"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 17: EL PELIGRO DENTRO
El verano llegó a Cresta Negra como un secreto a voces.
Los abetos negros soltaron sus piñas, el río Negro bajó su caudal hasta convertirse en un hilo de plata, y el cielo se tiñó de azules profundos que parecían mentira en un valle que había pasado décadas bajo la niebla. La cabaña de la montaña dejó de ser un refugio temporal para convertirse en un hogar.
Luna tomó la decisión una noche de junio, sentada en el porche, con los pies descalzos sobre la madera caliente y la carta de su madre doblada en el bolsillo.
—Me quedo —dijo, sin mirar a nadie.
Margaret, que tejía a su lado con una lana nueva —verde musgo, esta vez—, no levantó la vista.
—Lo sé.
—¿No vas a intentar convencerme de que no?
—No. Sería inútil. Y además —Margaret detuvo las agujas—, este es tu lugar. Siempre lo ha sido. Solo te ha llevado treinta años encontrarlo.
Luna sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero real.
—¿Y tú? ¿Te quedas?
—Ya no tengo a dónde ir —respondió Margaret—. Y creo que todavía me quedan unos años para ver cómo mi nieta se convierte en la mujer que siempre debió ser.
Se quedaron en silencio, mirando el valle. La noche caía despacio, tiñendo los árboles de morado y naranja.
—Abuela —dijo Luna al cabo de un rato—, ¿tú crees que soy feliz?
Margaret dejó las agujas. Miró a su nieta con sus ojos violetas cansados, pero brillantes.
—¿Tú qué crees?
—No lo sé. A veces siento que sí. Que estoy donde debo estar. Con quien debo estar. Pero otras veces... otras veces siento que falta algo.
—¿Qué?
Luna se llevó la mano al pecho. Donde antes estaba el nudo violeta. Ahora solo había un vacío.
—La niebla.
—La niebla no se fue, Luna. La prestaste. Es diferente.
—Pero no la siento. No como antes.
Margaret guardó silencio un momento.
—Cuando yo era joven —dijo al fin—, también sentía la niebla. No como tú. Más débil. Más lejana. Pero la sentía. Y cuando la perdí —cuando la Bruja Original me la arrancó—, pensé que me moriría. Que no podría vivir sin ella.
—¿Y qué pasó?
—Que pasé treinta años sin ella. Y descubrí que la niebla no me hacía quien era. Me hacía más fuerte, sí. Más rápida. Más peligrosa. Pero quien era yo... eso no dependía de la niebla. Dependía de lo que elegía hacer con mi vida.
Luna miró sus manos vacías.
—¿Y si yo elijo mal?
—Entonces aprenderás. Y volverás a elegir. Así funciona la vida, Luna. No hay decisiones perfectas. Solo decisiones.
El viento sopló. La noche se cerró sobre el valle.
Y en la distancia, muy lejos, algo brilló. No era el sol. No era la luna. Era otra cosa.
Un ojo verde.
Abierto.
Mirando.
---
Los tres reyes notaron el cambio en el valle antes que nadie.
Viktor lo sintió en la sangre. Una inquietud antigua, como si el suelo bajo sus pies recordara algo que él había olvidado.
Alec lo olió en el viento. Un olor metálico, como a hierro y a lluvia, pero más denso. Más primitivo.
Dante lo vio en los sueños de sus hombres. Pesadillas con raíces en lugar de manos, con bocas llenas de tierra, con ojos verdes brillando en la oscuridad.
Ninguno de los tres habló.
Pero una noche, los cuatro se reunieron en la cabaña sin haberse citado.
Viktor llegó primero, como siempre. Pero no traía pergaminos. Traía una piedra. Negra. Brillante. Con una runa grabada que no estaba en ninguno de sus libros.
—La encontré en el bosque —dijo, dejándola sobre la mesa—. Donde antes estaba la cascada.
—No es de los Antiguos —dijo Margaret, acercándose—. Es más vieja.
—¿Más vieja que los Antiguos? —preguntó Alec—. No hay nada más viejo que los Antiguos.
—Sí lo hay —respondió una voz desde la puerta.
Elara estaba en el umbral. La hermana de Alec, con su pelo cobrizo recogido en una trenza deshecha y sus ojos color miel brillando en la penumbra.
—Los Primeros —dijo—. Nos han hablado.
—¿Cuándo? —preguntó Alec, poniéndose en pie.
—Esta noche. Mientras corría. La niebla me rodeó y... me hablaron. No con palabras. Con imágenes. Vi una puerta. No la puerta de la cueva. Otra. Más pequeña. En algún lugar del bosque. Y vi a Luna sosteniendo una llave. La misma llave de hueso. Pero más oscura.
—Esa llave la destruí —dijo Luna—. Cuando entregué la niebla a los Antiguos.
—La llave no se destruye —dijo Viktor en voz baja—. Se transforma.
La piedra negra brilló sobre la mesa.
Y por un instante, Luna juró ver su reflejo en su superficie. Pero su reflejo no la miraba a ella. Miraba hacia otro lado. Hacia algo que había detrás.
—Los Primeros nos advirtieron —continuó Elara—. Dijeron que el mayor peligro no viene de fuera. Viene de dentro.
—¿Dentro de qué? —preguntó Dante.
