Completa
Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.
Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.
Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.
Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.
Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:
Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.
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Capítulo 18 — Tres veces y la mañana
Valeria esta en casa con mi mamá.
Eso fue lo primero que Andrés le dijo cuando apareció en la puerta de la casa de Doña Carmen esa noche con una botella de vino tinto y una expresión que Sofía ya sabía leer.
Andres le preguntó quieres salir?
—¿Sí? — dijo ella, apoyada en el marco de la puerta.
—Sí — dijo él.
Sofía se alistó y en el camino le pregunto a donde vamos, Andrés le dijo a donde pueda hacerte el amor.
Llegando a la casa de Andrés
Llegaron a la sala y Andrés dejó la botella sobre la mesa y la miró — de esa manera suya, directa, sin disimulo, con esos ojos azules que a esta hora de la noche eran casi imposibles — y Sofía entendió que el vino era una excusa y los dos lo sabían desde antes de que él tocara la puerta.
Se acercó a ella despacio.
Le puso las manos en la cintura — abiertas, cálidas, firmes — y la atrajo hacia él sin apuro, como quien recoge algo que ya sabe que es suyo.
—Te extrañé hoy — dijo, en voz baja.
—Nos vimos esta tarde — dijo Sofía.
—Lo sé — dijo él —. Igual te extrañé.
Sofía sintió ese calor expandiéndose desde sus manos hacia adentro.
Lo miró. Levantó la mano y le tocó la mandíbula — por primera vez, con la palma completa, despacio — y sintió exactamente lo que había imaginado tantas veces. Cálido. Firme. Real.
Andrés cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió la miraba con una intensidad que no dejaba espacio para nada más.
La besó.
En la sala.
Empezó despacio — como siempre empezaba él, sin apuro, construyendo — pero esta noche había algo diferente en sus manos. Más urgente. Más hambriento. Como si la semana entera hubiera estado acumulando algo que ya no podía seguir guardando.
Sofía lo sintió y lo recibió completo.
Sus manos en ese torso que ya conocía pero que cada vez descubría diferente — los hombros anchos, la espalda que se tensaba bajo sus dedos, el corazón latiéndole firme y acelerado contra su pecho.
Andrés la recorrió entera con una atención que la hacía sentir la única cosa importante en el mundo.
Cada curva. Cada centímetro.
Con esas manos grandes que sabían exactamente dónde quedaba cada punto que le quitaba el aliento — y que se quedaban ahí, sin apuro, como si tuvieran toda la noche.
Y la tenían.
Sofía enterró los dedos en su pelo oscuro y se rindió completamente — porque rendirse a Andrés Villareal nunca se había sentido como perder. Se sentía como llegar.
Después se quedaron quietos un rato.
Ella contra su pecho. Él con la mano abierta en su espalda. Los dos escuchando el mar afuera y sus propios corazones adentro.
—¿Estás bien? — preguntó él. Como siempre preguntaba.
—Más que bien — dijo ella. Como siempre respondía. pero por dentro estaba adolorida.
Sintió su sonrisa contra su pelo.
Luego su mano se movió despacio por su espalda — arriba, abajo — con una intención que no era descanso.
Sofía levantó la cabeza y lo miró.
Andrés la miraba con esos ojos azules oscurecidos y algo en la comisura de la boca que era casi una sonrisa.
—¿Otra vez? — susurró Sofía.
—¿Tienes algún problema con eso? — dijo él.
Sofía no tuvo ningún problema.
La segunda vez fue diferente.
Más lenta. Más profunda. De esas que no tienen apuro porque los dos saben exactamente lo que el otro necesita y se lo dan sin que haga falta pedirlo.
Andrés se tomó su tiempo — todo el tiempo — con cada parte de ella. Con una paciencia que era en sí misma una declaración. La besó en el hombro. En la clavícula. En el cuello. Encontró cada punto que la hacía perder el hilo de sus propios pensamientos y se quedó ahí — sin prisa, sin distracción — chupandolos como si fuera un bebe recién nacido, hasta que Sofía dejó de pensar completamente.
Y eso, con una bióloga marina acostumbrada a analizar todo, era un logro considerable.
Cuando Sofía pensó que no podía querer más, Andrés demostró que ese límite era mucho más lejos de lo que creía.
Siempre lo demostraba.
quedaron tendidos en la sala con el ventilador girando despacio y el sonido del mar llenando la casa y ninguno de los dos con ganas de moverse.
—Andrés — dijo Sofía, en voz muy baja.
—¿Qué?
—Voy a quedarme.
Silencio.
