Siempre hubo odio entre ellos. Desde el primer momento, las miradas estaban cargadas de desprecio, las palabras eran cuchillos y las peleas, inevitables. Eran enemigos por naturaleza… o eso creían.
Pero todo cambia cuando él descubre un secreto que nunca debió salir a la luz.
A partir de ese instante, la tensión deja de ser solo odio. Las emociones se vuelven confusas, peligrosas, irresistibles. Lo que antes era rechazo empieza a transformarse en algo mucho más intenso… algo que ninguno de los dos sabe cómo controlar.
¿Es posible que entre enemigos nazca el amor?
¿O todo es solo una ilusión provocada por lo que ahora los une?
En un mundo donde los instintos pueden más que la razón, cruzar esa línea podría cambiarlo todo… para siempre.
NovelToon tiene autorización de juliana scotella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 23 : Somos una familia
Le mandé un mensaje a mi madre avisándole que iríamos.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Entusiasmo.
Emoción.
Como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
Una sonrisa inevitable se formó en mis labios.
Dante (pensamiento)
Va a amarlo… lo sé.
Durante todo el camino no solté la mano de Irán.
Ni siquiera cuando subimos al auto.
Ni siquiera cuando él arrancó.
Sus dedos entrelazados con los míos eran un ancla.
Una certeza.
Como si, mientras lo sostuviera, nada pudiera salir mal.
En un momento, su otra mano se apoyó sobre mi muslo mientras manejaba.
Un gesto simple.
Natural.
Pero mi respiración se desacompasó igual.
Mi mirada se quedó fija en él casi todo el trayecto.
En su perfil.
En la forma en que sus manos se movían con seguridad.
En lo tranquilo que parecía… y lo peligroso que podía ser al mismo tiempo.
Dante (pensamiento)
Podría quedarme así… mirándolo por horas.
Cuando finalmente nos detuvimos, señalé la casa con una sonrisa suave.
—Aquí es.
Me incliné y dejé un pequeño beso en sus labios.
Corto.
Pero cargado de todo lo que no decía.
—Vamos.
Salí del auto antes de que pudiera notar cuánto me había afectado ese simple momento.
Irán bajó también y, casi de inmediato, rodeó mi cintura con sus brazos.
Su cercanía me hizo suspirar apenas.
—Te ves feliz, cariño.
Esa palabra.
Otra vez.
Cariño.
Mi corazón se aceleró sin permiso.
Ya no la decía con ironía.
Ni con burla.
La decía en serio.
Y eso lo hacía aún más peligroso.
Dante (pensamiento)
Me gusta demasiado cuando me llama así.
Me acerqué más a él, aferrándome a su brazo.
—Lo estoy.
Y era verdad.
Por primera vez en mucho tiempo… lo estaba.
Miré la puerta de la casa.
Luego a él.
Luego a mi vientre, apenas un segundo.
Todo se sentía… correcto.
Como si, pese a todo, ese fuera el camino que debía seguir.
—Entremos.
Tomé su mano y comencé a caminar, tirando suavemente de él.
Mi corazón latía rápido.
Pero no por miedo.
Por emoción.
Por nervios.
Por esperanza.
Dante (pensamiento)
Esta es mi familia.
Y hoy… empieza algo nuevo.
—Hijo… Irán.
La voz de mi madre llenó la casa antes incluso de que cruzáramos por completo la puerta.
Estaba feliz.
Se notaba en cada sílaba, en cada movimiento apresurado al acercarse a nosotros.
—Madre…
No dudé ni un segundo.
Me solté de Irán para abrazarla con fuerza.
Su aroma, su calidez… todo en ella me devolvía a un lugar seguro.
Uno que no había cambiado.
Uno que siempre estaba ahí para mí.
Dante (pensamiento)
La necesitaba… más de lo que creía.
Ella me apretó con cariño antes de separarse apenas para mirarme.
Sus ojos recorrieron mi rostro, como comprobando que realmente estaba bien.
Que estaba entero.
Que estaba feliz.
Y entonces miró a Irán.
Su expresión se suavizó aún más.
—Tú debes ser Irán. Qué alegría conocerte.
Sin dudarlo, tomó su mano con una naturalidad que me sorprendió incluso a mí.
Como si no existiera una guerra.
Como si no existiera un pasado lleno de sangre entre nuestras familias.
Como si solo viera lo que realmente importaba.
Irán pareció tensarse apenas.
Un gesto mínimo.
Casi imperceptible.
Pero yo lo conocía lo suficiente para notarlo.
—El placer es todo mío.
Su voz fue firme, respetuosa.
Y, por una vez, completamente sincera.
No había arrogancia.
No había desafío.
Solo… verdad.
Dante (pensamiento)
Está nervioso.
