Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 1
—Azalea Huda, yo te repudio con el primer talaq. A partir de este momento, ya no eres mi esposa.
La voz de Rodrigo retumbó en la sala, aún impregnada del olor a alcanfor y a las flores de jazmín de las coronas fúnebres. La frase brotó de sus labios sin pausa ni vacilación, como un rayo que partiera en dos el cielo encapotado en pleno día.
Azalea, arrodillada sobre la delgada alfombra de oración, todavía envuelta en la mukena —el velo blanco de oración— que llevaba puesta desde el amanecer porque no había dejado de rezar por el alma de su difunta suegra, se estremeció violentamente. El tasbih que apretaba entre los dedos resbaló de su mano. Las cuentas se desparramaron por el suelo y rodaron con lentitud, como los últimos restos de su dignidad recién destrozada. Alzó la mirada despacio.
Frente a ella, Rodrigo permanecía erguido. El rostro rígido. La mirada gélida. Sin duelo, sin amargura, sin arrepentimiento. El hombre que una vez le había tomado la mano temblando durante los votos matrimoniales parecía ahora un completo extraño.
La habitación enmudeció de golpe. Los asistentes al duelo, que hasta hacía un momento recitaban la oración por los difuntos, se miraron unos a otros. Los murmullos empezaron a correr, tenues pero lacerantes.
—Rodrigo, ¿qué demonios estás haciendo? —lo increpó Don Rafael, que desde temprano ayudaba a atender a los visitantes.
—No pronuncies un talaq a la ligera —intervino Osmán, el imam respetado por toda la comunidad. Sus ojos clavaron a Rodrigo con dureza.
Sin embargo, Rodrigo apenas aspiró un breve suspiro. —Me divorcio de Azalea porque tengo motivos.
Su tono era sereno. Demasiado sereno para una crueldad semejante.
Todas las miradas convergieron en él. Azalea sintió decenas de ojos clavársele en la espalda. Durante tres años la habían conocido como una esposa obediente, una nuera paciente. Fue ella quien bañó a Rosalía cuando la parálisis fue total. Fue ella quien le cambió los pañales a la anciana. Fue ella quien contuvo las arcadas al limpiar las heridas. Fue ella quien jamás se quejó aunque la espalda le doliera por cargar sola aquel cuerpo ajado. Y ahora, en el séptimo día tras la muerte de su suegra, recibía el repudio.
—Dinos, ¿qué razón tienes para divorciarte de Lea? —preguntó Doña Carmen con la voz entrecortada por la rabia contenida.
Rodrigo lanzó una mirada fugaz hacia Azalea y respondió con frialdad: —Azalea es estéril. Llevamos tres años casados y no ha quedado embarazada.
La frase cayó como una piedra enorme sobre el pecho de Azalea. Palideció. Los labios le temblaron.
—¿Cómo iba a quedar embarazada tan pronto? —La voz de Azalea fue apenas un hilo, pero se escuchó con nitidez—. Durante tres años hemos vivido separados. Usted se quedaba en la ciudad, casi nunca volvía. Mientras tanto, yo aquí, cuidando a su madre.
Las lágrimas de aquella mujer hermosa rodaron sin que pudiera contenerlas. Azalea no estaba defendiéndose: simplemente exponía los hechos.
Los cuchicheos arreciaron.
—Seguro que a Lea solo la utilizaron...
—Pobre Lea...
Rodrigo resopló. —Excusas son excusas. El hecho es que no me has dado un hijo.
—¡No tienes vergüenza, Rodrigo! —Doña Carmen no pudo seguir conteniéndose—. ¡Te casaste con Lea solo para que cuidara a tu madre enferma! ¿Y ahora que tu madre murió la desechas así?
Osmán negó con la cabeza. —Que una mujer no haya concebido no significa que sea estéril. Eso es asunto de Dios. ¿Acaso fueron al médico? ¿Cumpliste tú como esposo con tus obligaciones?
La expresión de Rodrigo no se alteró en lo más mínimo.
Azalea observó a aquel hombre. Tiempo atrás se había enamorado de su sencillez. De sus modestas promesas sobre un hogar en paz. De la forma en que le tomaba la mano bajo el paraguas durante la primera lluvia después de la boda. Ahora todo aquello se sentía como un sueño que en realidad nunca existió.
—¿Por qué me acusa de estéril sin un examen médico? —insistió Azalea, la voz cada vez más quebrada.
—No hace falta ningún examen. Es tirar el dinero —replicó Rodrigo con aspereza—. ¿Acaso crees que el dinero se consigue fácil? Tú, que solo te quedas en la casa, no sabes lo que cuesta ganarse la vida.
Esa frase dolió más que el propio repudio.
¿Quedarse en la casa?
