Morí atragantándome con unos tacos al pastor mientras leía una novela de reencarnación.
Renací como la villana.
Y ahora… voy a conquistar a mi prometido, a mi papucho villano.
—ACTUALIZACIÓN DIARIA—
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CAPÍTULO 6
Poco después, el carruaje se detuvo.
Pero no frente a la cafetería.
Había pedido que se detuviera una calle antes.
—Aquí está bien —dije con calma.
Antes de bajar, tomé una capa oscura y me la coloqué con cuidado, dejando que la capucha cubriera mi cabeza. La tela cayó lo suficiente para ocultar mi figura… pero no era suficiente.
No en un lugar como este.
Así que añadí una máscara.
Fría.
Impersonal.
Segura.
Lisa observó a Anastasia en silencio.
Se podía ver la pregunta en sus ojos.
La duda.
La curiosidad.
Pero no dijo nada.
Porque, sin importar lo que hiciera su señorita…
seguiría apoyándola.
Siempre.
Bajé del carruaje sin mirar atrás.
La cafetería era… ordinaria.
Demasiado ordinaria.
Pocas mesas.
Dos… tal vez tres personas.
Un ambiente tranquilo.
Casi aburrido.
Perfecto para pasar desapercibido.
Avancé hasta el mostrador.
El hombre detrás de él apenas levantó la vista.
—Los tres tigres beben el río —dije con voz baja, firme.
Por un segundo…
el silencio se volvió pesado.
El hombre me observó.
No como cliente.
Sino como alguien que evalúa.
Que mide.
Que decide.
Luego, sin decir una palabra, señaló discretamente hacia un lado.
Asentí.
Y seguí el camino.
La puerta estaba oculta a simple vista.
Pero una vez que la encontrabas…
era imposible ignorarla.
La abrí.
Un leve crujido rompió el silencio.
Y entonces las vi.
Escaleras.
Oscuras.
Descendiendo hacia lo desconocido.
Sin dudar, bajé.
Paso a paso.
Sintiendo cómo el aire cambiaba.
Más pesado.
Más denso.
Más… peligroso.
Cuando llegué abajo, el ambiente era completamente distinto.
Más cerrado.
Más tenso.
Más real.
Ya había gente sentada.
Figuras cubiertas.
Capas.
Máscaras.
Rostros ocultos.
Identidades borradas.
Nadie hablaba demasiado.
Pero la intención…
era clara.
Todos estaban ahí por algo.
Y nada de eso era bueno.
Mis ojos recorrieron el lugar con cuidado antes de avanzar.
Elegí un rincón.
Discreto.
Lejos de miradas innecesarias.
Y me senté.
Esperando.
El inicio de la subasta.
......................
De repente, alguien tomó asiento a mi lado.
No vi su rostro.
La capucha lo ocultaba por completo, sumiéndolo en sombras que ni la tenue luz de la sala lograba atravesar.
Pero su presencia…
era imposible de ignorar.
Había algo en él.
En la forma en que se sentó.
En la quietud absoluta de su cuerpo.
En esa sensación… pesada… como si el aire a su alrededor se volviera más denso.
Su complexión, su altura, la amplitud de sus hombros…
No necesitaba verlo para saberlo.
Era un hombre.
Y no uno cualquiera.
No habló.
Yo tampoco.
El silencio entre nosotros no era casual.
Era deliberado.
Tenso.
Como si ambos entendiéramos, sin decirlo, que ese no era un lugar para palabras innecesarias.
La subasta comenzó.
Una tras otra, las piezas desfilaron frente a nosotros.
Collares que alguna vez adornaron cuellos de figuras importantes.
Reliquias cargadas de historia.
Objetos que, según el presentador, habían sido tocados por lo divino.
“Lágrimas de Dios”, las llamó.
Pero nada…
nada lograba despertar mi interés.
Mis ojos observaban, pero mi mente estaba en otro lugar.
Yo no había venido por curiosidad.
Había venido por algo concreto.
Un libro.
Un grimorio antiguo.
De magia prohibida.
Dejado por un mago que la iglesia había perseguido…
y eliminado.
Mis dedos se cerraron lentamente sobre la paleta de puja.
—Tiene que aparecer… —pensé, conteniendo la impaciencia.
Y entonces—
—El siguiente objeto —anunció el presentador, con una voz que resonó en toda la sala—: un grimorio antiguo, vinculado a prácticas mágicas prohibidas. Precio inicial: diez mil monedas de oro.