Y eso, de alguna forma, me enterneció.
Sonreí sin poder evitarlo.
—Me agrada que me hayas aceptado… a pesar de todo.
La frase de Irán hizo que mi madre frunciera ligeramente el ceño.
No en desaprobación.
Sino con una dulzura firme.
—¿A pesar de qué, cariño?
Su tono fue suave, pero seguro.
—Tú no tienes la culpa de nada de lo que hizo tu padre.
Sus palabras cayeron con un peso distinto.
Como si limpiaran algo que llevaba años manchando el aire entre nosotros.
Miré a Irán.
Vi cómo esas palabras lo golpeaban más de lo que dejaba ver.
Dante (pensamiento)
Nadie le había dicho eso antes… ¿verdad?
Di un pequeño paso hacia él.
—Ella tiene razón.
Mi voz fue tranquila.
—Además, es una guerra absurda.
Suspiré apenas.
—Que nosotros no elegimos.
Lo miré directo a los ojos.
—Y de la que tampoco queremos formar parte.
Mi madre asintió, con una sonrisa suave.
—Ustedes ni siquiera habían nacido cuando todo empezó.
Su mirada se volvió más cálida.
Más… esperanzada.
—No tienen por qué cargar con eso.
Sus palabras llenaron el espacio entre nosotros.
Como una puerta abierta.
Como una salida que siempre estuvo ahí, pero que nadie se había atrevido a cruzar.
Luego sonrió.
De esa forma que solo ella sabía hacerlo.
—Además…
Nos miró a ambos.
—Fue su elección dejar eso de lado para estar juntos.
Su mirada se posó brevemente en mi vientre.
Y luego volvió a nosotros.
—Y eso es lo más importante.
Dante (pensamiento)
Elegirnos.
Mi mano buscó la de Irán nuevamente.
La apreté con suavidad.
Y, por primera vez…
sentí que tal vez no estábamos luchando contra el mundo.
Tal vez…
estábamos empezando a cambiarlo.
—Iré a preparar un café y traer algo para comer —dije, levantándome después de un buen rato de charla.
Mi voz salió más ligera.
Más… tranquila.
Como si por un momento todo el peso que llevaba encima hubiera desaparecido.
Como si la guerra, los territorios y el pasado no existieran.
Como si solo quedáramos nosotros.
Una familia.
Nuestra familia.
Mientras caminaba hacia la cocina, no pude evitar mirar hacia atrás.
Mi madre y Irán estaban hablando.
Relajados.
Cómodos.
Como si se conocieran de toda la vida.
Irán incluso sonrió.
De verdad.
No esa sonrisa arrogante que usaba con todos.
Una distinta.
Más suave.
Más… real.
Dante (pensamiento)
Se ve bien aquí.
Encaja.
Y eso me golpeó más fuerte de lo que esperaba.
Preparé el café con calma, apoyando una mano en mi vientre casi sin darme cuenta.
Un gesto que ya no cuestionaba.
Que ya era parte de mí.
Dante (pensamiento)
Esto es lo que quiero.
Esto… es lo que necesito.
Cuando regresé, dejamos de lado cualquier conversación pesada.
No hablamos de guerras.
Ni de familias.
Ni de lo que podría salir mal.
Solo…
reímos.
Mi madre contó historias de mi infancia, exagerando cada detalle como siempre.
Irán, sorprendentemente, participó.
Bromeó.
Se burló de mí.
Y, por supuesto, yo me defendí.
Aunque probablemente sin mucho éxito.
—Eso es mentira —protesté en algún momento, mientras ambos reían.
—Lo juro —respondió mi madre entre risas.
—Puedo confirmarlo —añadió Irán con una sonrisa maliciosa.
Rodé los ojos, aunque una sonrisa traicionera se escapó igual.
Dante (pensamiento)
No quiero que esto termine.
El tiempo pasó sin que lo notáramos.
La tarde se llenó de risas.
De miradas cómplices.
De pequeños gestos.
La mano de Irán encontrando la mía bajo la mesa.
Su pulgar acariciando suavemente mi piel.
Mi madre observándonos con esa sonrisa que lo entendía todo sin necesidad de palabras.
Y en medio de todo eso…
paz.
Una paz que no conocía desde hacía demasiado tiempo.
Me recosté ligeramente contra Irán sin darme cuenta.
Y él respondió de inmediato, rodeándome con su brazo.
Natural.
Protector.
Como si siempre hubiera sido así.
Dante (pensamiento)
Tal vez… esto sí sea posible.
Tal vez podamos tener esto.
Una vida.
Una familia.
Algo que no estuviera marcado solo por la guerra.
Y mientras las risas llenaban la casa…
por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo del futuro.
Lo esperé.