Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
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El pulso del secreto y el viento del ogro
El estruendo de las hélices del helicóptero de Alistair Vance cortaba el aire salino de San Pedro del Mar como una guadaña de metal. El aparato negro, brillante y amenazador, aterrizó en un helipuerto privado a las afueras del pueblo, levantando una nube de polvo y arena que obligó a los lugareños a cubrirse los ojos. Antes de que las aspas dejaran de girar, la puerta se abrió y Alistair descendió.
Su presencia era un choque tectónico para la paz del pequeño puerto. Vestía un abrigo de cachemir oscuro sobre su traje, y sus ojos negros escaneaban el horizonte con la intensidad de un depredador que sabe que su presa está a pocos kilómetros de distancia. No venía con un ejército; venía solo con su jefe de seguridad y una determinación que helaba la sangre.
—Señor, el vehículo está listo. Los analistas confirman que la imagen de la cámara fue tomada en la calle principal, hace menos de cuarenta y ocho horas —informó su subordinado.
Alistair no respondió. Caminó hacia el coche negro que lo esperaba, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies vibraba con una energía extraña. El instinto que lo había guiado en sueños se volvió un rugido en su pecho. Podía sentir el rastro de Evie en el aire, como un hilo de seda que lo atraía hacia las colinas que rodeaban el pueblo.
—Busquen en cada posada, cada hostal y cada granja en un radio de veinte kilómetros —ordenó Alistair, su voz siendo un gruñido ronco—. No se detengan hasta que encuentren la puerta tras la cual se esconde mi luz. Y si alguien intenta interferir, aplástalo.
Alistair se sentó en la parte trasera del coche, apretando el cuaderno de dibujos de Evie contra su regazo. Su mente era un torbellino de posesividad y culpa. Estaba tan cerca que casi podía oler su piel. Lo que no sabía era que, mientras él movilizaba su imperio para cercarla, el destino ya había cambiado las reglas del juego.
El santuario del vientre
A unos pocos kilómetros de allí, ajena al despliegue de poder que Alistair acababa de iniciar, Evie se encontraba en el porche de la granja de Asher. El sol empezaba a caer, pintando el cielo de tonos ámbar y violeta que le recordaban a las fotografías que solía tomar cuando era feliz. Pero hoy, Evie no necesitaba una cámara para capturar la belleza. La belleza estaba ocurriendo dentro de ella.
Se sentó en el viejo balancín de madera, dejando que el silencio del campo la envolviera. Por primera vez en meses, el miedo a ser encontrada había sido desplazado por una paz abrumadora, casi sagrada. Sus manos, de forma instintiva y suave, se posaron sobre su vientre aún plano. Sus dedos trazaron círculos lentos sobre la tela de su vestido de lino, buscando conectar con ese pequeño latido que había escuchado en la clínica.
Una sonrisa, la primera sonrisa verdadera y llena de luz en mucho tiempo, iluminó su cara tierna.
—Hola, pequeño —susurró, y su voz sonó como una caricia en el viento—. Eres tú. Eres lo único que no me pudieron quitar.
Evie cerró los ojos y, por un momento, se permitió recordar a Alistair sin el filtro del odio. Recordó la fuerza de sus brazos, la seguridad que sentía cuando él la rodeaba, y la pasión de aquella última noche. Este hijo no era fruto de una traición; era el resultado de un amor que, aunque ahora estuviera roto, había sido lo más real que ella jamás había experimentado.
—Eres el mejor recuerdo de tu padre —murmuró, con una lágrima de alegría agridulce resbalando por su mejilla—. Tienes su fuerza, lo sé. Pero tendrás mi libertad. No dejaré que el cristal te encierre. Te protegeré de él, incluso si tengo que esconderme el resto de mi vida.
La sensación de maternidad le otorgó a Evie una fuerza nueva. Ya no se sentía como una víctima en fuga. Ahora era una leona protegiendo a su cría. Sus curvas voluptuosas ahora tenían un propósito divino, y el cansancio que sentía era un sacrificio que aceptaba con devoción. En ese momento, en la quietud de la granja, Evie Morales se sintió invencible.
La vigilia de Asher
Desde la puerta del granero, Asher la observaba. Su cabello negro y liso caía sobre sus hombros, pues se había soltado la coleta para descansar tras la jornada. Sus ojos color gateado estaban fijos en la imagen de Evie acariciando su vientre. Asher sentía una mezcla de admiración y una tristeza punzante. Sabía que la paz de ese momento era un cristal frágil a punto de romperse.
Él había escuchado el helicóptero. Había visto el polvo levantarse en la distancia. Sabía que el ogro de cristal ya estaba pisando su tierra.
—Evie —dijo Asher, acercándose con paso suave para no romper el hechizo de su felicidad—. El aire está cambiando. Ese helicóptero que vimos... no ha vuelto a salir del pueblo. Alguien con mucho poder está buscando algo en San Pedro.
Evie levantó la vista, y Asher vio cómo la luz de sus ojos café se transformaba instantáneamente en una determinación feroz. Ella no entró en pánico. Se puso en pie, manteniendo sus manos sobre su vientre, como un escudo humano.
—Es él, Asher. Lo sé. Ha venido por mí —dijo ella, con una calma que sorprendió al chico—. Pero ya no estoy sola. Y no voy a dejar que me encuentre todavía. No hasta que esté segura de que no puede quitarme a mi hijo.
Asher asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
—Esta granja está escondida, pero él tiene recursos que nosotros no imaginamos. Si se queda en el pueblo, tarde o temprano alguien hablará. Tenemos que estar listos para movernos si es necesario.
—Gracias, Asher —susurró ella, tocando el brazo del chico en un gesto de gratitud pura—. Por protegernos.
La noche del cazado
Mientras tanto, en el mejor hotel de San Pedro del Mar, Alistair Vance caminaba de un lado a otro en su suite. Había ordenado que se instalara un sistema de vigilancia en tiempo real que cubría todas las carreteras de salida del pueblo. No podía dormir. Se acercó al ventanal y miró hacia las montañas, hacia donde el rastro de Evie parecía desvanecerse en la oscuridad.
De repente, sintió una punzada en el pecho. No era dolor físico; era esa conexión onírica que se manifestaba de nuevo, pero esta vez con una intensidad eléctrica. Cerró los ojos y pudo verla. No era una imagen clara, pero sintió un calor inusual emanando de ella, una vibración de vida que no había sentido antes. Sus manos se cerraron en puños.
—Estás ahí fuera, Evie —susurró Alistair contra el cristal de la ventana—. Puedo sentir tu corazón... y algo más. Algo que me llama.
Alistair no sabía que estaba a punto de descubrir que su obsesión no era solo por una mujer, sino por el legado que él mismo había sembrado en ella. La cacería se había vuelto personal en un nivel que ni siquiera "El Ejecutor" podía controlar. La luz estaba protegida por un secreto de sangre, y el cristal estaba a punto de descubrir que, a veces, para proteger lo que amas, tienes que dejar de intentar poseerlo.