Ella renace en una época mágica.. en el cual su familia la humilla, por lo que decide irse y cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico *
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Entrenamiento 2
Los días se convirtieron en semanas.
Y las semanas en una disciplina silenciosa.
Leilani sabía algo que no podía ignorar.. había perdido dieciocho años.
Dieciocho años que, en circunstancias normales, habrían sido de aprendizaje guiado. De correcciones suaves. De errores supervisados por su madre. De fundamentos sólidos construidos desde la infancia.
En cambio, ella estaba empezando desde cero.
Con un libro antiguo.
Con intuición.
Con terquedad.
Al principio, cada avance era pequeño y agotador.
Crear una rama recta le dejaba la cabeza pesada. Hacer crecer un arbusto completo la obligaba a sentarse varios minutos para recuperar el aliento. Su maná era inestable.. a veces fluía con facilidad, otras parecía bloquearse como si algo interno dudara.
Había días en que la madera respondía dócilmente.
Y otros en que se resquebrajaba apenas intentaba moldearla.
El libro explicaba que el maná era como un músculo.
Si no se usa, se atrofia.
Si se usa demasiado sin preparación, se daña.
Si se entrena con constancia, se fortalece.
Así que ella hizo lo único que sabía hacer bien.
Constancia.
Se levantaba antes del amanecer, incluso cuando el cuerpo pedía descanso. Incluso cuando la lluvia convertía el camino en barro. Incluso cuando el frío le entumecía los dedos.
Montaba su caballo.
Entraba al bosque.
Y comenzaba de nuevo.
Primero, meditación.
Aprendió que no podía forzar el crecimiento. Cuando intentaba imponer su voluntad con ansiedad, la energía se dispersaba. En cambio, cuando respiraba al ritmo del viento, cuando escuchaba el crujir natural de los árboles, la magia fluía con más armonía.
Luego, ejercicios básicos.
Brotes pequeños.
Raíces superficiales.
Tallos flexibles.
Después pasó a la resistencia.. mantener una creación estable durante varios minutos sin que se desintegrara.
Al inicio, una figura de madera duraba treinta segundos.
Luego un minuto.
Luego cinco.
Hubo un día en que logró mantener un banco pequeño de madera sólida durante media hora completa.
Se sentó sobre él.
Y no se rompió.
Ese día, sonrió como si hubiera conquistado un reino.
Pero no todo era éxito.
Una mañana intentó acelerar el proceso, quería formar una lanza de madera endurecida. Forzó el flujo de maná más allá de lo prudente.
El resultado fue inmediato.
Un dolor punzante en la sien.
La visión se le nubló.
La lanza se quebró a la mitad y el retroceso energético la hizo caer de rodillas.
Aprendió.
No era solo voluntad.
Era equilibrio.
El bosque le enseñó paciencia.
También comenzó a notar cambios en sí misma.
Sus movimientos eran más firmes.
Su postura más erguida.
Su mirada más segura.
La antigua Leilani había sido frágil porque no tenía propósito.
Ella tenía uno.
No necesitaba alcanzar el nivel de una super maga en meses.
Necesitaba mejorar cada día.
Un poco.
Siempre un poco.
A veces, mientras descansaba apoyada contra un árbol, pensaba en esos dieciocho años perdidos.
Pero ya no lo hacía con amargura.
Pensaba..
[Sí, perdí tiempo. Pero estoy viva.]
Y mientras estuviera viva, podía avanzar.
La magia de madera no era violenta.
Era persistente.
Y ella también.
Así continuó.
Día tras día.
Brotes más fuertes.
Formas más precisas.
Control más estable.
No era fácil.
Pero Leilani Baston nunca había elegido el camino fácil.
Había elegido el camino que la hacía libre.
Y cada amanecer en el bosque era una declaración silenciosa..
[No soy débil.. Estoy en proceso..]
El libro no solo hablaba de técnica.
Hablaba de intención.
Una mañana, sentada en el suelo y el texto abierto sobre las rodillas, Leilani encontró una frase subrayada con tinta antigua, probablemente por su madre..
