Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
19
Acto II: La Doble Vida
Capítulo 19: La estrella
—
El beso llegó sin avisar.
O quizá llevaba semanas avisando, meses, vidas enterras esperando este momento.
Sus labios contra los míos. No era la primera vez. Pero era diferente. Esta vez no había forcejeo, no había resistencia, no había miedo. Esta vez mis manos buscaron su nuca, su espalda, su piel, con la misma urgencia con que las suyas recorrían mi cintura, mis caderas, el borde de mi vestido.
—Irene —susurró contra mi boca.
—No hables.
—Necesito decirte...
—Luego.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, casi tierna, que no le había visto nunca. Luego me levantó como si no pesara nada, como si fuera de aire, y me llevó hacia el dormitorio sin dejar de besarme.
—
La habitación era enorme. Una cama que parecía una nube, paredes blancas, y Madrid entero brillando al otro lado del ventanal como un testigo mudo de lo que estaba a punto de pasar.
Me dejó caer sobre las sábanas con cuidado, como si fuera algo frágil, algo valioso. Luego se quedó mirándome, de pie, con la respiración agitada y los ojos más oscuros que nunca. La luz de la ciudad recortaba su silueta.
—Eres preciosa —dijo.
—No es verdad.
—Para mí sí. Para mí siempre sí.
Comenzó a desabrocharse la camisa. Yo lo miraba sin pudor, devorándolo con los ojos. Su pecho apareció poco a poco: ancho, fuerte, cubierto de vello oscuro que se perdía bajo el cinturón. Sus hombros, sus brazos, las venas marcadas en sus antebrazos. Todo él era grande, sólido, real. Demasiado real.
La camisa cayó al suelo. Luego sus manos en el cinturón.
—¿Segura? —preguntó.
—No.
—Yo tampoco.
Sonrió. Esa sonrisa otra vez. Luego se inclinó sobre mí.
—
Sus manos encontraron el borde de mi vestido. Lo deslizaron hacia arriba lentamente, muy lentamente, como si cada centímetro de piel mereciera ser descubierto con reverencia. Mis muslos, mis caderas, mi vientre. El aire de la habitación, fresco, contrastaba con el calor de sus dedos.
—Dios —murmuró—. Eres...
No terminó la frase. No hacía falta.
Me besó. Pero no en los labios. En el cuello. Lento. Húmedo.
Mordisqueando justo donde late el pulso. Gemí sin querer. Él sonrió contra mi piel.
—Así que por ahí...
—Cállate.
Siguió bajando. Sus labios recorrieron mi clavícula, el inicio de mis pechos, el espacio entre ellos. Sus manos mientras tanto exploraban, aprendían, memorizaban. Mis pezones se endurecieron antes siquiera de que los tocara. Cuando por fin lo hizo, cuando su boca encontró uno de ellos, arqueé la espalda y me aferré a sus hombros.
—Marcos...
—Dime.
—No pares.
No paró.
—
Me desnudó del todo. Cuando el vestido cayó al suelo, cuando solo quedamos yo boca arriba y él devorándome con la mirada, algo cambió en sus ojos.
—Date la vuelta —susurró.
—¿Por qué?
—Por favor.
Me giré. Apoyé las mejillas en la almohada, el pelo revuelto, la espalda expuesta.
Y entonces lo sentí.
Sus dedos recorriendo mi columna. Desde la nuca hasta el final.
Una, dos, tres veces. Como si contara vértebras. Como si buscara algo.
Luego se detuvo.
—Dios mío —dijo.
Su voz. Rota. Distinta.
—¿Qué pasa?
No respondió. Pero sentí sus labios en mi espalda. Justo en el centro. Justo donde la estrella.
—Esta marca —susurró—. La he visto antes.
—Es solo un lunar. Una mancha.
—No.
Besó la estrella otra vez. Largo. Hondo. Como si pudiera chupar el recuerdo de mi piel.
—En mis sueños —continuó—. En mis recuerdos. Iliv tenía esta misma marca. En el mismo sitio. Yo la besaba igual. Así.
Su lengua trazó el contorno de la estrella. Todo mi cuerpo se estremeció.
—No entiendo...
—Yo tampoco. Pero cuando te toco... cuando te toco aquí...
Sus dedos presionaron suavemente la marca. Y entonces ocurrió algo extraño. Él se quedó inmóvil. Su cuerpo, pegado al mío, tembló.
—¿Marcos?
—La veo.
—¿Qué?
—A ella. A ti. Estás de espaldas a mí, pintando. Tu pelo suelto, manchado de pintura. El taller huele a trementina. Yo estoy sentado en una mecedora, mirándote. Y soy feliz. Más feliz que en toda mi vida.
—Eso es...
—Lo sé. Pero sigue.
Su voz, ahora, era un hilo.
—Te levantas. Vienes hacia mí. Te sientas en mis rodillas. Me besas. Me dices... me dices que me quieres. Que siempre me has querido. Y luego...
—¿Luego?
—Luego estás en una cama. Blanca. Pequeña. Estás enferma. Muy enferma. Yo sujeto tu mano. Tú me miras con esos mismos ojos y me dices... me dices que no me preocupe. Que volverás. Que siempre vuelves.
Una lágrima cayó en mi espalda. La suya.
—Y luego mueres. En mis brazos. Y yo no puedo hacer nada. Nada.
—
Se quedó callado. Yo también.
El silencio pesaba. Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de siglos. De vidas enteras esperando este momento.
Me giré lentamente. Lo miré a los ojos. Estaban rojos, húmedos, abiertos de par en par como si acabara de ver un fantasma.
—Estoy aquí —dije—. No me he ido.
—Lo sé.
