⚠️🔞🚫La Trampa de la Dulzura.
Christopher es impecable. Cocina para Tayler, lo cuida durante sus celos y lo defiende. Tayler se enamora perdidamente. Sin embargo, detrás de cámaras, el alfa está destruyendo las rutas de suministro del padre de Tayler y manipulándolo para que confiese secretos de la organización "sin querer". El maltrato aquí es la mentira: Christopher desprecia la inocencia de Tayler, viéndola como una debilidad de la sangre de un asesino. CONTIENE MALTRATO EMOCIONAL.🚫🔞⚠️
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Todavía tenía las fuerzas para querer estar lejos de él
El destino tiene un sentido del humor retorcido. Durante ocho años, la seguridad de Christopher había sido un muro infranqueable, una red de cámaras, sensores y hombres de ojos gélidos. Pero esta noche, el infierno reclamaba a su dueño. Una explosión en la refinería del puerto, el corazón financiero del imperio de Christopher, había obligado al alfa a retirar al ochenta por ciento de la guardia personal de la mansión.
El mafioso se había marchado a toda prisa, con el aroma a nieve y pino vuelto una tempestad de furia. Por primera vez en casi una década, olvidó el doble cierre de la puerta de la torre norte.
Tayler, sentado en la oscuridad de su habitación, escuchó el eco lejano de las sirenas y el rugido de los motores alejándose. Sus dedos, entumecidos por años de inactividad, rozaron el pomo de la puerta. Cedió.
No llevaba nada consigo. Ni las joyas que el mafioso le compraba para adornar su cautiverio. Solo vestía un pantalón de lino viejo y una camisa descolorida que había logrado ocultar en el fondo de un armario. No quería nada que oliera a Christopher. No quería nada que brillara bajo la luz de su opresor.
Cruzó el pasillo como un espectro. Su aroma a violetas, antes muerto, comenzó a palpitar con una nota ácida de adrenalina. Bajó por la escalera de servicio, la misma por la que sacaron el cuerpo de Mikhail hace ocho años, y salió a la noche fría. La nieve caía con fuerza, quemando su piel, recordándole el aliento del alfa.
-Nunca más.- Susurró, corriendo hacia el bosque perimetral -Nunca más sentiré frío.-
Corrió hasta que sus pulmones ardieron, hasta que sus pies, acostumbrados a las alfombras mullidas, sangraron sobre el hielo. Llegó a la carretera nacional y, con una suerte que solo tienen los desesperados, logró colarse en la parte trasera de un camión de transporte que se dirigía hacia el sur, hacia la costa.
Tres horas después, Christopher regresó a la mansión. No necesitaba entrar en la habitación para saberlo. El vacío en el aire era ensordecedor. Su instinto de alfa, conectado a Tayler por años de obsesión y proximidad, sintió el desgarrador silencio de su ausencia.
El alfa entró en la alcoba. La cama estaba hecha. El anillo de compromiso, ese grillete de oro, estaba sobre la mesa de noche, brillando con una insolencia que lo enfureció.
-Tayler…- El nombre escapó de sus labios como una maldición.
El aroma de las violetas en la habitación ya no estaba marchito, había un rastro tenue, pero vivo, que se alejaba hacia la ventana abierta. Christopher golpeó la pared con el puño. La furia que sentía no era solo por la pérdida de su "trofeo", sino por el miedo visceral que le provocaba la idea de que el cascarón que él había moldeado pudiera volver a llenarse de vida lejos de él.
-Busquen en los aeropuertos, en las estaciones de tren y en los puertos de carga.- Ordenó por su radio, su voz era un gruñido que hizo temblar a los subordinados que quedaban -Si alguien lo ayuda, mátenlo. Si él se resiste, aturdanlo. Pero tráiganmelo de vuelta. Tayler no sabe vivir sin mi frío. Se va a marchitar en el mundo exterior.-
El omega llegó a la terminal de ferris de una ciudad portuaria al amanecer. El sol empezaba a asomar, pero no era el amanecer pálido del norte. Aquí el aire ya empezaba a oler a sal y a humedad.
Se cubrió con una capucha, escondiendo su rostro pálido y sus ojos de ciervo asustado. En su mano apretaba unos cuantos billetes que había logrado sustraer de la caja fuerte de la oficina de Christopher semanas atrás, en un descuido del alfa. Eran pocos, pero suficientes para un pasaje de ida hacia su libertad.
En su mente solo había una imagen: una isla. Un lugar donde la arena quemara los pies y el sol fuera tan intenso que lograra purgar el rastro de la nieve de sus poros. Quería un lugar donde las violetas pudieran crecer salvajes, sin ser encerradas en jarrones de cristal.
-Un boleto para el carguero que sale hacia las Islas del Sur.- Dijo en la ventanilla, tratando de que su voz no temblara.
El hombre de la taquilla lo miró con sospecha. El aroma de Tayler, aunque tenue, era el de un omega de alta sociedad, un aroma refinado que no encajaba en un puerto de carga.
-Sale en diez minutos, muchacho. Sube rápido antes de que cambie de opinión.-
El omega subió a la pasarela, sintiendo que miles de ojos lo observaban desde las sombras. Cada hombre alto de hombros anchos le recordaba a su esposo. Cada ráfaga de viento frío le hacía pensar que el alfa estaba justo detrás de él, listo para atraparlo por el cuello y arrastrarlo de vuelta a la torre.
El barco zarpó. Tayler se quedó en la cubierta, viendo cómo la costa del norte se hacía pequeña. Por primera vez en ocho años, no había una cerradura entre él y el horizonte.
Sin embargo, en su interior, el maltrato emocional de Christopher seguía haciendo su trabajo. Tayler se sentía desnudo sin el control del alfa. Sus instintos de omega, condicionados por la dependencia, le enviaban oleadas de náuseas. Su cuerpo gritaba por la seguridad de su jaula, por el castigo familiar que, al menos, le daba un sentido de identidad.
-Soy libre.- Se repetía a sí mismo, apretando las manos contra la barandilla -Soy libre.-
Pero Tayler sabía que el mafioso no era un hombre que aceptara la derrota. Podía sentirlo. En alguna parte de esa inmensidad negra que era el mar, Christopher le estaba pisando los talones. El alfa conocía sus miedos, conocía sus debilidades. Sabía que el omega odiaba el frío, por lo tanto, buscaría el calor.
Tayler miró hacia el sur. El cielo empezaba a teñirse de un azul profundo. No tenía a nadie. Ningún aliado, ninguna familia, ningún lugar al que llamar hogar. Solo tenía su voluntad quebrada y un deseo desesperado de encontrar una tierra donde la nieve jamás llegara.
Mientras tanto, en un jet privado que cruzaba el cielo nocturno, Christopher observaba un mapa en una tableta. Un punto rojo parpadeaba en la ruta marítima hacia el sur.
-¿Crees que puedes huir de tu dueño, pequeña violeta?- Susurró, bebiendo un sorbo de whisky que sabía a ceniza -Corre todo lo que quieras. Disfruta del sol mientras puedas. Porque cuando te encuentre, y te encontraré, te llevaré de vuelta a un invierno del que nunca volverás a despertar.-
El alfa sonrió, pero no era la sonrisa de un cazador triunfante. Había algo roto en su propia expresión. Por primera vez en ocho años, no odiaba a Tayler por ser un Michelle o un bastardo. Lo odiaba por haberle demostrado que, a pesar de todo el dolor, todavía tenía las fuerzas para querer estar lejos de él.
Tayler llegaría a la isla, pero el invierno viajaba con él, escondido en lo profundo de su memoria.