Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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La noche que no debió ser.
Darién sonrió nervioso mirando la puerta. El lugar contrastaba con la riqueza de su mundo pero eso era algo que ya no le importaba.
La puerta se abrió lentamente, Aranza dio un paso atrás al verlo.
Ahí estaba él.
El “Príncipe de Heidelberg”, con el cabello revuelto, la corbata suelta… y una botella de vino tinto sostenida como si fuera lo único que le quedaba en el mundo.
—No fuiste —dijo él, entrando sin permiso, como si quedarse afuera fuera más peligroso que cualquier rechazo.
Aranza arqueó una ceja, cruzándose de brazos, aunque su corazón ya había empezado a traicionarla.
—No soy ingenua Herzog, yo no juego sucio. — Aunque su voz no sonó tan firme como quería.
Darién la miró entonces… de verdad. Sin filtros, sin máscaras. En pijama, con el cabello suelto y desordenado, sin maquillaje ni pretensiones… y aun así —o precisamente por eso— le pareció lo más hermoso que había visto en su vida.
Un oasis.
—Me gustas más de lo que admito —confesó, dejando la botella sobre la mesa, con una torpeza que delataba que no tenía ningún plan.
Aranza sostuvo su mirada, desafiante… pero había una chispa distinta en sus ojos.
—No solo a ti, le gustó a muchos.
Darién sonrió ante su respuesta, era cierto, Aranza despertaba pasiones —Tienes algo que me hace perder el juicio, no solo es tu belleza, es tu inteligencia, tu fuerza.
Aranza se quedó callada mirándolo, podía sentir su corazón acelerarse cada vez que él la miraba.
—Quizás sea solo curiosidad, pero no puedo evitar sentirme bien, estando contigo. —Dijo Darién apartando la mirada.
—Yo también tengo curiosidad —dijo Aranza acercándose un paso—. Quiero saber si debajo de toda esa ropa cara hay un hombre… o solo una sombra de tu padre.
Él soltó una pequeña risa, más nerviosa que arrogante.
—Supongo que vas a tener que comprobarlo.
El silencio que siguió no fue incómodo… fue denso. Cargado, un hilo invisible que se tensaba con cada respiración. La luz de la luna se filtraba por la ventana, dibujando sombras en el rostro de Aranza.
Darién dio un paso hacia ella, rompiendo esa frontera de cortesía que siempre los había separado. No hubo palabras; en ese silencio, el lenguaje de lo no dicho era mucho más elocuente. Él extendió la mano, rozando apenas con las yemas de sus dedos el contorno de la mandíbula de ella, un contacto tan leve que parecía el aleteo de una mariposa, pero que encendió la chispa en el pulso de ambos.
Cuando sus labios se encontraron con una torpeza dulce, como si ambos estuvieran aprendiendo algo nuevo, Darién tropezó con la esquina de la alfombra.
—¡Cuidado! —alcanzó a decir Aranza, pero ya era tarde.
Él se tambaleó hacia adelante y terminó sosteniéndose torpemente de su cintura para no caer… quedando absurdamente cerca de su cadera.
Por un segundo, se quedaron inmóviles.
Y luego Aranza soltó una carcajada.
Una risa genuina, luminosa, que llenó todo el departamento.
Darién la miró, entre avergonzado y divertido.
—No te rías, esto fue claramente una estrategia de seducción avanzada.
—Claro —respondió ella, sin poder dejar de sonreír—. Muy sofisticada. Casi te creo.
Ese momento rompió todo.
La tensión, la distancia, las etiquetas.
Darién acarició su mejilla, Aranza cerró los ojos, entregándose a la calidez de ese roce. La vulnerabilidad que tanto intentaba ocultar se desbordó en un suspiro.
—No debería estar aquí —susurró él, aunque sus manos, traicionando sus palabras, se aferraron a la cintura de ella.
—Entonces deja de pensar en el "debería" —respondió Aranza contra su piel, con una voz que era una caricia profunda—. Solo por un momento, deja que el mundo deje de existir.
Darién se inclinó, buscando el refugio de su cuello, donde el aroma dulce y ligero de ella —ese que tanto había obsesionado sus pensamientos— lo envolvió por completo, la tomó por la cintura, acercándola lo suficiente para que el latido de sus corazones buscara un mismo ritmo. Fue un encuentro de dos fuerzas que habían intentado rechazarse y terminaron por colisionar. Cuando finalmente sus labios se encontraron, no hubo prisa, solo una exploración lenta y sagrada, un reconocimiento mutuo de que, a pesar de las intrigas, los acuerdos y las sombras, en ese espacio sagrado solo existía la verdad de lo que sentían.
Hubo sonrisas entre cada intento de tomarse en serio, pequeñas risas ahogadas cuando sus frentes chocaban o cuando uno interrumpía al otro sin querer. Sus manos ya no dudaban tanto; se buscaban con curiosidad, con una mezcla de timidez y necesidad.
Darién descubrió que Aranza se estremecía ligeramente cuando él rozaba su espalda con cuidado, como si temiera romper algo delicado. Y ella descubrió que, detrás de toda su seguridad, él cerraba los ojos cada vez que la besaba, como si necesitara sentirlo más intensamente para creer que era real.
—Esto es solo por curiosidad… —murmuró Aranza en algún momento, aunque su voz era más suave, menos convincente.
Darién apoyó la frente contra la de ella, sonriendo.
—Es algo más, pero reconozco que tenemos un trato… curiosidad mutua.
—Ajá… —respondió ella, pero no se apartó.
Bajo la luz tenue de la lámpara, todo se volvió más lento.
Más íntimo.
Las caricias ya no eran exploración apresurada, sino pequeños descubrimientos: la forma en que sus dedos acariciaban su piel, la calidez de su cuerpo, el ritmo compartido de sus respiraciones acercándose poco a poco.
No había prisa.
No había máscaras.
Solo dos personas encontrándose en un punto medio donde ninguno tenía que ser más de lo que era.
Darién dejó de ser el heredero perfecto.
Aranza dejó de ser la chica que siempre estaba a la defensiva.
Y en ese espacio pequeño, imperfecto, con muebles gastados y risas que aún flotaban en el aire… se complementaron sin darse cuenta, la opulencia de su apellido y la oscuridad de sus mundos palidecieron. No eran más que dos náufragos que, por fin, habían dejado de luchar contra la corriente para simplemente dejarse llevar por el otro.
Como si siempre hubiera sido así de sencillo.
Como si, por unas horas, el mundo allá afuera no existiera.
Y por primera vez… ambos se encontraban en el lugar donde querían estar.