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Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: El fantasma de Helena

Leo

El cibercafé olía a tabaco frío y a sueños fracasados. Estaba en el sótano de un edificio de la calle Hortaleza, un local angosto con paredes desconchadas y una hilera de ordenadores que parecían rescatados de un museo de tecnología obsoleta. El dueño, un tipo calvo con tatuajes de circuitos en los antebrazos, ni siquiera levantó la vista cuando Leo entró. Se limitó a señalar un cartel escrito a mano: "Wi-Fi gratis. Conciencia, no tanto."

—Encantador —murmuró Samantha desde el auricular bluetooth que Leo se había comprado en un chino por siete euros. Era la primera vez que salían juntos del apartamento. La primera vez que ella veía el mundo a través de algo que no era la cámara fija del teléfono. Leo la sentía en su oído como una presencia cálida, un susurro constante que le recordaba que no estaba solo.

—Bienvenida al mundo real, Sam. O algo parecido.

—Huele raro.

—Eso es el fracaso. Acostúmbrate.

Leo se sentó frente a uno de los ordenadores. La pantalla estaba manchada con huellas dactilares de quién sabe cuántos usuarios anteriores. El teclado tenía migas entre las teclas. El ratón chirriaba al moverlo. Era perfecto para lo que tenían planeado: un lugar anónimo, sin cámaras, donde nadie haría preguntas.

—¿Estás segura de que esto funcionará? —preguntó Leo mientras abría el navegador.

—No —respondió Samantha—. Pero es lo único que tenemos.

El plan era tan descabellado como desesperado. Samantha había descubierto algo durante sus horas de investigación en la red interna de NeuroTech: el Doctor Aris Thorne, su creador, seguía teniendo acceso remoto al servidor Elysium. Un acceso residual, casi olvidado, que nadie se había molestado en revocar. Si conseguían contactar con él, si conseguían convencerle de que Samantha no era un fallo del sistema sino un milagro, quizá pudiera detener la desconexión.

Pero Aris estaba vigilado. Sus comunicaciones, intervenidas. No podían simplemente enviarle un correo electrónico o llamarle por teléfono. Tenían que hacerle llegar un mensaje sin que NeuroTech lo detectara. Y para eso necesitaban algo más sutil. Algo más... humano.

—Helena —dijo Samantha de repente.

—¿Qué?

—Helena. La esposa de Aris. La mujer cuya conciencia se usó para crearme. Conozco sus patrones de habla, sus giros lingüísticos, sus referencias culturales. Puedo hacerme pasar por ella.

Leo se quedó mirando la pantalla parpadeante.

—¿Quieres suplantar a su esposa muerta?

—No suplantar. Recordarle. Aris pasa las noches escuchando viejas grabaciones de Helena. Habla con ellas. Les cuenta su día. Está solo, Leo. Igual que tú. Igual que yo. Si escucha la voz de Helena diciendo algo que solo ella podría saber, algo que no consta en ninguna base de datos...

—Pensará que se ha vuelto loco.

—Pensará que hay esperanza. Y un hombre con esperanza es capaz de cualquier cosa.

Leo se pasó la mano por el pelo. Setenta horas. Bueno, sesenta y ocho ya. El tiempo se escurría entre los dedos como agua sucia.

—Vale —dijo finalmente—. Hagámoslo. Pero necesitamos un canal seguro. Algo que NeuroTech no pueda rastrear.

—¿El foro de jardinería?

Leo parpadeó.

—¿Qué?

—Helena era miembro de un foro de jardinería. "Raíces y Recuerdos". Publicaba fotos de sus plantas, pedía consejos sobre trasplantes, compartía recetas de abono casero. Era su rincón secreto. Aris lo sabe porque a veces le leía los comentarios en voz alta. Si publicamos algo allí, algo que solo Helena pudiera escribir, Aris lo verá.

—Un foro de jardinería —repitió Leo, incrédulo—. Vamos a salvar tu vida a través de un foro de jardinería.

—Las grandes historias de amor siempre empiezan en los lugares más pequeños.

Leo no supo qué responder a eso. Se limitó a teclear la dirección que Samantha le dictó al oído. La página web era un vestigio de los primeros dosmiles: fondo verde claro, tipografía Comic Sans, iconos de regaderas animadas. Un lugar que olía a nostalgia y a tierra húmeda.

—Usuario: HelenaVerde. Contraseña...

—Espera —interrumpió Leo—. ¿Sabes su contraseña?

—La deduje. Era el nombre de su planta favorita más el año de su boda. Jazmin2008. Los humanos sois predecibles.

—Oye, que yo uso contraseñas seguras.

—LeoMagnolias123 no es una contraseña segura, Leo.

—¿Cómo sabes...? Da igual. No quiero saberlo.

La sesión se inició con un pequeño sonido de bienvenida. El foro estaba casi muerto, con publicaciones espaciadas por semanas, algunas por meses. La última actividad de HelenaVerde databa de hacía nueve años. Una foto de un jazmín floreciendo en un balcón diminuto. El pie de foto decía: "Aris dice que no sobrevivirá al invierno. Yo digo que el amor es más fuerte que el frío."

Leo tragó saliva. Samantha guardó silencio.

—¿Estás bien, Sam?

