Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
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EL PRECIO DEL PODER
CAPITULO 12
La victoria en el consejo fue temporal.
Adrian lo supo en el momento en que vio la mirada de Harrington al abandonar el salón.
No era derrota.
Era advertencia.
Tres días después, llegó la segunda ofensiva.
Más sutil.
Más peligrosa.
Una sesión extraordinaria del consejo fue convocada bajo el argumento de “evaluar estabilidad ducal”.
En términos simples: poner a Cassian contra la pared.
El salón estaba más lleno que la vez anterior.
Más testigos.
Más presión.
El magistrado habló sin rodeos.
—Duque Armand, el consejo considera que su juicio ha sido comprometido por influencia emocional indebida.
El silencio fue denso.
Adrian permanecía de pie a su lado, expresión tranquila.
—Se le solicita que, para preservar su título y autoridad territorial, permita la suspensión inmediata del Consorte Valmont mientras continúa la investigación.
No anulación.
Suspensión.
Una palabra elegante para separación forzada.
Cassian no habló de inmediato.
El consejo continuó.
—Si decide mantenerlo a su lado y rechazar la medida, se iniciará proceso para revisar su idoneidad como duque.
Ahí estaba.
La verdadera amenaza.
No era solo Adrian.
Era el título.
El territorio.
El poder.
La herencia de generaciones.
Un murmullo recorrió la sala.
Todos sabían lo que significaba.
Si Cassian lo desafiaba, podrían destituirlo.
Convertirlo en noble sin tierras.
Sin influencia.
Sin ejército.
Adrian dio un paso adelante antes de que el duque respondiera.
—Solicito hablar.
El magistrado asintió con cautela.
Adrian giró ligeramente hacia Cassian.
No como consorte.
Como socio.
—Su Excelencia —dijo con voz clara—, le pido que escoja su poder.
El silencio se volvió absoluto.
Cassian lo miró.
Una sola palabra en sus ojos: no.
Pero Adrian continuó.
—Si me elige a mí, perderá su título. Perderá su territorio. Todo lo que protege.
—Adrian —advirtió en voz baja.
Pero él negó suavemente.
—No vine a este mundo para destruirlo.
Algunas cabezas se inclinaron, confundidas por la frase.
Adrian sostuvo la mirada del duque.
—Elija el ducado.
No fue un sacrificio teatral.
Fue cálculo frío.
Si Cassian perdía su posición, quedaría vulnerable ante los mismos hombres que buscaban aplastarlos.
Sin poder, no podría proteger a nadie.
Ni siquiera a él.
El consejo observaba con atención.
Esperaban una declaración apasionada.
Un desafío.
Pero lo que recibieron fue algo más estratégico.
Cassian habló finalmente.
Cada palabra parecía costarle.
—Acepto la suspensión del Consorte Valmont hasta que concluya la investigación.
El golpe fue seco.
Controlado.
Pero devastador.
Un murmullo de satisfacción recorrió la sala.
Harrington ocultó una sonrisa.
Creían haber ganado.
Adrian inclinó la cabeza con elegancia.
—Agradezco la imparcialidad del consejo.
El magistrado golpeó el mazo.
—El Consorte Valmont será trasladado a custodia preventiva inmediata.
Los guardias se acercaron.
No violencia.
No espectáculo.
Pero la separación fue definitiva.
Cuando las manos de hierro se cerraron sobre sus muñecas, Adrian no resistió.
No miró atrás de inmediato.
Porque sabía que si lo hacía, podría dudar.
Pero cuando finalmente levantó la vista, encontró los ojos de Cassian.
No había frialdad en ellos.
Había tormenta contenida.
Y algo más doloroso.
Obligación.
La celda no era húmeda ni miserable.
Era una habitación de piedra limpia dentro de la torre oriental.
Custodia noble.
Pero prisión al fin.
La puerta se cerró con eco metálico.
Adrian exhaló lentamente.
Sabía que ocurriría.
Sabía que Cassian no tenía elección real.
Si lo desafiaba públicamente, el consejo iniciaría proceso inmediato de destitución.
Y entonces ambos quedarían indefensos.
Encerrado, Adrian se sentó en el pequeño banco de piedra.
No había miedo.
Había espera.
Horas después, pasos firmes resonaron en el pasillo.
La puerta se abrió.
Cassian entró solo.
Los guardias se retiraron a distancia prudente.
Durante unos segundos, ninguno habló.
—Lo siento —dijo finalmente el duque.
Adrian negó con suavidad.
—No.
—Te entregué.
—Protegió su posición.
Cassian dio un paso más cerca.
Las manos estaban tensas a sus costados.
—No era lo que quería.
—Lo sé.
Ese era el punto.
Si hubiera sido indiferencia, dolería menos.
Pero no lo era.
Era sacrificio mutuo.
—No podían quitarte el título —continuó Adrian en voz baja—. Sin él, no tendrías influencia para desmantelar esta acusación.
Cassian lo observó intensamente.
—Creen que cedí por ambición.
—Déjelos creerlo.
El consejo celebraba en ese mismo momento.
Creían haber fracturado el vínculo.
Creían haber obligado al duque a elegir poder sobre afecto.
Pero no entendían la jugada completa.
Adrian se levantó y se acercó hasta quedar frente a Cassian.
La separación física de las rejas parecía menor que la política que los rodeaba.
—¿Confía en mí? —preguntó Adrian.
—Siempre.
Sin vacilar.
Adrian asintió.
—Entonces utilice su posición. Investigue. Presione. Encuentre la fisura.
Cassian apretó la mandíbula.
—No dejaré que esto se prolongue.
—No debe actuar impulsivamente.
Silencio.
La celda era fría.
Pero el espacio entre ellos ardía con tensión contenida.
Cassian extendió la mano a través de los barrotes.
No podía abrazarlo.
No podía tocarlo plenamente.
Pero sus dedos rozaron los de Adrian.
—Te sacaré de aquí.
No fue promesa desesperada.
Fue juramento.
Adrian sostuvo su mano.
—Lo sé.
En el salón del consejo, Harrington brindaba discretamente con otros aliados.
—El duque eligió el poder —comentó uno.
—Era predecible —respondió Harrington—. Todos lo hacen.
Pero había algo que no entendían.
Cassian no había perdido nada.
Había ganado tiempo.
Y Adrian, encerrado, no estaba derrotado.
Estaba esperando.
Esa noche, mientras la luna iluminaba la torre oriental, Adrian apoyó la frente contra la piedra fría.
Había pedido al hombre que amaba que lo dejara atrás.
Y él lo había hecho.
No por falta de sentimiento.
Sino porque ambos sabían que el poder, en ese momento, era la única arma que les quedaba.
El consejo creía que había separado al alfa del omega.
Pero lo que realmente había hecho era empujarlos a una estrategia más peligrosa.
Más calculada.
Más silenciosa.
Y cuando la puerta de esa celda se abriera de nuevo…
No sería para quebrarlo.
Sería para desatar algo que el consejo jamás vio venir.
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