bien mi niña—Dijo Andrea besándola en la frente.
Alfred las abrazó a las dos. Laura los observaba con lágrimas en los ojos.
Andrés que ya estaba despierto, miraba la escena sin entender.
— ¿Mami está llorando? —preguntó.
—Sí, mi amor. Mami llora de felicidad—Respondió Margaret, con un nudo en la garganta.
— ¿Y yo puedo llorar también?
—Claro que puedes.
Y lloraron todos juntos, abrazados en la puerta de su casa. El avión los trajo de vuelta. La selva quedó atrás y los Zetas también. Pero las marcas que dejaron en todos ellos no se borran fácilmente.
Una vez más Laura comprobó que el amor no es solo sentir. Es también proteger. Por eso juró entre lágrimas y abrazos, que siempre iba a proteger a su familia, aunque le costara la vida.