—Dentro del corazón de la Heredera.
Todos los ojos se giraron hacia Luna.
Ella se quedó inmóvil, con la carta de su madre en el bolsillo y el vacío del nudo violeta en el pecho.
—¿Y si yo soy el peligro? —preguntó en voz baja.
—Entonces —dijo Margaret— nos enfrentaremos a él juntos. Como siempre.
Luna negó con la cabeza.
—No es tan sencillo, abuela. Los Primeros no hablan por hablar. Si dicen que el peligro está dentro de mí, es porque algo está cambiando. Algo que yo no controlo.
—¿La niebla? —preguntó Alec.
—No. Es algo más. Algo que no me pertenece.
La piedra negra se calentó.
Y de su interior, brotó una voz. No era la voz de los Primeros. No era la voz de los Antiguos. Era otra.
Eres más lista que yo, Heredera. Siempre lo fuiste. Por eso te elegí. Por eso te marqué. Por eso... te convertí en mi heredera.
Luna reconoció la voz.
Era la Bruja Original.
—No puede ser —susurró—. Murió. La vi deshacerse.
Murí. Sí. Pero no del todo. Dejé algo en ti, Luna. Algo que ni tú ni los Primeros ni los Antiguos podéis arrancar.
—¿Qué dejaste?
Mi semilla.
La piedra negra se resquebrajó.
Y del interior, una flor blanca. La misma flor que había crecido en el jardín donde murió la Bruja. La misma flor que Luna había cogido y guardado sin saber por qué.
Cuidaste de mí sin saberlo. Me regaste con tus lágrimas. Me alimentaste con tu dolor. Y ahora... ahora voy a crecer.
La flor se abrió.
Y dentro, había un ojo.
Verde.
Como los ojos que habían mirado a Luna desde el bosque.
—La Bruja Original no murió —dijo Margaret, y su voz era un hilo de horror—. Solo cambió de cuerpo.
—¿Qué cuerpo? —preguntó Dante.
Margaret señaló a Luna.
—El suyo.
Luna sintió cómo algo se retorcía en su interior. No en el pecho. Más abajo. En el vientre. Como una raíz. Como una semilla. Como algo que había estado durmiendo durante meses y que ahora, por fin, decidía despertar.
Cayó de rodillas.
—Luna —Alec fue el primero en alcanzarla—. ¿Qué sientes?
—Algo — jadeó—. Algo que se mueve. Algo que quiere salir.
Viktor se arrodilló frente a ella. Le tomó el pulso. Sus dedos fríos temblaban.
—Su corazón... late dos veces.
—¿Dos veces? —Dante frunció el ceño—. ¿Cómo dos veces?
—Dos ritmos. El de Luna. Y el de... otra cosa.
Margaret se acercó. Puso sus manos arrugadas sobre el vientre de Luna.
—No —susurró—. No puede ser.
—¿Qué, abuela? —preguntó Luna, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Qué hay dentro de mí?
Margaret levantó la mirada.
Y por primera vez en setenta años, Luna vio miedo en sus ojos. No el miedo a la Bruja Original o a los Antiguos o a los tres reyes.
Miedo a ella.
—Un nuevo pacto —dijo Margaret en voz baja—. La Bruja Original no quería ocupar tu lugar. Quería compartirlo. Contigo. Para siempre.
—¿Cómo se detiene? —preguntó Alec.
—No se detiene. Se acepta. O se muere.
El silencio fue absoluto.
Luna se puso en pie. Sus piernas temblaban, pero su voz no.
—No voy a aceptar nada. Y no voy a morir. Voy a encontrar una tercera opción. Como siempre.
—¿Y si no hay tercera opción? —preguntó Dante.
Luna lo miró. Sus ojos violetas brillaban con una intensidad que no tenía desde que entregó la niebla.
—Siempre la hay. Solo hay que buscarla.
Cogió la flor blanca de la piedra rota. La apretó en su puño. Y la flor... la flor se deshizo.
No en ceniza.
En luz.
Luz dorada que se filtró entre sus dedos y ascendió hacia el techo de la cabaña, disipándose en el aire como un suspiro.
—La semilla sigue ahí —dijo Margaret—. Pero la flor... la flor ha muerto.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elara.
Margaret sonrió. Era una sonrisa débil, pero esperanzada.
—Que Luna no está sola. Que algo dentro de ella ha decidido luchar. Contra la Bruja. O por ella. Falta ver.
Luna abrió la mano. En la palma, solo quedaba una cicatriz. Pequeña. Blanca. En forma de flor.
—Pase lo que pase —dijo—, no me rendiré. No después de todo lo que hemos conseguido.
Los tres reyes se miraron.
Y luego, uno a uno, asintieron.
Viktor fue el primero.
—Estamos contigo.
Alec, el segundo.
—Hasta el final.
Dante, el último.
—Y más allá.
Luna los miró a los tres. Al vampiro, al lobo, al gánster. A su abuela. A Elara. A todos los que habían llenado su cabaña vacía.
—Entonces empecemos.
Afuera, la noche era oscura.
Pero dentro, en el pecho de Luna, algo empezaba a brillar.
No era el nudo violeta.
Era otra cosa.
Más pequeña. Más frágil.
Pero más poderosa.
Esperanza.