"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 12
La casa de los Del Valle olía a estancamiento. En la pequeña sala, Rebeca sostenía su teléfono con una fuerza que hacía que sus nudillos se pusieran blancos. En la pantalla, la página de chismes de la alta sociedad mostraba la foto principal de la gala de la noche anterior.
—No puede ser ella. ¡Dime que no es ella! —chilló Rebeca, lanzando el teléfono sobre la mesa de centro—. ¡Miren ese vestido! ¡Miren cómo la mira todo el mundo! ¡Es Yaneth!
Su madre, Elena, se acercó y se puso las gafas, entrecerrando los ojos con una expresión de puro asco. La imagen era nítida: Yaneth, con su vestido rojo, lucía imponente, segura, con una belleza que ya no podía ser ignorada. A su lado, Thiago Nova la sostenía por la cintura como si fuera el tesoro más valioso del planeta.
—Esa gorda asquerosa... —susurró Elena, con la voz cargada de un odio que le deformaba las facciones—. ¿Cómo se atreve a lucir así? Seguramente es puro Photoshop. Ninguna dieta hace milagros con ese cuerpo de barril.
—¡Mamá, mira los comentarios! —gritó Rebeca, recuperando el celular—. "La nueva reina de los Nova", "Elegancia en cada curva", "El matrimonio del año". ¡Se supone que ella debía estar sufriendo con un viejo! ¡Ese hombre es un dios y la está defendiendo en público! ¡Dicen que humilló a Matías y a los demás por ella!
El padre de Yaneth entró en la sala, con una botella de whisky a medio terminar. Miró la foto y soltó una risa amarga.
—Esa "gorda", como ustedes la llaman, es la única razón por la que todavía tenemos este techo. Pero verla así... —su mirada se volvió oscura—. Me hierve la sangre. Se cree mucho ahora que tiene el apellido Nova. Tenemos que recordarle de dónde salió. Tenemos que recordarle que no es más que una moneda de cambio que tuvimos que vender porque no servía para nada más.
—Tienes razón —dijo Elena, cruzándose de brazos—. Mañana mismo iremos a esa empresa. Si ella tiene dinero para vestidos de seda y joyas, tiene dinero para nosotros. Vamos a ver cuánto le dura esa pose de reina cuando su verdadera familia aparezca para reclamar lo que nos debe.
Rebeca sonrió con malicia, imaginando la humillación de Yaneth. Lo que no sabían era que la mujer de la foto ya no existía en su mundo de sombras.
Mientras tanto, en la mansión Nova, el ambiente era una olla a presión de una naturaleza muy distinta.
El auto se detuvo frente a la entrada. Thiago y Yaneth bajaron en silencio. Fabián se había ido en otro vehículo tras declarar que necesitaba "dormir tres días seguidos para procesar tanta victoria", dejando a la pareja a solas en la inmensidad de la noche.
Entraron a la casa. Las luces estaban tenues. Yaneth caminó hacia la gran escalera, pero se detuvo en el primer escalón. El silencio entre ellos no era incómodo; era pesado, cargado de todo lo que no se habían dicho en el salón.
—Thiago —dijo ella, girándose. Sus ojos brillaban bajo la luz de los candelabros—. Lo que hiciste hoy... por qué...
Thiago no respondió de inmediato. Se quitó el saco del esmoquin y lo lanzó sobre un sillón. Se desabrochó los primeros botones de la camisa y se acercó a ella. Sus pasos eran lentos, deliberados, como los de un cazador que finalmente ha decidido dejar de huir de su presa.
—Te dije que nadie insulta lo que es mío, Yaneth —su voz era más ronca de lo normal, una vibración que ella sintió en la boca del estómago.
—Pero no soy un objeto, Thiago —respondió ella, dando un paso hacia abajo, quedando casi a su altura—. Me defendiste como si te importara. Me miraste como si... como si realmente me vieras.
Thiago se detuvo a centímetros de ella. El aroma de su perfume, mezclado con el calor de su piel tras la gala, era una droga que estaba pulverizando los últimos restos de su autocontrol. El "Diablo de Hielo" sentía que sus muros se desmoronaban. Recordaba a Lucía, recordaba la traición, pero cuando miraba a Yaneth, veía una pureza y una fuerza que no encajaban en sus prejuicios.
—Ese es el problema, Yaneth —susurró él, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Que te veo. Te veo en el gimnasio matándote de esfuerzo. Te veo en la oficina manejando los números mejor que mis directores. Te veo aquí, ahora, con ese vestido que me ha tenido al borde de la locura toda la noche... y odio lo que me haces sentir.
—¿Qué te hago sentir? —preguntó ella, desafiante, con el corazón galopando contra sus costillas.
—Hambre —respondió él con una crudeza que la hizo temblar.
Sin previo aviso, la mano de Thiago subió a su nuca, enredando sus dedos en su cabello, mientras la otra mano la atrajo por la cintura, pegándola a su cuerpo con una fuerza posesiva.
Y entonces, el beso estalló.
No fue un beso de novela rosa; fue una colisión. Fue el choque de meses de tensión contenida, de desprecio fingido y de una atracción que se había vuelto insoportable. Thiago la besó con una intensidad que le robó el alma, reclamando su boca con una urgencia que decía todo lo que su orgullo le prohibía admitir. Era un beso que sabía a posesión, a fuego y a una desesperada necesidad de borrar todo lo demás.
Yaneth gimió contra sus labios, pasando sus brazos alrededor de su cuello, respondiendo con la misma intensidad. Ya no era la chica tímida; era la mujer que deseaba al hombre de hielo con la misma fuerza con la que él la deseaba a ella. Sus cuerpos encajaban a la perfección, sus curvas contra su firmeza, una danza de fuego en medio de una mansión de mármol.
Thiago la empujó suavemente contra la columna de la escalera, sin romper el beso. Su lengua exploraba cada rincón de su boca, y sus manos recorrían la seda de su vestido, memorizando la forma de sus caderas, de su espalda, de su vida. En ese momento, para Thiago, no existía la traición de su pasado, ni los contratos, ni las deudas. Solo existía Yaneth: el sabor a champán y deseo, la calidez de su cuerpo que gritaba que ella era real, que ella era suya.
Cuando finalmente se separaron para tomar aire, sus frentes quedaron unidas. Thiago tenía los ojos oscuros, cargados de una tormenta emocional que lo asustaba.
—Maldita sea, Yaneth... —jadeó él, con los labios todavía rojos por el contacto—. Te dije que no esperaras amor de mí.
Yaneth lo miró, con los labios hinchados y el vestido ligeramente desordenado, pero con una mirada de absoluta victoria.
—No necesito que me lo digas, Thiago. Tus labios acaban de decir mucho más de lo que tus palabras podrán ocultar jamás.
Thiago se tensó, recuperando una fracción de su máscara. Se apartó un paso, tratando de recuperar el aliento.
—Vete a dormir, Yaneth. Mañana será un día largo.
Él se dio la vuelta y caminó hacia su despacho sin mirar atrás, pero Yaneth vio cómo sus manos temblaban mientras abría la puerta. Ella se quedó allí, tocándose los labios, sintiendo el fuego todavía ardiendo en sus venas.
El "Diablo" se había quemado. Y lo mejor de todo es que él sabía que ella era la única que podía salvarlo del incendio.