Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 12
—EN LA CUEVA—
Cuando finalmente llegaron a la cueva, Zeon no perdió ni un segundo.
Colocó a Ren sobre las pieles y comenzó a trabajar de inmediato, utilizando todo lo que tenía a su alcance para crear un antídoto con los restos de la serpiente.
Sus movimientos eran precisos, rápidos, pero cada intento que hacía parecía quedarse corto.
—Resiste… —dijo en voz baja mientras le administraba la primera mezcla.
El efecto fue inmediato, pero no el que esperaba.
El cuerpo de Ren reaccionó violentamente, expulsando sangre mientras su respiración se volvía irregular. Zeon no se detuvo; preparó otro compuesto, lo ajustó, lo modificó y lo administró nuevamente, pero la respuesta fue aún peor.
Las marcas comenzaron a aparecer.
Oscuras.
Extendiéndose bajo la piel como si algo la estuviera consumiendo desde dentro.
El calor desapareció de golpe, dejando su cuerpo frío al tacto, antinatural, como si la vida se estuviera retirando poco a poco.
Zeon apretó los dientes.
Intentó otra vez.
Y otra.
Y otra más.
El tiempo dejó de existir dentro de la cueva.
Solo quedaba una constante:
Salvarlo.
Pero nada funcionaba.
Nada.
La frustración comenzó a mezclarse con algo más profundo, más peligroso.
Desesperación.
—¿Por qué…? —murmuró con la voz más baja—. ¿Por qué no funciona…?
Se quedó inmóvil por un instante, observando el estado de Ren, sintiendo cómo algo dentro de él se tensaba peligrosamente.
—Otra vez no…
Sus dedos temblaron apenas.
—Si mueres… yo moriré contigo.
No era dramatismo.
Era una verdad que acababa de aceptar.
Aun así, no se permitió detenerse.
Continuó intentando, incluso enviando a buscar ayuda, cualquier recurso, cualquier posibilidad que pudiera cambiar el resultado.
Pero entonces, en medio de todo ese caos, algo no encajó.
Zeon frunció el ceño.
Observó la herida.
Luego el cuerpo de la serpiente.
Y finalmente comprendió.
—Esto no es normal…
Su mirada se oscureció lentamente.
—Esa serpiente… no debería ser tan letal…
El silencio en la cueva se volvió más pesado.
—A menos que…
Sus pupilas se contrajeron levemente.
—Pertenezca a…
La frase quedó inconclusa.
Pero la respuesta… ya estaba en su mente.
......................
—AMANECIENDO—
La oscuridad de la cueva comenzó a ceder lentamente ante la luz del amanecer.
Los primeros rayos del sol se filtraron entre la entrada, reemplazando poco a poco el resplandor inestable que antes ofrecía el fuego de Zeon.
El ambiente, que durante toda la noche había estado cargado de urgencia y desesperación, ahora se sentía extrañamente quieto.
Demasiado.
Zeon no se movía.
Sus ojos permanecían fijos en el cuerpo de Ren, como si negarse a apartar la mirada fuera suficiente para mantenerlo con vida.
—Esta es la última oportunidad… —murmuró, con la voz baja y tensa.
Sus manos, firmes pero cuidadosas, levantaron el cuerpo de Ren y lo recostaron contra su pecho. Con movimientos precisos, llevó el último antídoto a su propia boca y, sin dudar, lo transfirió a los labios de Ren, obligándolo a ingerirlo como si aún pudiera responder.
El tiempo pareció detenerse.
El sol terminó de alzarse en el cielo.
La luz llenó la cueva.
Pero no hubo respuesta.
Ninguna.
Al contrario… el cuerpo de Ren reaccionó de la peor forma posible.
Las marcas negras se extendieron aún más bajo su piel, como si algo lo consumiera desde el interior, y el poco calor que le quedaba desapareció por completo, volviéndose frío…
profundo…
como un cuerpo sin vida.
Zeon se quedó inmóvil.
Un segundo.
Dos.
Y entonces—
Sus brazos se cerraron alrededor de Ren con fuerza.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—Por favor… —su voz se quebró—. Despierta…
Apretó más su cuerpo contra el suyo, como si pudiera devolverle el calor que ya no tenía.
—Pagaré lo que sea… —continuó, temblando—. Lo que sea… incluso mi vida…
Sus palabras salían desordenadas, desesperadas, sin orgullo alguno.
—Así que despierta…
Pero Ren no reaccionó.
No respiró.
No se movió.
Nada.
El silencio lo confirmó.
Estaba muerto.
Zeon apretó los dientes con fuerza, y un instante después, su voz estalló, desgarrada—
—¡¡¡DESPIERTA, MALDITA SEA!!!
El eco golpeó las paredes de la cueva.
Y no hubo respuesta.
......................
—EN OTRO ESPACIO—
Abrí los ojos.
Pero ya no estaba en el bosque.
Ni en el suelo.
Ni dentro de mi cuerpo.
Me encontraba de pie… dentro de la misma cueva.
Fruncí el ceño, confundido.
—¿Eh…?
Bajé la mirada.
Y lo vi.
Mi cuerpo.
Inmóvil.
Sin vida.
—¿Ese… soy yo…?
Un frío distinto recorrió mi interior, uno que no venía del entorno, sino de la comprensión.
—¿Qué está pasando…? —murmuré—. ¿Estoy… muerto?
Di un paso.
Luego otro.
Hasta quedar frente a Zeon… y frente a mí mismo.
Podía verlo todo.
Escucharlo todo.
Sus lágrimas.
Su voz.
Su desesperación.
Me quedé en silencio, observándolo, sin entender por qué esa escena comenzaba a dolerme más de lo que debería.
Entonces—
Algo cambió.
Sentí humedad en mi rostro.
Llevé la mano instintivamente hacia mi ojo.
Y me detuve.
—¿…Lágrimas…?
Parpadeé, confundido.
—¿Por qué…?
Mi voz salió más baja de lo esperado.
—¿Qué es esto…?
Miré de nuevo a Zeon, aferrado a mi cuerpo como si su vida dependiera de ello.
—Si eres alguien tan cruel… —murmuré—. ¿Por qué me muestras esto…?
Mi pecho se tensó.
—¿Y por qué… duele verte así…?
No entendía ese sentimiento.
Pero estaba ahí.
Clavándose poco a poco.
Entonces—
Una presencia.
Detrás de Zeon.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato. Me giré, alertado, y al ver una figura oscura formarse en la sombra, no lo dudé.
Corrí.
—¡No le hagas nada!
Intenté interponerme.
Pero al avanzar, mi pie falló y caí hacia adelante—
Atravesando el cuerpo de Zeon.
Como si no existiera.
Me quedé congelado.
No podía tocarlo.
No podía hacer nada.
Una risa suave rompió el silencio.
Me levanté.
Levanté la mirada.
La sombra… sonreía.
—Dime —dijo con una voz tranquila, casi curiosa—. ¿Qué eliges?
Fruncí el ceño.
—¿Elegir…?
La figura dio un paso al frente, dejando que la luz revelara lentamente su rostro.
—Regresar a tu mundo original… —continuó—. O quedarte en este…
Su mirada se fijó en mí.
—Donde, por tu cuenta… no tienes posibilidad de sobrevivir.
Mi respiración se detuvo por un instante.
Y entonces lo ví.
Esa voz.
Esa presencia.
—Tú… —murmuré, dando un paso atrás—. Eres la anciana del festival…
La figura terminó de descubrirse por completo.
Era ella.
La misma anciana.
La que me vendió el collar.