Andrés se incorporó despacio y la miró. En la oscuridad sus ojos azules brillaban.
—¿Qué dijiste? — preguntó. Como si necesitara escucharlo de nuevo.
—Que me quedo — dijo Sofía —. En Puerto Sereno. Contigo. — Pausa —. Voy a hablar con el instituto. Hay investigación pendiente acá, hay arrecifes que nadie ha estudiado bien, puedo armar un proyecto — lo voy a armar. Pero la razón real eres tú. Y Valeria. Y esto. — Señaló el espacio entre los dos —. Y no quiero irme de algo real para volver a algo que ya no existe.
Andrés la miró durante un momento que duró demasiado.
Y entonces hizo algo que Sofía no esperaba.
Le puso la mano en la mejilla. Despacio. Con esa delicadeza enorme que contrastaba con todo lo grande y firme que era. Y la miró de una manera que no tenía nombre sencillo — que era más que deseo, más que gratitud, más que todo lo que cabe en las palabras que los hombres como Andrés no dicen fácilmente.
—Sofía — dijo. Su nombre en su boca. Como siempre.
—¿Qué?
—Gracias — dijo —. Por elegir esto. Por elegirme.
Sofía sintió eso en cada centímetro de su cuerpo.
Se acercó. Lo besó despacio. Y cuando se separaron Andrés tenía esa expresión — la abierta, la sin paredes, la que era la más verdadera de todas. se levantaron pero sofia no podía caminar, andres la cargo la llevo al cuarto y la acostó en la cama.
—Ahora duérmete — dijo Andres
—Todavía no — dijo élla
Sofia estas adolorida dijo Andres
Sofía respondió, pero me gusta
La tercera vez fue cerca de la madrugada.
Sofía no supo quién empezó — quizás los dos al mismo tiempo, que también pasaba con ellos. Solo supo que se despertó con las manos de Andrés recorriéndola despacio en la oscuridad y que el mundo afuera no existía y que no quería que existiera.
Esta vez no hubo palabras.
Solo el mar afuera. Y ellos adentro. Y el conocimiento profundo de dos personas que ya saben el uno del otro todo lo que importa y se lo dicen sin hablar.
Después Sofía cayó dormida con la cabeza en su pecho y no soñó nada porque no necesitaba — la realidad era suficiente.
La luz entró antes que el ruido.
Sofía abrió los ojos despacio y encontró exactamente lo que esperaba — la ventana con el mar adentro, y Andrés dormido a su lado con un brazo sobre los ojos y el pecho subiendo y bajando con esa calma absoluta de quien duerme sin culpa.
Lo miró un momento.
Pensó en todo lo que había pasado la noche anterior — no solo en el cuerpo, sino en las palabras. Me quedo. Lo había dicho. Y esta mañana, con la luz del amanecer entrando y el mar sonando afuera, seguía siendo verdad.
Más verdad todavía.
Se estiró despacio para no despertarlo.
No lo suficientemente despacio.
Andrés bajó el brazo. Abrió los ojos. La miró.
—Buenos días — dijo, con la voz ronca del sueño.
—Buenos días — respondió ella.
La miró de esa manera. La nueva. La abierta.
—¿Sigues quedándote? — preguntó.
Sofía sonrió.
—Sigo quedándome.
Algo cruzó por su cara que era pura satisfacción tranquila.
Extendió el brazo y la atrajo hacia él — despacio, naturalmente — hasta que ella quedó contra su costado con la cabeza en su pecho y su mano grande y tibia en su espalda.
—Bien — dijo.
Se quedaron así un rato. El café podía esperar. El mundo podía esperar. El mar afuera tenía toda la paciencia del mundo y por una vez Sofía decidió imitarlo.
Fue Andrés quien rompió el silencio.
—Sofía.
—¿Qué?
—La mañana — dijo. Simplemente. Con esa economía de palabras suya que lo decía todo.
Sofía levantó la cabeza y lo miró.
Tenía esa expresión — los ojos azules oscurecidos, la media sonrisa que valía más que cualquier discurso.
—¿Otra vez? — dijo ella.
—La mañana no se puede saltar — dijo él, completamente serio.
Sofía soltó la risa.
Y Andrés — su Andrés callado y de pocas palabras y silencios profundos — la besó con el sol entrando por la ventana y el mar sonando afuera y Puerto Sereno despertando a su alrededor.
Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Porque por primera vez en mucho tiempo, los dos sentían que sí lo tenían.
Esa mañana Sofía no escribió en su cuaderno.
Algunas mañanas tampoco necesitan palabras.
Fin del Capítulo 18 ✨