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Donde El Amor No Era Suficiente: El Arte De Empezar De Nuevo

Donde El Amor No Era Suficiente: El Arte De Empezar De Nuevo

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños / ABO / Viaje En El Tiempo / Autosuperación
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Hanabi Montano

Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.

Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.

Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.

NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: El puente y la grieta

La oficina de Sergio estaba en un edificio de cristal y acero en el polígono empresarial, a veinte minutos del estudio de Adrián. No era la primera vez que iba, pero sí la primera que iba sin invitación, sin excusa, sin nada más que la necesidad de mirar a los ojos a su primo y decirle: "estoy aquí".

Había llamado tres veces por la mañana. Sergio no contestó. Había enviado un mensaje a las diez:

"¿Puedo pasarme a mediodía? Necesito hablar contigo."

A las once y media, la respuesta:

"Venga."

Una palabra. Fría. Escueta. Pero era una puerta entreabierta.

Adrián aparcó el coche frente al edificio y respiró hondo. El aire olía a asfalto caliente y a escape de coches, ese olor tan característico del polígono a mediodía. Se miró en el espejo retrovisor un instante: los mismos ojos color miel, el mismo remolino testarudo en la nuca, la misma cicatriz diminuta en el dedo. Pero detrás de esos ojos, todo era diferente.

—Vamos allá —susurró.

Subió en el ascensor hasta la planta catorce. Las puertas se abrieron y se encontró en un recibidor minimalista, con una recepcionista que lo miró con curiosidad.

—Sergio Guerrero, por favor.

—¿Usted es?

—Soy su primo.

La recepcionista asintió y marcó una extensión. Unos segundos después, señaló hacia el pasillo.

—Despacho 14-B. Al fondo a la izquierda.

Adrián caminó por el pasillo. Las paredes eran blancas, el suelo de cemento pulido, todo muy moderno, muy funcional, muy Sergio. Se detuvo frente a la puerta, llamó dos veces.

—Adelante.

La voz de Sergio sonaba cansada, o tensa. O las dos cosas.

Adrián abrió la puerta.

El despacho era pequeño pero ordenado. Una mesa con dos pantallas, papeles apilados con precisión milimétrica, una estantería con libros técnicos y una ventana que daba a la ciudad. Y Sergio, de pie junto a la ventana, de espaldas, con las manos en los bolsillos. No se volvió al principio, solo se quedó allí, mirando el paisaje, como si Adrián no hubiera entrado.

—Sergio.

—Cierra la puerta.

Adrián obedeció. El sonido del pestillo al encajar resonó en el silencio.

Sergio se volvió por fin. Tenía el pelo perfectamente colocado, la ropa impecable, la expresión neutra. Demasiado neutra. Como una máscara.

—¿Qué quieres, Adrián?

—Hablar.

—¿De qué?

—De ti. De nosotros. De por qué llevas semanas esquivándome.

Sergio soltó una risa corta, sin alegría, se sentó detrás de su mesabpero no invitó a Adrián a sentarse. Era un gesto de poder, de distancia, de "esto es mi territorio".

—No te esquivo. Estoy ocupado.

—No me escribes, no contestas mis mensajes. Cuando nos vemos, te vas.

—Ya te he dicho que estoy...

—No me digas que estás ocupado, Sergio. —Adrián dio un paso adelante, sin sentarse, quedando de pie frente a la mesa—. No me mientas. No me trates como si fuera tonto.

Sergio lo miró fijamente. Sus ojos verdes, tan fríos, tan brillantes, parecían querer atravesarlo.

—¿Y qué quieres que te diga? ¿Que estoy bien? No estoy bien. ¿Que tengo ganas de verte? No las tengo. ¿Que quiero que me dejes en paz? Eso sí.

Las palabras golpearon a Adrián como un latigazo. Pero no se movió.

—No te voy a dejar en paz —dijo, y su voz salió más firme de lo que esperaba—. No otra vez.

Sergio arqueó una ceja.