“La madera no obedece solo a la fuerza del maná. Responde al propósito. La forma que adopta está guiada por lo que el mago comprende y ama.”
Se quedó mirando esas palabras largo rato.
Responde a lo que comprende.
Responde a lo que ama.
Hasta ahora había estado intentando crear formas básicas.. esferas, bancos, estacas, herramientas simples. Todas útiles. Todas prácticas.
Pero ninguna tenía significado para ella.
Cerró el libro lentamente.
¿Qué comprendía profundamente?
¿Qué amaba?
Y entonces, como si una puerta se abriera dentro de su memoria, recordó.
Su primera vida.
El taller universitario.
El olor a madera cortada.
Las noches sin dormir.
Su primer proyecto real de diseño.. un caballo de Troya en miniatura, pero funcional. No solo una figura estática. Debía moverse. Las ruedas ocultas debían girar suavemente. Las proporciones debían ser equilibradas. La estructura interna debía sostener el peso sin deformarse.
Recordó las decenas de bocetos.
Las hojas arrugadas.
Los intentos fallidos.
El orgullo cuando finalmente lo logró.
Había sido la primera vez que sintió que algo creado por sus manos tenía alma.
Al amanecer del día siguiente, fue al bosque.
No empezó con ejercicios básicos.
Se sentó en el claro donde entrenaba y cerró los ojos.
No pensó en “crear madera”.
Pensó en diseñar.
Visualizó el caballo.
La estructura interna primero.
El eje de las ruedas.
La curvatura del cuello.
La inclinación de las patas.
La proporción entre cuerpo y base.
Como en la universidad, empezó por dentro.
Su respiración se hizo lenta.
El maná comenzó a fluir, pero esta vez no lo forzó. Lo dejó deslizarse como si estuviera dibujando en el aire.
Sintió las raíces bajo tierra vibrar suavemente.
Sintió la energía subir por sus brazos.
No ordenó.
Construyó.
Láminas de madera comenzaron a surgir del suelo, finas al principio, luego más densas. No brotaban caóticamente como antes.. se ensamblaban. Se articulaban. Se unían como piezas que ya conocían su lugar.
Las ruedas tomaron forma con precisión circular.
El cuerpo se elevó con curvas suaves.
La cabeza se inclinó con una elegancia casi real.
Lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
No eran de tristeza.
Eran memoria.
Eran reconocimiento.
Era la fusión de sus dos vidas.
La diseñadora de juguetes.
La heredera de magia de madera.
Cuando finalmente abrió los ojos, el corazón le golpeaba el pecho con fuerza.
Frente a ella había un caballo de madera.
Más pequeño que el que hizo en la universidad.
Más refinado en algunos detalles.
Con ruedas perfectamente integradas en la base.
Con líneas limpias y armoniosas.
No era una simple masa moldeada.
Era un diseño.
Era un juguete.
Hecho con magia.
Su primer juguete creado con maná.
Se levantó lentamente y lo tocó con cuidado, como si pudiera romperse.
No se rompió.
La madera era firme. Estable. Bien ensamblada.
Soltó una pequeña risa temblorosa.
—Lo hice…
Lo abrazó.
No porque fuera necesario.
Sino porque representaba algo más grande.
Ya no estaba intentando copiar hechizos.
Estaba creando desde su conocimiento.
Desde su pasión.
El libro tenía razón.
La magia fluía según sus intereses y comprensión.
Y ella comprendía el diseño.
Comprendía la estructura.
Comprendía el movimiento.
Ese día no entrenó para hacer estacas ni bancos.
Hizo pequeñas figuras.
Un carruaje miniatura con ruedas móviles.
Una caja con bisagras simples.
Una pequeña muñeca articulada de madera pulida.
No todas salieron perfectas.
Pero todas tenían intención.
Cuando regresó a casa, llevaba el caballo con ella.
Lo colocó sobre la mesa y lo observó largo rato.
Sonrió.
Ya no era solo una maga entrenando para sobrevivir.
Era una creadora.
Y en ese bosque, entre raíces y recuerdos, Leilani Baston había encontrado algo más que poder.
Había encontrado la unión de quien fue… y quien estaba destinada a ser.