Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 20: La mudanza
—Saludos, tías bellas —dije, tratando de infundir normalidad a mi voz—. Buenos días. ¿Cómo han amanecido?
—Bien, cariño —respondió Egle, clavando una mirada de acero en Dagmar
—. MPero la pregunta es ¿cómo amaneces tú después de pasar la noche fuera?
—Estoy bien, tía. Realmente bien. Pero... venimos a conversar algo importante con ustedes.
El humor de Egle se agrió al instante. Se cruzó de brazos, su postura volviéndose rígida.
—¿De qué se trata esto ahora?
Miré a Dagmar, buscando apoyo. Las palabras se me quedaban atascadas en la garganta; decirles que abandonaba el hogar que con tanto esfuerzo habían mantenido era más difícil de lo que imaginé. Dagmar, notando mi vacilación, dio un paso al frente con una calma autoritaria.
—Lo que Rose intenta decir es que se mudará al castillo conmigo —declaró con voz firme—. Es el lugar más seguro de la región. El escudo que hemos reforzado allí es impenetrable para los rastreadores de la Orden. Además, consideramos que lo más prudente es que ustedes se trasladen con nosotros. El ala Este ha sido preparada para recibirlas; tendrán su propia independencia, pero bajo nuestra protección directa.
—No es necesario —dijo Egle de inmediato—. Me gusta mi casa. No tengo intención de ser la invitada de un... extraño.
—¡Egle, por favor! —intervino Clarisa, poniendo una mano conciliadora en el hombro de su hermana—. Mantén la calma. Si es necesario para la seguridad de Rose, debemos considerarlo. En el castillo podríamos cuidarla mucho mejor, estaríamos presentes en su entrenamiento.
—Podríamos mudarnos cerca, en otra zona —insistió Egle, su resentimiento hacia Dagmar brillando en sus ojos—. No hace falta vivir bajo el techo de este señor... si es que ese es su verdadero nombre.
Sentí que la paciencia se me agotaba. Me puse frente a ellas, apelando a la única verdad que nos unía.
—¡Tías, ya basta! Durante toda mi vida, yo siempre fui a donde ustedes decidían. Me mudé de ciudad, de escuela y de identidad cada vez que ustedes lo consideraron necesario. Nunca me quejé. Esta vez, por primera vez, soy yo quien les pide que me acompañen a un lugar seguro. ¿En serio van a poner peros ahora que realmente podemos luchar juntos?
El silencio que siguió fue denso. Egle y Clarisa intercambiaron una mirada larga, una de esas comunicaciones silenciosas que solo las hermanas poseen. Finalmente, Egle suspiró, dejando caer los hombros.
—Vale, cariño —murmuró con una tristeza resignada—. No te enojes. Si es lo que quieres, iremos contigo. No te dejaríamos sola ni aunque nos arrastraran.
—Gracias —dije, sintiendo que un peso enorme se levantaba de mi pecho—. Entonces, por favor, arreglen sus cosas más esenciales. Yo iré a mi habitación a buscar las mías.
Mientras me dirigía a las escaleras, Dagmar se inclinó hacia mi oído, su aliento rozando mi piel.
—Eso de usar la manipulación emocional para conseguir lo que quieres... ¿es una habilidad de esta vida o ya la traías de fábrica? —susurró con una sonrisa de medio lado.
—¡Ups! —le devolví el gesto con un guiño—. Digamos que he aprendido de los mejores. No te muevas de aquí, volveré en un momento.
Subí a mi habitación, que de repente se sentía pequeña y ajena. Empecé a guardar mis pertenencias: libros de filosofía, algunas prendas de ropa, y por supuesto, la daga de plata que mis tías me habían entregado. Cada objeto que metía en la maleta era un hilo que cortaba con mi vida anterior.
Al bajar, encontré a mis tías cerrando cajas con una eficiencia militar que me recordó que ellas también eran veteranas de una guerra invisible.
Dagmar esperaba junto a la puerta, observando el proceso con una paciencia milenaria. No era solo un cambio de casa; era el inicio de la consolidación de nuestro frente. Estábamos construyendo un nido en el corazón de la fortaleza.
—Estamos listas —dijo Clarisa, sosteniendo una maleta antigua—. Vamos a ver ese famoso castillo.
Al llegar al castillo, la imponente estructura de piedra pareció alzarse para recibirnos, abriendo sus fauces de hierro con un estruendo que hizo que la tía Egle se persignara por instinto.
—Bienvenidos a su nuevo hogar —dijo Dagmar, bajando del auto con esa elegancia que lo caracterizaba—. Mis hombres ya han trasladado lo más pesado. El Ala Este está lista.
Caminamos por los pasillos interminables. El Ala Este era, en efecto, un refugio de lujo: techos altos, chimeneas de mármol y ventanales que daban al acantilado. Pero la tensión se palpaba en el aire. Egle no dejaba de tocar la empuñadura de la daga que llevaba oculta, y Clarisa observaba cada rincón como si esperara que las sombras cobraran vida.
—Es... impresionante —admitió Clarisa, dejando su bolso sobre una mesa de caoba—. Pero no olvides, Dagmar, que estamos aquí por Rose, no por devoción a ti.
Dagmar hizo una leve inclinación de cabeza, con una sonrisa de medio lado que no llegaba a sus ojos.
—Lo tengo claro, Clarisa. Mi prioridad es su seguridad. El resto de las formalidades pueden esperar a que ganemos esta guerra. Rose, te espero en el salón de entrenamiento en una hora.
Al bajar al salón de entrenamiento, Dagmar me esperaba con una vara de madera oscura en la mano.
—Hoy no usaremos magia de elementos —dijo sin mirarme—. Hoy aprenderás a leer el flujo del enemigo. Cierra los ojos.
—¿Otra vez? —pregunté, empezando a cansarme de la oscuridad.
—No "veas" con los ojos, Rose. Siente la vibración del suelo, el desplazamiento del aire cuando me muevo. Si la Orden te ataca en la oscuridad, tus ojos serán tu perdición.
Cerré los párpados. Al principio, solo escuché el crepitar de las antorchas. Pero luego, sentí un cambio en la presión del aire a mi izquierda. Me agaché por instinto justo cuando la vara de Dagmar pasaba por encima de mi cabeza.
—Bien —murmuró—. De nuevo.
Pasamos horas en esa danza ciega. Cada vez que él lanzaba un golpe, mi cuerpo respondía con una velocidad sobrehumana. En un momento, la frustración me superó; sentí una oleada de calor subiendo por mi pecho y, sin abrir los ojos, extendí la mano.