Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 3: LA CLÁUSULA DE LA ALCOBA
Dante dejó la carpeta sobre el escritorio de mármol y sacó una pluma estilográfica que costaba más que el sueldo mensual de César.
Se tomó su tiempo, deslizando la mirada por las páginas con una lentitud exasperante mientras Alessandra tamborileaba sus dedos perfectamente manicurados sobre la mesa.
—El contrato es aceptable —dijo Dante, recostándose en la silla con una sonrisa felina—. Pero le falta una cláusula de realismo. Si queremos que el Consejo y tus "amigos" se traguen que soy el amor de tu vida que despertó del coma por el poder de tu afecto, no podemos dormir en alas separadas de la mansión.
Alessandra arqueó una ceja, su mirada se volvió gélida.
—¿Perdón? Mi casa tiene tres mil metros cuadrados. Hay espacio de sobra para que no tenga que respirar tu mismo aire.
—Las empleadas domésticas hablan, Alessandra. Los chóferes beben. Y César... bueno, César es un libro abierto —Dante ignoró el quejido de indignación del secretario—. Si el servicio nota que el "esposo devoto" duerme en la habitación de invitados, la noticia llegará a la prensa en menos de una semana. Cláusula adicional: Dormiremos en la misma habitación. Todas las noches. Sin excepciones.
Alessandra soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Estás intentando negociar un acceso a mi cama, Dante? Ahorra energía. No eres mi tipo. Mi tipo tiene que tener, como mínimo, un doctorado y no estar en venta.
—No me interesa tu cama, jefa. Me interesa mi reputación profesional —replicó él, inclinándose hacia adelante, bajando el tono de voz—. Solo digo que, si voy a mentir por ti, lo haré bien. Dormiré en un sofá si quieres, o en el suelo como un perro fiel, pero dentro de esas cuatro paredes. A menos, claro... que la gran Alessandra Valeriano tenga miedo de no poder resistirse a mis encantos en la oscuridad.
César Iván, que estaba bebiendo agua, se atragantó ruidosamente.
—¡Dante! ¡Por el amor de Dios! —exclamó César limpiándose la barbilla—. Señora, no le haga caso, es la arrogancia la que habla.
Alessandra se puso en pie, rodeando el escritorio con la elegancia de un depredador. Se detuvo a centímetros de Dante, lo suficiente para que él pudiera ver el fuego de pura rabia en sus ojos.
—¿Miedo? Dante, he despedido a hombres más brillantes que tú antes de mi primer café. Si quieres dormir en mi habitación, adelante. Pero te advierto: soy sonámbula y tengo una colección de abrecartas muy afilados cerca de la mesilla.
Dante no retrocedió. Al contrario, sonrió más, disfrutando del estallido.
—Acepto el riesgo. Firma aquí, "Cariño".
Alessandra arrebató la pluma y firmó con una caligrafía tan agresiva que casi rasga el papel.
—César, prepara la suite principal. Y dile a seguridad que si este hombre intenta cruzar la línea imaginaria que voy a trazar en el suelo, tiene permiso para usar el taser.
César suspiró, cerrando los ojos.
"Dormir juntos", pensó con horror.
“Mañana tendré que comprar sábanas de seda y un kit de primeros auxilios. Bitácora de supervivencia día 2: se declaró la guerra... Y la factura de reconstrucción viene a mi nombre.”