—¿Otra vez?

Adrián se dio cuenta de lo que había dicho. Demasiado cerca de la verdad, demasiado cerca de su primera vida.

—Te he ignorado durante años —corrigió—. Todos te hemos ignorado. En las cenas familiares, en los eventos, en las conversaciones. Siempre estabas ahí, en un rincón, y nadie te miraba. Yo no te miraba.

Sergio apretó la mandíbula. Su aroma cambió ligeramente: la toronja se volvió más amarga, más intensa.

—No necesito tu compasión, Adrián.

—No es compasión. Es... —Adrián buscó la palabra—. Es reconocimiento. Verte. De verdad.

Hubo un silencio. Largo. Incómodo.

—¿Y ahora sí me ves? —preguntó Sergio, y en su voz había un deje de algo que podía ser ironía o podía ser dolor—. ¿Ahora, de repente, te importa tu primo?

—Sí.

La respuesta fue tan directa, tan sincera, que Sergio pareció descolocarse un instante. Parpadeó, y por un momento su máscara se resquebrajó.

—¿Por qué? —preguntó, y esta vez la pregunta era genuina—. ¿Por qué ahora?

Porque sé que me vas a matar, pensó Adrián. Porque sé que el dolor te está consumiendo. Porque en mi otra vida no hice nada y esta vez quiero hacerlo bien.

Pero no podía decirlo.

—Porque te necesito —dijo en su lugar—. Porque estoy harto de ser un adorno en mi propia vida. Porque estoy construyendo algo, un estudio, una carrera, y me gustaría que mi primo estuviera ahí. Porque... —respiró hondo— porque creo que tú también necesitas a alguien.

Sergio lo miró largamente. Sus dedos, apoyados sobre la mesa, dejaron de tamborilear. Por un instante, solo un instante, su expresión se suavizó.

Luego volvió la máscara.

—Bonito discurso —dijo, y su tono era otra vez frío—. Pero no necesito nada. Estoy bien solo.

—No lo estás.

—¿Y tú qué sabes?

—Sé lo que se siente al amar a alguien que no te mira.

La frase cayó como una bomba.

Sergio se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron ligeramente, y por un momento, Adrián vio algo que nunca había visto en él: miedo. Miedo a ser descubierto, miedo a que alguien supiera su secreto.

—¿De qué hablas? —preguntó, y su voz era un hilo.

Adrián se acercó un paso más. Estaba tan cerca de la mesa que casi podía tocarla.

—Hablo de Alejandro.

El nombre flotó en el aire. Sergio no se movió. No respiró. No parpadeó.

—Llevas años mirándolo —continuó Adrián, con voz suave, sin acusación—. En cada cena, en cada reunión, en cada maldito evento. Lo miras como si fuera el sol y tú llevaras toda la vida en la oscuridad.

—No sé de qué...

—No me mientas, Sergio por favor. No me trates como a un idiota.

Sergio se levantó de golpe, la silla chirrió contra el suelo. Su aroma se intensificó, amargo, casi metálico, una feromona de alerta, de defensa.

—¿Y qué si es cierto? —dijo, y su voz temblaba—. ¿Qué quieres que diga? ¿Felicidades, has descubierto mi secreto? ¿Ahora qué? ¿Vas a contárselo a Alejandro para que se ría de mí?

—No voy a contarle nada.

—¿No? —Sergio rió, una risa rota—. Claro que no. Porque eres bueno, ¿verdad? El primo bueno, el omega dulce, el que siempre hace lo correcto. Pues mira, Adrián, no necesito tu bondad, no necesito que me salves. No necesito nada de ti.

—Sergio...

—¡Fuera!

El grito resonó en el pequeño despacho. Sergio lo señalaba con el dedo, y sus ojos verdes brillaban con una humedad que no quería.

Adrián no se movió.

—No me voy —dijo con calma—. No hasta que me escuches.

—No quiero escucharte.

—Da igual. Vas a escucharme igual.

