Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
** Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Palacio 2
El aviso llegó al amanecer, con el sello real en cera dorada. Abigail lo sostuvo entre los dedos unos segundos antes de abrirlo, como si quisiera prolongar el instante. Cuando rompió el sello y leyó que su oficina estaba lista en el palacio, una sonrisa lenta y satisfecha curvó sus labios.
—¿Lo ves, Mila? No era imaginación mía.
Pero no dijo nada más. No sobre él. No todavía.
Su padre se encontraba en el sur del reino, negociando con el duque Wyatt Palmer, un hombre tan influyente como exigente. Abigail sabía que aquella noticia lo llenaría de orgullo. Y también sabía que el impacto sería mayor si la carta partía directamente desde el palacio real.
—Esperaré a llegar.. Que la carta lleve el sello del rey.
El carruaje avanzó por las calles de la capital hasta detenerse frente a las altas puertas del palacio. Mila observaba a su señorita con atención, convencida de que en cuanto pusiera un pie dentro, Abigail buscaría cualquier excusa para cruzarse con el rey.
Pero no lo hizo.
Entró con paso sereno, saludó al mayordomo, pidió que la condujeran a su nueva oficina… y ni una sola pregunta sobre Su Majestad.
Mila parpadeó, desconcertada.
—¿No irá a…?
Abigail la miró de reojo, con esa chispa traviesa en los ojos.
—Mila, si voy corriendo a verlo el primer día, ¿qué pensará? Debo hacerme la interesante.
Mila abrió la boca, la cerró y finalmente negó con la cabeza, murmurando algo que sonaba sospechosamente a una oración.
La oficina estaba en el ala este del palacio, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde. Cuando Abigail cruzó el umbral, se quedó inmóvil.
Era hermosa.
La estancia estaba bañada por una claridad cálida que hacía brillar el suelo pulido. Las paredes estaban revestidas con paneles de madera oscura finamente trabajada. El escritorio era amplio, elegante, con cajones tallados y herrajes dorados. Sobre él descansaban plumas nuevas, tinta fresca y papel de excelente calidad.
Pero lo que más llamó su atención fue el mueble junto a la pared lateral.
Era grande, imponente, con puertas de cristal tallado. En su interior descansaban finas copas de cristal, delicadas, perfectamente alineadas. Algunas eran altas y estilizadas.. otras más redondas, ideales para tintos intensos. La madera del mueble tenía detalles en rojo profundo, casi vino, que resaltaban con un brillo sobrio y distinguido.
Abigail se acercó lentamente, pasando la yema de los dedos por la superficie pulida.
Rojo.
Como el vino Stevens.
Como el sello que había recibido esa mañana.
Como si cada detalle hubiese sido pensado no solo para una comerciante… sino para ella.
Sintió un leve cosquilleo en el pecho.
—No es casualidad —susurró.
El rey había preparado documentos impecables, había dispuesto una oficina estratégica dentro del palacio… pero aquello era diferente. Las copas. El color. La luz que entraba justo en esa dirección, iluminando el cristal como si invitara a brindar.
Pensó en la forma en que él la miraba. En esa mezcla de firmeza y algo más difícil de ocultar.
—Ha pensado en cada detalle.. Y sobre todo… ha pensado en mí.
Se sentó finalmente en el escritorio, tomó la pluma y comenzó a escribir a su padre.
Le contó que el vino Stevens sería representante oficial en el palacio y en los negocios reales. Le explicó las condiciones, adjuntó los documentos que el rey le había preparado en aquella primera reunión. Su letra era firme, elegante, segura.
Pero entre líneas, en el entusiasmo de sus palabras, había algo más.. orgullo.
Cuando terminó, selló la carta con cuidado.
Mila la observaba desde la puerta.
—Está feliz —dijo suavemente.
Abigail levantó la vista.
—Estoy exactamente donde debo estar.
Y mientras el sol descendía lentamente, tiñendo de oro la oficina, en otra parte del palacio el rey también pensaba en ella.
Se preguntaba si habría ido a verlo.
Si le habría gustado la oficina.
