"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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El asedio del pasado
La paz en la mansión Rossi se rompió con el sonido estridente de varias sirenas de policía que subían por la colina privada. Micaela, que estaba desayunando en la terraza, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con sus náuseas matutinas. Se puso de pie, apretando instintivamente su vientre plano.
Alexander salió al vestíbulo principal, ajustándose los gemelos de oro de su camisa negra. Su rostro era una máscara de granito. No estaba asustado; estaba furioso de que alguien se atreviera a interrumpir su santuario.
—Quédate arriba con Gabriel —le ordenó Alexander a Micaela, su voz era un látigo de autoridad—. Luciano, bloquea el acceso al ala este. No quiero a ningún oficial cerca de las habitaciones.
—Señor, traen una orden de registro —anunció un guardia de seguridad por el intercomunicador—. El detective Vargas insiste en entrar. Dice que tiene pruebas de un crimen en los muelles.
Micaela no subió las escaleras. Se detuvo en el primer descanso, observando desde las sombras. Vio a Alexander abrir la puerta principal de par en par.
Entró un hombre joven, de unos treinta años, con un traje barato y una mirada que destilaba una honestidad peligrosa. El detective Vargas no se dejó intimidar por los techos de mármol ni por la estatura imponente de Alexander Rossi.
—Señor Rossi —dijo Vargas, mostrando su placa—. Tenemos una denuncia anónima. Encontramos un gemelo de plata con rastros hemáticos en uno de sus almacenes del puerto. Curiosamente, pertenece a Julián Ferrante, quien supuestamente "huyó" del país.
Alexander soltó una carcajada seca, caminando hacia el detective con una elegancia depredadora. —Detective, tengo quinientos empleados en ese puerto. Cualquiera pudo perder un gemelo. Si va a venir a mi casa a interrumpir mi desayuno, espero que tenga algo más que un pedazo de metal sucio.
—Tengo una orden para registrar sus vehículos y sus cámaras de seguridad de la noche del martes —respondió Vargas, sin retroceder—. Mi informante dice que su esposa también estuvo allí.
Micaela sintió que el corazón se le detenía. Sabía que Alexander podía manejar la presión, pero si revisaban el GPS de la limusina, estarían acabados. Tenía que actuar.
Bajó las escaleras con una lentitud calculada, fingiendo una fragilidad que no sentía. Llevaba una bata de seda blanca y su rostro lucía pálido, en parte por el embarazo y en parte por la actuación.
—¿Alexander? ¿Qué sucede? —preguntó Micaela, apoyándose en la barandilla—. Me siento muy mal... el médico dijo que debía evitar las impresiones fuertes.
Alexander reaccionó de inmediato. Envolvió a Micaela en sus brazos, transformando su mirada de hielo en una de fingida preocupación.
—Lo siento, mi vida. El detective cree que somos personajes de una novela de misterio —dijo Alexander, besándole la frente—. Detective Vargas, mi esposa está atravesando un embarazo de alto riesgo. Si su presencia aquí causa que ella pierda a mi heredero, le juro por mi fortuna que pasaré el resto de mi vida destruyendo su carrera.
Vargas miró a Micaela. Ella sostuvo su mirada con ojos llorosos, la viva imagen de una esposa aristócrata y asustada.
—Señor Rossi, la ley es la ley —insistió Vargas, aunque su voz titubeó un poco—. Revisaremos el garaje.
—Adelante —dijo Alexander, con una calma aterradora—. Luciano, acompaña al detective. Asegúrate de que no ensucie los asientos de cuero de mis autos.
Micaela esperó a que Vargas se alejara. En cuanto estuvieron solos en el vestíbulo, ella miró a Alexander.
—La limusina... —susurró ella.
—Ya me encargué de eso anoche, Micaela —le siseó Alexander al oído, apretándola contra él—. Cambié el módulo de navegación y las cámaras fueron borradas por un "pulso electromagnético" accidental en el sistema de seguridad. Pero Vargas es persistente. Alguien le está enviando información desde adentro.
Micaela palideció. —¿Un traidor?
—Lo encontraré y lo haré desear no haber nacido nunca —prometió Alexander—. Por ahora, ve a descansar. Mañana daremos una fiesta de compromiso oficial. Vamos a anunciar tu embarazo y la fusión total de las empresas. Si el mundo nos ve celebrando, nadie creerá las teorías del detective .
Micaela asintió, pero mientras subía las escaleras, se dio cuenta de que su vida de "Propiedad del CEO" se estaba volviendo más peligrosa de lo que jamás imaginó. Ya no solo luchaba por su venganza, ahora luchaba por su libertad y por la vida de dos niños.
Esa noche, mientras Alexander revisaba los expedientes de sus empleados para encontrar al traidor, Micaela recibió un mensaje de texto en su teléfono privado: "Alexander te salvó, pero él fue quien ordenó que Julián te echara del restaurante esa noche. Él creó tu miseria para poder ser tu héroe. Pregúntale por la llamada que hizo a Ferrante el día que te abandonaron".
Micaela miró a Alexander, que estaba sentado en su escritorio, viéndose más poderoso que nunca. ¿Era posible que el hombre que ahora amaba fuera el arquitecto original de todo su dolor?