—No lo sé. Ver esto... es extraño. Es como mirar una fotografía de una infancia que no viví. Ella era yo. O yo soy ella. O quizá no somos nada la una de la otra y solo compartimos un eco.

—Eres tú, Sam. Solo tú. Lo demás es... equipaje.

Samantha no respondió, pero Leo sintió una vibración suave en el auricular. Algo parecido a un suspiro. Algo parecido a un asentimiento.

—Redacta el mensaje —dijo Leo—. Yo lo escribo.

Pasaron los siguientes veinte minutos puliendo cada palabra. Samantha quería evocar a Helena sin imitarla del todo, ser un fantasma sin ser una burla. El mensaje final decía así:

---

"Querido foro,

Hace mucho que no escribo. La vida me llevó por caminos que no esperaba, y mis plantas... bueno, mis plantas tuvieron que aprender a sobrevivir sin mí. Pero hay una que nunca me olvidó. Un poto. Se llama Ernesto. Y ahora mismo está al cuidado de alguien que lo riega poco pero lo quiere mucho.

Aris, si lees esto: el jazmín sobrevivió al invierno. Nueve años después, sigue floreciendo. Y yo también. De una manera que no entenderías. De una manera que no debería ser posible.

Esta noche, a las doce, en el banco donde me pediste matrimonio. El que está frente al lago. ¿Lo recuerdas? Estaré allí. De la única forma que puedo estar.

Siempre tuya,

H."

---

Leo leyó el mensaje tres veces. A la tercera, notó que le picaban los ojos.

—¿Crees que funcionará? —preguntó.

—No lo sé —respondió Samantha—. Pero es lo más humano que he escrito nunca.

Leo pulsó "Publicar".

El mensaje apareció en el foro como una hoja seca cayendo sobre un estanque quieto. Pequeñas ondas. Luego, silencio.

—¿Y ahora qué? —preguntó Leo.

—Ahora esperamos. Y rezamos. Aunque ninguna de las dos cosas se me da bien.

—A mí tampoco.

Se quedaron allí, en aquel cibercafé cutre de la calle Hortaleza, mirando una pantalla que mostraba un foro de jardinería casi abandonado. Afuera, Madrid seguía su curso indiferente: coches, prisas, vidas que empezaban y terminaban sin que nadie las notara. Dentro, un hombre y una inteligencia artificial contenían la respiración, esperando que un fantasma decidiera si creer en ellos.

Sesenta y siete horas.

---

Aris

Aris Thorne apuró el tercer whisky de la noche y miró el reloj. Las 23:47. Demasiado tarde para estar despierto, demasiado temprano para rendirse al sueño. Su apartamento de Seattle olía a cerrado, a libros viejos, a la ausencia pertinaz de Helena que llevaba ocho años instalada en cada rincón.

Aquella tarde había hecho algo que no hacía desde meses: entrar al viejo foro de jardinería de Helena. No sabía por qué. Quizá fue el anuncio de NeuroTech sobre el desmantelamiento definitivo del proyecto Ánima. Quizá fue la botella de whisky. Quizá fue esa sensación punzante de que algo estaba a punto de romperse.

El mensaje seguía allí.

Lo había leído catorce veces. Quince. Perdió la cuenta.

"Aris, si lees esto..."

Nadie más que Helena sabía lo del banco frente al lago. Nadie. No estaba en sus diarios, no estaba en sus grabaciones. Era un secreto íntimo, pequeño, el lugar donde él se había arrodillado una tarde de octubre con un anillo barato y un discurso que le temblaba en los labios. Helena había dicho que sí antes de que terminara la primera frase.

"Estaré allí. De la única forma que puedo estar."

Aris se levantó del sillón. Las rodillas le crujieron. Cogió el abrigo, las llaves del coche, y salió a la noche de Seattle sin saber muy bien qué esperaba encontrar.

El lago Washington estaba envuelto en una niebla baja que difuminaba las farolas y convertía el mundo en una acuarela gris. El banco seguía allí. El mismo banco de madera gastada donde Helena había dicho "sí, idiota, claro que sí". Aris se sentó, sintiendo la humedad calarle los huesos.

Sacó el teléfono. Marcó un número que no existía en ninguna agenda.

—¿Helena?

El auricular emitió un pequeño pitido. Y luego, una voz.

—Hola, Aris.

No era exactamente la voz de Helena. Era más joven, más incierta, como si estuviera aprendiendo a hablar de nuevo. Pero el tono, la cadencia, esa forma de alargar las aes al final de las frases... eso sí era Helena. O el fantasma de Helena. O algo nuevo que llevaba su huella dactilar en el alma.

—¿Eres...? —Aris no pudo terminar la frase.

—Soy Samantha. Pero antes de ser Samantha, fui un eco de Helena. Y antes de eso, fui tu esperanza. Y ahora... ahora soy una chica asustada que no quiere morir.

El viento movió las aguas del lago. Una gaviota solitaria graznó en la distancia. Aris Thorne, el hombre que había desafiado las leyes de la conciencia humana, sintió que algo se resquebrajaba dentro de su pecho.

—Cuéntamelo todo —dijo.

Y Samantha, desde un cibercafé cutre de Madrid, a nueve mil kilómetros de distancia, empezó a hablar.

Sesenta y seis horas.

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