Mi corazón se detuvo un segundo… y luego latió con fuerza.
Era ese.
Sin duda alguna.
La puja comenzó.
Pero nadie habló.
Nadie se movió.
El silencio se extendió como una sombra sobre la sala.
Denso.
Cargado.
Como si todos evitaran involucrarse con algo que, claramente, no era inofensivo.
Una leve sonrisa curvó mis labios bajo la máscara.
—Perfecto…
Levanté la paleta con decisión.
—Once mil de oro.
Mi voz salió firme, clara, sin titubeos.
Por un instante…
creí que lo había conseguido.
Pero entonces—
—Veinte mil de oro.
El mundo pareció tensarse a mi alrededor.
Giré apenas el rostro.
Era él.
El hombre a mi lado.
Su voz era baja.
Grave.
Controlada.
Peligrosamente tranquila.
Mi mente estalló.
¡Ahhh, malditos ricos!
Una oleada de frustración me recorrió.
¡Ese libro es mío!
Apreté los dientes.
Levanté nuevamente la paleta.
—Veintiún mil de oro.
El ambiente se tensó aún más.
Las miradas, ocultas tras máscaras, se deslizaron hacia nosotros.
Y entonces—
—Treinta mil de oro.
Sin esfuerzo.
Sin emoción.
Como si el dinero no fuera más que un número sin valor.
Un murmullo se extendió por la sala.
Bajo.
Inquieto.
—¿Quién puja por algo así…?
Mi cuerpo se tensó.
¡AHHH NOOOOOO!
¡Maldita sea! ¡Maldito! ¡Tiene demasiado dinero!
Mis dedos temblaron levemente alrededor de la paleta.
Quería levantarla.
Quería seguir.
Pero…
no podía.
No me alcanzaba.
Una sensación amarga se asentó en mi pecho.
Pesada.
Frustrante.
Mi cuerpo se encogió apenas, como si intentara contener esa impotencia que me quemaba por dentro.
—Treinta mil de oro a la una…
—Treinta mil de oro a las dos…
—Treinta mil de oro a las tres…
—Vendido al número 0.
El sonido final cayó como una sentencia.
Silenciosa.
Irreversible.
Y en medio de todo…
sin que Anastasia lo notara…
una sonrisa apenas perceptible se dibujó en los labios ocultos de aquel hombre.
La subasta continuó.
Pero para mí… ya había terminado.
Me levanté en silencio, sintiendo cómo cada paso pesaba un poco más que el anterior.
La frustración aún latía en mi pecho.
—Tsk…
Caminé hacia las escaleras, dispuesta a irme.
Pero justo cuando iba a subir—
un escalofrío recorrió mi espalda.
Me detuve en seco.
Giré lentamente.
Y ahí estaba.
Frente a mí.
Más cerca de lo que recordaba.
Más… imponente.
Antes de que pudiera reaccionar—
extendió la mano.
Un libro descansaba en ella.
El libro.
Mis ojos se abrieron, sorprendidos.
—…¿qué…?
Lo tomé casi por instinto.
Confundida.
Descolocada.
Mi mente no lograba procesarlo.
¿Por qué…?
No dijo nada.
Ni una palabra.
Solo se dio la vuelta…
y comenzó a subir las escaleras.
Como si aquello no tuviera importancia.
Como si no acabara de cambiarlo todo.
—¡Espera!
Reaccioné tarde.
Corrí tras él.
Subí las escaleras apresurada y salí de la cafetería.
Alcancé a ver su figura girar en una esquina.
—¡Oye!
Aceleré.
Pero al llegar…
no había nadie.
El callejón estaba vacío.
Demasiado vacío.
Como si nunca hubiera estado ahí.
Me quedé quieta, respirando agitada.
Bajé la mirada.
El libro seguía en mis manos.
Real.
Pesado.
Valioso.
Apreté ligeramente la tapa.
—…perdón por decirte maldito… —murmuré, con una sonrisa tenue—. Gracias.
El carruaje llegó poco después.
Oculté el libro en mi bolsita.
Subí sin decir mucho.
Pero…
Anastasia no estaba sola.
Desde las alturas…
una figura observaba.
Oculta entre su capa.
Silenciosa.
Sus ojos rojos brillaron levemente en la oscuridad.
Fijos en ella.
Siguiéndola.
Sus labios se movieron apenas.
Susurrando algo…
inaudible.
Pero cargado de intención.
Algo que…
no prometía nada bueno.
y el general está lindo y la busca hayyyy 😭