Novela no apta para 🔞🔞🔞
"Cinco años de silencio no fueron suficientes para apagar el fuego."
Mía es la heredera perfecta; Julián, el hombre que ella traicionó cuando él no tenía nada. Ahora, él ha vuelto: es un abogado poderoso, letal y viene de la mano de la prima de Mía.
Atrapados en una red de mentiras, ella finge amar al mejor amigo de él mientras Julián la devora con la mirada en cada rincón de la mansión. Entre pasillos oscuros y encuentros prohibidos, el odio se mezcla con una pasión incontenible.
Las excusas se terminaron. Es hora de dejar de huir y matar las ganas, aunque el precio sea destruirlo todo.
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Capítulo 8: Cláusulas de placer y castigo
El almuerzo transcurría bajo una atmósfera densa. El sonido de los cubiertos de plata contra la porcelana fina era el único ruido que llenaba el comedor, además de la voz monótona de Ricardo Van Doren. Marcos había llegado minutos después, sentándose al lado de Mía con su habitual sonrisa de suficiencia, sin sospechar que estaba entrando en una zona de guerra.
—Entonces, Julián, ¿estás diciendo que la cláusula de rescisión es innegociable? —preguntó Marcos, llevándose un trozo de carne a la boca.
—Absolutamente —respondió Julián. Sus ojos estaban fijos en Marcos, pero su mano derecha había desaparecido bajo el largo mantel de lino blanco—. Hay cosas que, una vez que se poseen, no tienen precio de devolución.
Mía sintió que se le detenía el corazón cuando sintió los dedos de Julián rozando la seda de su vestido a la altura de la rodilla. Intentó mantenerse erguida, con la espalda rígida, pero Julián fue implacable. Sus dedos subieron con una lentitud tortuosa, apartando la tela hasta encontrar la piel desnuda de su muslo. Mía mordió su labio inferior con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre.
Él no se detuvo. Sus dedos buscaron el borde del encaje de su ropa interior y se deslizaron por debajo. Cuando el primer dedo de Julián encontró su núcleo, Mía soltó un jadeo ahogado que disfrazó con un sorbo repentino de vino. Julián empezó a moverse, sus dedos expertos ya conocían el camino. Estaban calientes, exigentes, moviéndose rítmicamente mientras él seguía hablando de leyes y contratos con una calma que a Mía le parecía inhumana.
Mía sentía que se derretía. El placer era un fuego que nacía de los dedos de Julián y se extendía por todo su cuerpo. Cerró los ojos un segundo, sintiendo cómo la humedad la traicionaba de nuevo, mojando los dedos de él mientras él la exploraba con una intensidad pecaminosa. Estaba acabando allí mismo, frente a su padre y su prometido, con las piernas temblando bajo la mesa mientras Julián aceleraba el ritmo de sus caricias ocultas.
—Mía, ¿estás bien? Estás muy roja —dijo Marcos, poniendo una mano en su hombro.
—Yo... el vino me ha caído un poco pesado —logró decir ella, con la respiración entrecortada—. Si me disculpan, necesito ir al baño un momento.
Se levantó casi de un salto, sin mirar a nadie, y caminó hacia el pasillo con las piernas de gelatina.
En el comedor, Marcos se volvió hacia Ricardo.
—Señor Van Doren, antes de seguir, ¿podríamos hablar un momento en privado en su despacho? Hay un detalle de la inversión que prefiero que Julián no escuche todavía.
—Claro, Marcos. Vamos —asintió Ricardo, levantándose y dejando a Julián solo en la mesa.
Julián esperó exactamente diez segundos. En cuanto escuchó la puerta del despacho cerrarse, se levantó con una sonrisa depredadora.
Mía estaba frente al espejo del baño, echándose agua fría en el cuello, tratando de calmar el incendio. Cuando salió al pasillo, se encontró de frente con una pared de pecho firme y traje gris. Soltó un grito ahogado.
—¿A dónde vas tan rápido, Mía? —susurró Julián.
—Déjame pasar, Julián. Marcos está ahí fuera, mi padre...
Él no la dejó terminar. La tomó del brazo y, con una fuerza que no admitía discusión, la empujó de nuevo dentro del baño, cerrando la puerta con seguro. La acorraló contra la puerta de madera, su cuerpo presionando el de ella.
—¿Crees que puedes dejarme así en la mesa y simplemente huir? —le gruñó al oído.
Antes de que ella pudiera protestar, su boca cayó sobre la de ella. No fue un beso; fue un incendio. Sus lenguas se encontraron con una desesperación salvaje, una lucha de poder y necesidad. Julián la besaba con tanta hambre que Mía sintió que se quedaba sin aire, mientras sus manos recorrían sus curvas con una posesión absoluta. Él bajó a su cuello, dejando un rastro de besos húmedos y calientes, marcándola, reclamándola.
—Julián, por favor... —jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás.
Él se arrodilló frente a ella, levantando su vestido con impaciencia. Mía se aferró al borde del lavabo, sus nudillos blancos por la presión. Julián apartó la lencería y hundió su rostro en ella. La lengua de Julián era fuego puro, recorriéndola con una devoción que la hizo gritar en silencio. Mía le jaló el cabello, enterrando sus dedos en los mechones oscuros, empujándolo contra ella mientras disfrutaba del placer eléctrico que la recorría.
Él se puso de pie rápidamente, deshaciendo el cinturón de su pantalón. Mía estaba lista, deseando sentirlo dentro de ella para borrar el vacío de cinco años. Julián la tomó por las caderas, levantándola un poco para posicionarse, cuando de repente...
¡TOC, TOC!
—¿Mía? ¿Estás ahí? —La voz de Marcos, justo al otro lado de la puerta, sonó como un balde de agua helada.
Mía se congeló. Julián maldijo en voz baja, su frente pegada a la de ella, ambos respirando como si hubieran corrido un maratón.
—¿Mía? ¿Estás bien? Te escuché... quejarte —insistió Marcos, probando el pomo de la puerta.
Mía tragó saliva, tratando de normalizar su voz.
—Sí, Marcos... estoy bien. Es solo que... me sentía un poco mal del estómago. Ya salgo.
—¿Segura? Estás muy agitada —dijo él, extrañado.
—Es el calor del baño, ya voy —respondió ella, cerrando los ojos con fuerza.
Escucharon los pasos de Marcos alejándose por el pasillo. Mía se dejó caer contra el lavabo, temblando. Julián, lejos de estar asustado, la miraba con una fascinación oscura mientras se ajustaba el cinturón.
—¿Eres feliz haciendo esto, Julián? —preguntó ella, con la voz rota—. Eres el novio de mi prima. Mi padre te odia. Esto es una locura.
Julián se acercó a ella y, con una lentitud insultante, recogió la ropa interior de encaje que había quedado en el suelo. Se la guardó en el bolsillo de su saco.
—Esto es solo el comienzo, Mía Van Doren —susurró él, rozando sus labios una última vez—. Me llevo esto de recuerdo para mi próxima reunión con tu padre. Mañana vendré por el resto.
Él salió del baño con la elegancia de un rey, dejándola allí, con el cuerpo vibrando de un deseo insatisfecho y la piel ardiendo por su contacto. Mía se miró al espejo, sabiendo que ya no era la misma mujer que había bajado a desayunar. Ahora era una mujer marcada, más caliente y desesperada que nunca por el hombre que se suponía debía destruir.