Azalea quiso reírse, pero lo único que escapó de su garganta fue un sollozo ahogado. Era ella quien se levantaba antes del alba para preparar el desayuno de una suegra que no podía incorporarse sola. Era ella quien cargaba aquel cuerpo marchito hasta el baño. Era ella quien luchaba contra el sueño en las madrugadas para cambiar el suero o limpiar los vómitos.
—¡Astaghfirullah! —Doña Carmen se llevó la mano al pecho—. ¡Es obligación del marido proveer el sustento! ¡Una esposa no es una carga!
—No creas que tu esposa es un obstáculo para tu sustento —añadió Osmán con firmeza—. Puede que toda la facilidad que has tenido se deba a las plegarias de ella.
Pero Rodrigo se mantuvo inflexible. —El talaq ya fue pronunciado. No voy a retractarme.
Aquella frase era definitiva.
Azalea cerró los ojos un instante. El pecho le oprimía como si el aire ya no alcanzara para respirar.
Tres años de entrega terminaban en una sola oración.
Azalea recordó las noches en que esperaba el regreso de Rodrigo solo para escucharlo decir que estaba agotado y verlo dormirse sin una palabra. Recordó cómo reprimió la añoranza, cómo reprimió el deseo de ser esposa en plenitud, porque el estado de la suegra no permitía que vivieran juntos.
Recordó cuando Rodrigo le dijo: —Ten paciencia, Lea. Mi madre te necesita más ahora.
Y ella obedeció.
—Está bien —habló al fin Azalea. Por extraño que pareciera, su voz sonó más calmada de lo que sentía—. Acepto su repudio.
La sala volvió a enmudecer. Todos contuvieron el aliento, compartiendo el dolor que le atravesaba el pecho.
—Pero recuerde —prosiguió Azalea, clavando sus ojos en los de Rodrigo— que Dios no duerme. Todo lo que usted me hizo tendrá su respuesta. Lo mismo que todo lo que yo hice por su madre durante tres años.
Las manos le temblaron al secarse las lágrimas. Aun así, se obligó a ponerse de pie. Por primera vez desde que todo había empezado, su espalda se irguió recta.
—Puesto que fue usted quien solicitó el divorcio, encárguese usted de los trámites ante la oficina de asuntos religiosos —dijo Azalea con firmeza—. Permítame abandonar esta casa durante el periodo de iddah —la espera obligatoria tras el divorcio.
—Vete a donde quieras —respondió Rodrigo sin el menor peso en la voz—. Yo también voy a vender esta casa.
Azalea se quedó inmóvil.
Esta casa. La casa donde aprendió a ser esposa. La casa donde lloró a escondidas en la cocina. La casa donde abrazó el cuerpo de una suegra que ya no podía hablar, que solo la miraba con los ojos vidriosos como si le dijera gracias.
Esa casa ahora iba a venderse. Igual que ella misma, que ya no tenía valor alguno a los ojos de su exmarido.
Sin añadir una palabra más, Azalea caminó hasta el dormitorio. Se quitó la mukena despacio. Sus dedos rozaron la cama que alguna vez compartieron, aunque el lado del marido estuvo vacío casi siempre. Tomó una maleta pequeña. No contenía mucho: unas cuantas prendas de ropa, un ejemplar del Corán y una vieja fotografía de su boda.
En la foto, Rodrigo sonreía con calidez. Azalea la contempló largamente. Luego, con la mano temblorosa, la deslizó dentro del cajón. No tuvo fuerzas para llevarla consigo.
Cuando Azalea regresó a la sala con la maleta en la mano, las mujeres la abrazaron una por una. El llanto estalló.
—Ten ánimo, hija.
—Sabemos que hiciste todo lo que pudiste.
—Eres una mujer fuerte.
Doña Carmen fue la que más tiempo la estrechó entre sus brazos. —Te vas a arrepentir el resto de tu vida, Rodrigo —proclamó en voz alta, fulminando al hombre con la mirada—. Por divorciarte de una esposa tan leal.
—¡Amín! —corearon varias mujeres al unísono.
—¡Es asunto mío! —espetó Rodrigo—. ¡No se metan!
Azalea no volvió la cabeza. Cruzó el umbral de la puerta. El cielo de aquella tarde era gris plomizo. La brisa soplaba suave y agitaba la punta de su hiyab blanco. Cada paso pesaba como plomo. Sin embargo, sabía que si se detenía ahora, se desmoronaría. En el patio se detuvo un momento. Miró por última vez hacia atrás. Aquella casa guardaba recuerdos amargos y dulces. Pero ya todo había terminado.
En su interior, Azalea susurró en silencio: Ya Allah, si durante todo este tiempo me probaste por mi paciencia, fortaléceme ahora en mi partida.
Las lágrimas volvieron a caer. Con pasos vacilantes pero firmes, Azalea Huda se alejó de aquella casa sin saber a dónde iría, sin saber qué le depararía el mañana. Solo sabía una cosa: hoy había dejado de ser esposa. Y su vida acababa de ser destruida por una sola frase pronunciada sin amor.