Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPITULO 19
Alina
Llegué a casa cerca de las seis de la mañana.
No había dejado de llorar en todo el trayecto.
Mis manos aún temblaban, mi cuerpo seguía en estado de alerta, como si en cualquier momento todo pudiera repetirse. Apenas crucé la puerta, lo primero que hice fue llamar a mis padres.
Mi madre contestó al primer tono.
—¡Alina! —su voz se quebró—. ¿Estás bien?
No pude responder de inmediato.
Las lágrimas volvieron a salir.
—Estoy… estoy en casa —logré decir.
Ambos lloraron al otro lado de la línea.
Mi padre tomó el teléfono después, su voz firme, pero cargada de emoción.
—Ya pasó, hija. Ya pasó.
Pero no.
No había pasado.
Después de colgar, fui directo a la ducha. Dejé que el agua caliente recorriera mi cuerpo, intentando borrar el olor, el miedo, las manos que no quería recordar.
Cuando salí, me puse una camisa de Adriano y unos leggins. Su aroma aún estaba ahí, impregnado en la tela, y eso me dio una calma momentánea.
Bajé a la sala.
No tenía hambre.
Los empleados dejaron el desayuno frente a mí, pero no lo toqué. Solo miraba mi teléfono, esperando un mensaje.
Uno solo.
A las siete, mi madre volvió a escribirme.
"Enzo ya está en casa."
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones.
"Estamos todos aquí."
Escribí rápido:
"Me alegra saberlo."
Vi cómo escribía… borraba… volvía a escribir.
"Enzo dice que Adriano salió con él."
Mi corazón se detuvo un segundo.
"No ha llegado."
"Está con el médico. Le están haciendo suturas."
Cerré los ojos.
Respiré hondo.
Intenté calmarme.
Salí a la terraza.
Y esperé.
Cada segundo se hacía eterno.
Hasta que la reja negra se abrió.
Levanté la mirada.
Su camioneta.
Sin pensarlo, bajé corriendo. Abrí la puerta y salí, el sol golpeando mi rostro sin importarme.
Y cuando lo vi…
Corrí hacia él.
Lo abracé con fuerza.
Olía a sangre, a tierra… a guerra.
Sus brazos me rodearon de inmediato.
—Estoy aquí —murmuró contra mi cabello.
Besó mi cabeza.
Y entonces lo vi.
Su mano.
Vendaje grueso.
—¿Qué pasó? —pregunté, con la voz temblorosa.
—Un cuchillo me atravesó la mano. No vayas a llorar.
Lo miré con horror.
Las lágrimas volvieron.
—¿Cómo me pides que no llore?
—Estamos bien —respondió con calma—. No hay necesidad de más lágrimas.
Le di un golpe suave en el pecho.
—Igual voy a llorar.
Entramos a la casa.
—¿Qué pasó con Manolo? —pregunté.
—Lo tiene Alessandro.
Asentí.
No quise saber más.
No hacía falta.
Sabía lo que eso significaba.
Sabía lo que venía.
Él se quitó los zapatos y los calcetines, empezó a desabotonar su camisa con dificultad.
Me acerqué.
—Déjame.
Terminé de desabotonarla con cuidado.
Sus ojos estaban fijos en mí.
Oscuros.
Profundos.
Peligrosos… y aún así, seguros.
Deslicé la tela por sus hombros, dejándola caer.
Mi mirada recorrió su cuerpo, buscando heridas, marcas nuevas, tenía la herida en una pierna no sangraba, estaba roja pero no sé veía grave.
Necesitaba asegurarme de que estaba completo.
De que seguía ahí.
—Debes descansar —dijo.
—Tú más que yo.
Sonrió.
Esa sonrisa.
La que solo yo conocía.
Pasé mi mano por su abdomen lentamente, y él me tomó de la cintura, acercándome más.
Nuestros labios se encontraron.
No era solo un beso.
Era necesidad.
Era alivio.
Era estar vivos.
El mundo desapareció por un momento.
Solo éramos nosotros.
Respiraciones entrecortadas.
Manos que buscaban asegurarse de que el otro era real.
Nos perdimos en ese silencio íntimo, donde solo se escuchaban mis gemidos y nuestros jadeos y como repetíamos nuestros nombres con adoración, casi poética.
Donde el miedo se transformaba en cercanía.
Donde todo dolía… pero también sanaba.
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Horas después, el sonido de voces nos devolvió a la realidad.
Nuestros padres habían llegado.
Mi madre corrió hacia mí.
—Hija…
Me abrazó con fuerza.
Mi padre hizo lo mismo.
Al otro lado, la madre de Adriano lo rodeó con los brazos, revisándolo como si aún fuera un niño.
El médico llegó poco después.
Adriano se encerró con él en la oficina.
No pude quedarme afuera.
Toqué… y entré.
Y lo que vi…
Me dejó sin aire.
La herida era profunda.
Más de lo que había imaginado.
—Alina, sal —dijo él.
Negué.
—No.
Su pierna se movía sin parar.
Ansiedad.
Tensión.
Me acerqué y apoyé mi mano sobre su rodilla.
—Estoy aquí.
El médico continuó:
—La herida es penetrante, atravesó tejido blando de la palma y dorso de la mano. Afortunadamente no comprometió tendones principales ni vasos mayores, pero ya existía una lesión previa que hace más delicada la recuperación.
Tragué saliva.
—¿Qué significa eso?
—Debe limitar completamente el uso de la mano. Nada de esfuerzos, nada de presión. Reposo absoluto. Antibióticos diarios para evitar infección y control constante.
El médico lo miró con seriedad.
—Y nada de alcohol, tabaco, comidas irritantes.
Adriano rodó los ojos.
—Se los dejo a usted, señora Vassari —añadió el médico—. Él no suele obedecer.
—Yo me encargo —respondí.
El médico se fue.
El silencio quedó entre nosotros.
—Debes cuidarte —dije.
—Lo hago.
—No, Adriano. En serio.
Apoyé mis manos en su pecho.
—Lo que menos quiero… es que nuestro hijo no pueda compartir contigo.
El tiempo se detuvo.
Su cuerpo se tensó por completo.
—¿Estás…?
Negué.
—No, no lo estoy.
Su expresión cambió.
Se relajó.
Sonrió levemente.
—Me cuidaré más.
Y salió de la oficina.
Yo me quedé ahí.
Inmóvil.
Con un vacío extraño en el pecho.
Porque por primera vez…
Había visto miedo en él.
Y no era por lo vivido, o lo que se avecinaba.
Era por algo mucho más simple.
Mucho más real.