En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 02
El Mercado de Lenguas no se encontraba en ninguna plaza pública, ni figuraba en los mapas que los cartógrafos reales trazaban con esmero. Era un concepto, un estado de ánimo y, físicamente, una red de cámaras subterráneas situadas bajo los antiguos baños termales de Vesperia. Allí, donde el vapor de las aguas sulfurosas se mezclaba con el humo del opio y las esencias de aceites orientales, la verdad era la única mercancía que se devaluaba con el paso de las horas.
Atraeus se movía por los pasillos de mármol húmedo con la confianza de un depredador en su territorio. El eco de sus botas rítmicas anunciaba su llegada mucho antes de que su figura emergiera de entre las cortinas de vapor. En este lugar, él no era solo un hombre; era el "Arquitecto de Silencios".
Se detuvo frente a una alcoba privada, protegida por una reja de bronce labrado con figuras de sirenas y monstruos marinos. Dentro, un hombre de mediana edad, envuelto en una toga de seda que no lograba ocultar su temblor, lo esperaba con una copa de vino intacta en la mano. Era el joven Lord Casius, un aristócrata cuya familia poseía tierras en el este, pero cuya debilidad por los burdeles masculinos del puerto lo habían puesto en una posición precaria.
—Mi señor Kade —dijo Casius, poniéndose de pie con una torpeza que delataba su pánico—. Pensé que no vendrías.
Atraeus entró en la alcoba y se sentó frente a él, cruzando las piernas con elegancia. Isolda apareció un instante después, colocándose detrás de su silla. Ella no llevaba el vestido de la noche anterior; ahora vestía una túnica translúcida que revelaba las curvas de su cuerpo de manera estratégica, una distracción táctica que Atraeus utilizaba a menudo para desarmar a sus clientes.
—En el Mercado de Lenguas, Casius, el tiempo es lo único que no se puede comprar. Y tú me has hecho perder diez minutos —la voz de Atraeus era suave, pero llevaba el peso de una sentencia—. ¿Tienes lo que acordamos?
—He traído el oro, el doble de lo que pediste —el noble puso una pesada bolsa de cuero sobre la mesa.
Atraeus ni siquiera miró la bolsa. En su lugar, tomó un pequeño estilete de plata que descansaba sobre la mesa y comenzó a limpiar sus uñas con una parsimonia irritante.
—El oro es para los mercaderes de especias y los tratantes de esclavos, Casius. Mi silencio tiene un precio que no se mide en metal.
—Pero... dijiste que querías una compensación.
—Y la tendré —Atraeus levantó la vista, y sus ojos acero parecieron perforar la voluntad del noble—. Quiero el voto de tu padre en el Gran Consejo para el próximo decreto de aduanas. Necesito que las naves que porten mi sello pasen sin inspección por el estrecho de Selene.
Casius tragó saliva. Eso era traición. Si su padre se enteraba de que había comprometido la seguridad de las rutas comerciales para ocultar sus escapadas nocturnas, lo desheredaría o algo peor.
—Eso es... es arriesgado. El Rey Helios está vigilando los puertos.
Atraeus se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal del noble. Isolda puso una mano sobre el hombro de Casius, sus dedos recorriendo su cuello de una manera que podía ser una caricia o una amenaza de estrangulamiento.
—Arriesgado es que mañana por la mañana, tu prometida, la hija del Duque de Varyn, reciba una carta detallando tus visitas al "Ancla de Obsidiana" —susurró Atraeus—. Imagina la vergüenza. El fin de tu linaje. La risa de la corte.
El rostro de Casius se volvió ceniciento.
—Está bien —cedió con voz quebrada—. Tendrás el voto. Lo juraré sobre la tumba de mis antepasados.
—No jures sobre los muertos, Casius. Ellos no pueden recordarte tu deuda. Jura sobre tu propia piel, que es lo que me llevaré si me fallas.
Cuando el noble salió de la alcoba, casi huyendo, Isolda soltó una carcajada melódica y se sentó en el regazo de Atraeus, rodeando su cuello con los brazos.
—Cada vez eres más cruel, mi amor —dijo ella, rozando sus labios con los de él—. Disfrutas viendo cómo se desmoronan por dentro.
—No es crueldad, Isolda. Es arquitectura —respondió él, permitiendo que sus manos recorrieran los muslos de ella bajo la fina tela—. Para construir un nuevo imperio, primero tengo que debilitar los cimientos del viejo. Y los cimientos del imperio de Helios están hechos de hombres como Casius: débiles, viciosos y cobardes.
Antes de que el momento pudiera escalar, un golpe rítmico sonó en el metal de la reja. Tres golpes cortos, uno largo. El código para un cliente prioritario.
Isolda se levantó a regañadientes, recomponiendo su túnica con un gesto de fastidio.
—Es Malakor —anunció ella, mirando a través de la celosía—. Se ve... desaliñado. Peor de lo habitual.