Sergio lo miró con odio, o con algo que se parecía al odio. Pero no dijo nada.

Adrián respiró hondo.

—Yo también lo amé —dijo—. A Alejandro. Durante un año entero, lo amé con todas mis fuerzas. Me levantaba pensando en él, me acostaba soñando con él, vivía para cada migaja de atención que me daba. Y él... —tragó saliva—. Él nunca me miró. Para él, yo era un adorno. Una pieza más en su tablero.

Sergio lo miraba sin parpadear.

—Un día —continuó Adrián—, en un momento muy malo, lo necesité. Lo necesité de verdad y le llamé. ¿Sabes qué hizo? Me colgó. Cuarenta y siete segundos duró la llamada y yo me quedé solo, esperando, deseando, queriendo ser suficiente para alguien que nunca me vería.

—¿Por qué me cuentas esto? —susurró Sergio.

—Porque sé lo que duele. Porque sé lo que es querer ser visto por alguien que no mira. Porque no quiero que tú pases por eso. Porque... —Adrián sintió que los ojos le escocían— porque tú eres mi primo y en mi puta vida anterior me olvidé de ti, y no voy a hacerlo otra vez.

Sergio se quedó quieto, su máscara se había desmoronado por completo. Ahora solo había un hombre roto, de pie tras una mesa, con los ojos brillantes y las manos temblando.

—Vete —dijo, pero esta vez no era una orden. Era una súplica.

Adrián asintió lentamente.

—Me voy, pero voy a volver, porque no estás solo, Sergio. Aunque tú creas que sí.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.

—Y otra cosa: Alejandro no merece tu amor, no merece el mío. No merece que nos rompamos por él. Pero eso... eso tienes que descubrirlo tú solo.

Salió y cerró la puerta tras de sí.

..

El silencio que dejó Adrián al irse era más pesado que cualquier grito. Sergio se quedó de pie, inmóvil, mirando la puerta cerrada. Las palabras de su primo resonaban en su cabeza como campanadas.

"Sé lo que se siente al amar a alguien que no te mira."

"Alejandro no merece tu amor."

"No merece que nos rompamos por él."

Quería odiarlo. Quería odiar a Adrián por venir a su territorio, por removerle las entrañas, por decirle verdades que no quería oír. Pero no podía. Porque en el fondo, muy en el fondo, había algo que Adrián había despertado. Una duda, una pequeña grieta por la que se colaba una pregunta incómoda.

¿Y si tiene razón?

Y entonces, sin querer, apareció otra imagen. Carlos en la cafetería, con su sonrisa fácil, su forma de mirar sin evaluar, su "los genios también necesitan abrazos".

Alguien que te mire sin querer nada de ti.

La frase le golpeó con más fuerza que las de Adrián. Porque Carlos existía, Carlos era real. Carlos lo había mirado así, y él, Sergio, había sentido algo. Algo que no sabía cómo llamar.

Dos caminos. Dos formas de ser visto.

Uno era Alejandro. El dolor, la obsesión, la necesidad de ser suficiente para alguien que nunca se conformaba con nada.

El otro era Carlos. La calidez, la sencillez, la posibilidad de existir sin tener que demostrar nada.

Pero el dolor por Alejandro seguía ahí. Quemaba. Exigía. No se iba por más que Carlos le hubiera ofrecido un refugio.

¿Y si el problema no es que no me miren? ¿Y si el problema es que solo quiero que me mire la persona equivocada?

La pregunta volvió, más fuerte que nunca. Sergio se dejó caer en la silla, agotado. Apoyó los codos en la mesa y se cubrió la cara con las manos. Su aroma, ya sin control, perdió toda contención. La toronja amarga se disolvió, el cedro se ablandó, y por un momento, solo un momento, Sergio olió a algo que no había olido en años: a sí mismo. Al niño que fue, antes de la obsesión, antes del rencor, antes de perderse.