Si habría notado el color rojo.
Sonrió apenas, imaginándola recorriendo el lugar con esa expresión viva, curiosa, imposible de ignorar.
Por supuesto, Abigail no se encargaba de los detalles técnicos de las ventas del vino Stevens. No revisaba inventarios ni calculaba rutas de distribución. Esa labor recaía en el señor Harrow, un hombre mayor de manos firmes y mirada meticulosa que llevaba décadas administrando las cifras de la familia.
—Yo solo soy la promotora.. El encanto y las palabras bonitas. Las cuentas se las dejamos a quien sabe hacerlas.
Y lo decía sin falsa modestia. Sabía perfectamente cuál era su talento.. abrir puertas, sostener miradas, convertir una conversación en una oportunidad.
Aquella tarde, ya instalada en su nueva oficina del palacio, revisó algunos documentos, ordenó los contratos preliminares y redactó observaciones para los ministros de comercio. Sus movimientos eran pausados, deliberados. No tenía prisa.
De hecho, cuando terminó lo esencial… no se levantó.
Miró el reloj de pie junto a la pared. Aún era temprano.
Se acomodó mejor en la silla, abrió un libro de registros y comenzó a escribir notas adicionales que no eran estrictamente necesarias, pero sí útiles para aparentar una carga de trabajo considerable.
[Que se note que trabajo hasta tarde]
Mila la observaba desde una silla lateral, intentando descifrar hasta qué punto aquello era estrategia comercial… y hasta qué punto era estrategia romántica.
Abigail dejó algunos documentos perfectamente organizados en una carpeta con el sello Stevens, acompañados de una nota elegante dirigida a los ministros de comercio del reino, solicitando su revisión formal. Todo estaba impecable, profesional, serio.
Exactamente la imagen que debía proyectar.
Cuando el sol comenzó a caer, tiñendo de ámbar los detalles rojos del mobiliario, Abigail cerró con suavidad el cajón del escritorio.
—Es suficiente por hoy.
Se levantó con calma, acomodó su vestido frente al espejo, retocó apenas su peinado y recorrió la oficina con una última mirada satisfecha.
—Mañana volveremos..
Y sin preguntar por el rey.
Sin enviar aviso.
Sin buscar coincidencias.
Simplemente salió del palacio con la misma serenidad con la que había entrado.
En otra ala del edificio, el rey ya sabía que ella estaba allí.
Nada en el palacio ocurría sin que le informaran. Le habían dicho que la señorita Stevens había pasado la tarde en su nueva oficina, que había enviado documentos a los ministros, que permanecía aún trabajando.
Él había disimulado la satisfacción con un gesto neutral.
Pero en cuanto quedó solo, se preparó.
No con ostentación. No era necesario. Ajustó su chaqueta, pidió que no lo interrumpieran durante un rato y eligió, con una atención que jamás habría admitido en voz alta, el despacho secundario más cercano al ala este.
Se dijo a sí mismo que era coincidencia.
Que simplemente debía revisar unos asuntos.
Que, si ella pasaba… podría saludarla con naturalidad.
El tiempo transcurrió.
Un asistente entró.
—Majestad, la señorita Stevens se ha retirado del palacio.
Hubo un segundo de silencio.
El rey mantuvo el rostro impasible, pero algo en su mandíbula se tensó apenas.
—¿Se ha retirado? —preguntó con tono neutro.
—Sí, Majestad. Hace unos minutos.
Asintió despacio.
—Entiendo.
El asistente se retiró.
Y entonces, solo, el rey dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Había esperado verla. Aunque fuera un instante. Un saludo formal. Una excusa mínima.
En cambio, ella había venido, trabajado, cumplido… y se había marchado.
Sin buscarlo.
Sin provocarlo.
Sin concederle ni siquiera la oportunidad de fingir casualidad.
Una mezcla inesperada de decepción y algo más profundo.. se instaló en su pecho.
Sonrió lentamente.
—Interesante…
Si aquello era una estrategia, estaba funcionando.
Porque ahora no solo quería verla.
Ahora estaba ansioso por hacerlo.