Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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EL CANTO DEL DIABLO
La carretera se extendía ante ellos como una serpiente oscura, sus curvas peligrosas iluminadas solo por las luces del automóvil. Sara conducía con manos temblorosas, su mente aún atrapada en el luto por Jesica. La noche había caído y la atmósfera se tornaba cada vez más opresiva. De repente, una figura apareció frente al vehículo: una niña con un vestido blanco, su rostro pálido y ojos grandes que reflejaban la luz de los faros. Sara soltó un grito, girando el volante con fuerza, mientras el automóvil se deslizaba peligrosamente cerca del borde de la carretera. "¡Sara!" exclamó Alejandro, asustado, pero la niña desapareció tan rápido como había aparecido.
El corazón de Sara latía desbocado mientras se recuperaba del susto. "¿La viste?" preguntó, su voz temblando. Alejandro la miró con confusión. "No, no vi nada", respondió, tratando de calmarla. "Solo fue un susto. Estás cansada." Pero Sara no estaba convencida. La imagen de la niña seguía grabada en su mente, y el temor la envolvía como una sombra. Decidieron que Alejandro conduciría el resto del camino, su mano firme en el volante mientras Sara se hundía en sus pensamientos oscuros.
Al llegar a la granja, la noche se sentía más densa que nunca. Sara, inquieta, decidió atarse a la cama con una cinta que encontró en el armario. "No quiero volver a caminar dormida", murmuró, recordando la última vez que había perdido el control. Alejandro la observó con preocupación, sintiendo que su esposa estaba atrapada en un ciclo de miedo. Se sentó en el borde de la cama, acariciándole la mano, pero Sara solo cerró los ojos, buscando refugio en el sueño.
La madrugada llegó con un silencio inquietante, interrumpido solo por el susurro del viento. Alejandro, incapaz de dormir, se levantó y decidió salir al exterior. La luna brillaba en el cielo, creando sombras danzantes entre los árboles. De repente, un canto suave y melódico flotó en el aire, atrayendo su atención. Se acercó a la fuente del sonido, su corazón latiendo con fuerza. La voz era la de una niña, cantando una canción infantil que le resultaba extrañamente familiar.
Al llegar al columpio en el campo, Alejandro vio la silueta de una niña meciéndose, su cabello largo y oscuro ondeando con la brisa. "¿Hola?" llamó, pero la niña continuó cantando, ajena a su presencia. La melodía resonaba en su mente: "A la rueda rueda de San Miguel, san Miguel, todos cargan su caja de miel..." Cada palabra parecía envolverlo en un hechizo. Se acercó lentamente, sintiendo una mezcla de curiosidad y terror.
La niña continuó cantando, mencionando nombres que Alejandro conocía: "Jesica de Burro, Nazario de Burro... otros que no conocía como Diego Y Victor"Su corazón se detuvo cuando escuchó el nombre de Sara. Se acercó aún más, extendiendo la mano hacia el hombro de la pequeña, pero en ese momento, la niña giró la cabeza. Alejandro se congeló al ver su rostro, que parecía el de un cadáver, pálido y sin vida. "¡No!" gritó, retrocediendo, el terror apoderándose de él.
En ese instante, Nazario apareció detrás de él, su expresión de sorpresa transformándose rápidamente en preocupación. "¿Qué haces aquí, Alejandro?" preguntó, mirando hacia el columpio. Alejandro se volvió para señalar, pero la niña había desaparecido. "Había una niña... estaba cantando", balbuceó, sintiéndose ridículo. Nazario frunció el ceño, la preocupación en sus ojos. "No hay ninguna niña. Solo el viento y la oscuridad." La respuesta de Nazario resonó en su mente mientras la imagen de la niña se desvanecía.
Esa noche, Sara, atada a la cama, no caminó dormida. En su sueño, imágenes de la cascada y de la niña perdida la atormentaban, pero sus gritos no podían escapar de su garganta. Alejandro, al regresar a la cama, la encontró en un profundo sueño, su rostro sereno pero pálido. No podía sacudirse la sensación de que algo oscuro se cernía sobre ellos, como una nube de tormenta.
Al amanecer, Alejandro se sintió impulsado a buscar respuestas. Se dirigió al estudio y sacó el álbum de fotos que había guardado. Las páginas amarillentas revelaron imágenes de la infancia de su esposa, y su corazón se detuvo al ver a los niños mencionados por la niña: Jesica, Nazario, y una niña que ya reconocía. "¿Mariana?" murmuró para sí mismo, el nombre resonando en su mente. La conexión era innegable, y la inquietud creció en su interior.
Decidido a confrontar a Sara, la despertó suavemente. "Sara, necesito que me digas la verdad sobre Mariana. Ella... ella está persiguiéndote", dijo, su voz temblando. Sara se incorporó lentamente, sus ojos llenos de confusión. "¿Qué quieres decir?" Alejandro sintió el peso de sus palabras. "La niña de anoche... mencionó tu nombre. ¿Qué pasó realmente?"
Sara bajó la mirada, su rostro pálido. "No se ahogó en el lago, Alejandro. Fue en la cascada. Todos nos metimos al agua y... no pudo resistir. Se hundió y nunca la encontramos." La confesión salió de sus labios como un susurro, y Alejandro sintió el impacto de la verdad. "¿Por qué no me lo dijiste antes? Ella te culpa a ti, Sara. Necesitamos encontrar una manera de ayudarla." La angustia en su voz resonó en la habitación, mientras la sombra del pasado se cernía sobre ellos, amenazando con devorarlos.