—Y no me voy a morir.
—No lo sabes.
—Lo sé.
Lo besé. Con suavidad al principio, luego con hambre. Quería borrar esa imagen de su cabeza. Quería llenarlo de mí, de ahora, de esto.
Él respondió. Y ya no hubo más palabras.
—
Me tumbó boca arriba. Su cuerpo cubrió el mío. Piel contra piel. Calor contra calor. Podía sentir su erección presionando contra mi muslo, dura, caliente, impaciente.
—¿Lo tienes? —pregunté.
—¿El qué?
—Protección.
Asintió. Abrió la mesilla, sacó un preservativo. Lo miró un segundo, luego me miró a mí.
—¿Segura?
—Si no lo haces ahora, me muero.
Sonrió. Esa sonrisa. Luego se colocó el preservativo con manos expertas mientras yo lo miraba, mordiéndome el labio, deseando sentirlo ya.
Cuando por fin se posicionó sobre mí, cuando sentí la punta
rozando mi entrada, los dos contuvimos la respiración.
—Mírame —dijo.
Lo miré.
Y entró.
—
Un gemido. El mío. El suyo. Los dos a la vez.
Lleno. Completo. Como si mi cuerpo hubiera esperado esto toda la vida. Como si encajáramos perfectamente, pieza con pieza, carne con carne.
Empezó despacio. Movimientos largos, hondos, que me llenaban hasta el fondo. Sus ojos no se apartaban de los míos. Sus manos sujetaban mis caderas con una mezcla de control y reverencia.
—Así —susurré—. Así, así...
—¿Te gusta?
—Dios, sí.
Aceleró. El ritmo cambió. Ahora era más urgente, más desesperado. Sus embates me empujaban contra la cama, contra él, contra el deseo que crecía en mi vientre como una brasa.
—Irene...
—No pares.
—No pienso.
Una mano se deslizó entre nuestros cuerpos. Sus dedos
encontraron mi botón, justo donde más lo necesitaba, justo donde el placer empezaba a desbordarse.
—Ahí —jadeé—. Justo ahí.
—Quiero verte correrte.
—Me estoy...
—Dime.
—Me estoy corriendo. Marcos...
Mi cuerpo se tensó. Las piernas temblaron. Las uñas se clavaron en su espalda. Y entonces exploté. Un orgasmo largo, profundo, que empezó en el vientre y se extendió como fuego por cada centímetro de mí.
Él me siguió. Un gruñido ronco, animal, mientras se enterraba hasta el fondo y se corría a su vez. Su cuerpo se tensó sobre el mío, su respiración entrecortada en mi oído, su peso aplastándome contra la cama.
—
Después, cuando todo terminó, quedamos enredados entre las sábanas.
Su pecho contra mi espalda. Su brazo rodeándome. Su aliento en mi nuca. Todavía dentro de mí, blando, satisfecho.
—Irene.
—Dime.
—Esa marca. La estrella.
—¿Qué pasa con ella?
—Es real. No era un sueño.
—Puede que lo fuera.
—No. Tú eres ella. Lo sé.
No supe qué responder. No podía explicarle que yo era Iliv, que las obras que buscaba eran mías, que la estrella era mi firma, mi secreto, mi maldición.
Así que no dije nada.
Me limité a apretar su mano y cerrar los ojos.
—
En algún momento de la madrugada, me desperté sobresaltada.
Él no estaba en la cama.
Lo busqué con la mirada. Estaba de espaldas, sentado al borde, con la cabeza entre las manos. Desnudo. Vulnerable.
—¿Marcos?
—Sí. Estoy aquí.
—¿Qué pasa?
Se giró. Sus ojos estaban enrojecidos.
—Te vi morir —dijo—. Otra vez.
—Fue un sueño.
—Fue un recuerdo. Y no quiero volver a vivirlo.
Se levantó. Fue hacia la ventana. Su silueta, recortada contra Madrid.
—Llevo cuarenta años buscándote —dijo—. Sin saber que te buscaba. Y ahora que estás aquí... no quiero volver a perderte.
Me levanté. Fui hacia él. Lo abracé por la espalda, apoyando la mejilla entre sus omóplatos. Piel sudada. Olor a sexo. A nosotros.
—No me he ido —dije—. Estoy aquí.
—Por ahora.
—Por ahora.
Se giró. Me besó en la frente. Luego bajó a mis labios. Otro beso. Más lento. Más hondo.
—Vuelve a la cama —susurró—. Voy en un rato.
—¿Seguro?
—Seguro. Solo necesito... pensar.
Volví a la cama. El calor de las sábanas me envolvió. Cerré los ojos.
Antes de dormirme, lo vi. Todavía de espaldas, mirando la ciudad.
Buscando algo.
O a alguien.
O los restos de una vida que ya vivimos y que ninguno de los dos recuerda del todo.
—
Cuando desperté, la luz del día entraba a rayas por las persianas.
Su lado de la cama estaba vacío. Frío. Llevaba horas vacío.
—¿Marcos?
Silencio.
Me levanté. Busqué una bata. Encontré una camisa suya. Me la puse. Olía a él. Me envolví en ese olor como si fuera una armadura.
El ático estaba vacío. La cocina, el salón, el estudio. Nadie.
Sobre la mesa del comedor, una nota.
Papel grueso. Su caligrafía.
"Irene,
He tenido que salir. Negocios. Vuelvo mañana.
No te vayas. Esto no ha terminado.
M."
Me quedé mirando el papel.
—¿No te vayas? —susurré.
Pero no me fui.
Me senté en su sofá, con su camisa puesta, y esperé.
Como si perteneciera a ese lugar.
Como si perteneciera a él.
—