Pero cuando bajó las manos, el niño ya no estaba. Solo había un hombre roto, sentado en su despacho, preguntándose qué demonios hacía con su vida.

El teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de Carlos.

"Oye, ¿has comido? Dime que no te saltaste el almuerzo otra vez. Te debo una cerveza, ¿recuerdas?"

Sergio miró la pantalla. La luz iluminó su rostro en la penumbra del despacho.

Carlos. Siempre Carlos. Preocupándose sin razón, escribiendo a deshora solo para recordarle que existía una próxima vez.

Sus dedos temblaron sobre el teclado.

"No he comido. Y no, no me he olvidado."

La respuesta llegó inmediata:

"Pues mañana a las 8. El mismo sitio. Te espero."

Sergio dejó el teléfono y miró por la ventana. La ciudad brillaba allá afuera, indiferente.

Un camino llevaba a Alejandro. El otro, a Carlos. Y él seguía sin saber cuál elegir.

Pero mientras el dolor por Alejandro seguía quemando, el mensaje de Carlos le había dado algo que no esperaba: una pequeña luz en la oscuridad.

No era suficiente, no aún. Pero era algo.

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Maru19 Sevilla
Buenísimas tus 2 novelas, te digo en tus publicaciones me tienes enganchada👏👏👏👏
Lorena Vásquez
espero que te des cuenta que quien te mueve el piso es Carlis ya deja de lado tu obsesión y. esta reunión te puede ayudar a tu éxito profesional 🥰🥰🥰🥰🥰
Lorena Vásquez
cuando todo acabe y estés solo te sentirás peor por haber perdido a Adrian y a Carlos tu oportunidad de amar y ser amado
Lorena Vásquez
Sergio Sergio 😱😱😱😱😱 todos nos equivocamos pero es de sabios corregir y tu puedes corregir lo que as hecho no es tarde😱😱😱😱
Maru19 Sevilla
Que menso, va a pagar una fuerte factura 🤭
Lorena Vásquez
Alejandro Alejandro no lo pienses tanto Adrian se merece algo mejor que tú 🤔🤔🤔🤔🤔🤔
Maru19 Sevilla
Tus 2 novelas son encantadoras
Lorena Vásquez
Adrian espero de verdad no te vuelva a interesar Alejandro y caigas en el cliché del perdón y enamoramiento mira hacia otro lado y se lo que quieres ser
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
Lorena Vásquez
Adrian demuéstrale de que eres capas y que no estas solo .....Alejandro no te merece 😈
Lorena Vásquez
Ignacio si no tuviste el valor para ser igual a ru hermano como puedes imponer lo que te impusieron tus padres 🤔🤔🤔
Lorena Vásquez
si trabajan juntos podrían heredar también juntos 🤔🤔🤔
Lorena Vásquez
espero que después de esta conversación puedas darte una oportunidad de ser tu mismo y poder amar y ser amado Sergio te lo debes a ti mismo 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Ojalá vea a Carlos, se merece que lo amen bien 👏👏👏
Lorena Vásquez
gracias por tu actualización 🥰
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕
Maru19 Sevilla
Gracias por actualizar, autora 🥰🥰🥰🥰
Lorena Vásquez
que bueno capítulo Sergio está reaccionando y Carlos es el punto que le faltaba espero que tenga una oportunidad de olvidar a Alejandro y ser solo el mismo 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰💕💕💕💕💕💕
Maru19 Sevilla
Me gustó mucho tu novela, Hanabi espero que pronto publiques más capítulos 🥰🥰🥰🥰🥰👏👏👏👏👏
Hanabi Montano: Gracias por leer 🥰🥰
total 1 replies
Maru19 Sevilla
El menso de Adrián está perdiendo el tiempo, ya debería de cortar el compromiso con el estéril emocional de Alejandro y no ponerse en riesgo!
Maru19 Sevilla
Yo ya lo hubiera dejado y que el primo haga su lucha con el Alejandro
Maru19 Sevilla
Yo hubiera cancelado el compromiso luego luego 👌
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