Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 24 La nota que no cae
La capital no esperaba a nadie.
Ese fue el primer pensamiento de Luca Avenni al bajar del carruaje frente al conservatorio de aprendices. La fachada era amplia, sobria, sin adornos innecesarios. Dentro, el murmullo de pasos y cuerdas afinándose se mezclaba con un olor antiguo a madera pulida y tinta fresca.
—Respira —le dijo la maestra Vittoria—. No tocas para el edificio. Tocas para ti.
Luca asintió, apretando la correa del arpa contra el hombro.
En otro punto del mapa, Alessandro di Ravenna caminaba por el patio del castillo con la misma respiración medida. No era vigilancia. Era hábito nuevo: dejar que el tiempo pase sin forzarlo.
—No camines círculos —le dijo Giovanni—. El castillo no se mueve cuando lo miras así.
—Yo sí —respondió Alessandro—. Y eso ayuda.
En la sala de espera, Luca escuchó fragmentos de otras audiciones. Violines rápidos. Voces afinadas. Un piano que se equivocaba en una nota y retomaba sin disculpas.
—No te compares —murmuró la maestra—. Compárate con tu propio pulso.
Luca cerró los ojos un segundo. Pensó en el pasillo del castillo. En la forma en que el sonido volvía distinto, como si el lugar escuchara con él.
—Luca Avenni —llamaron.
El nombre sonó más grande de lo que se sentía.
El escenario de audición no era un escenario.
Era una sala clara, con tres evaluadores sentados detrás de una mesa larga. No sonreían. No fruncían el ceño. Tomaban notas.
—Cuando quieras —dijo uno, sin levantar la vista.
Luca colocó el arpa. Sus dedos temblaron al principio. No mucho. Lo suficiente para notarlo.
La primera nota salió limpia.
La segunda… se desvió un poco.
Luca respiró. No se detuvo. Ajustó el pulso.
La pieza no fue perfecta.
Fue honesta.
En un pasaje complejo, su dedo resbaló apenas. No detuvo la música. Volvió a entrar un compás después. Sostuvo el final con una claridad que no buscaba aplausos.
Silencio.
Uno de los evaluadores levantó la vista.
—Gracias —dijo—. ¿Podrías tocar el fragmento del segundo movimiento?
Luca asintió. Esta vez, el pulso fue más firme.
Cuando terminó, no hubo aplausos.
Hubo un asentimiento.
—Te avisaremos —dijo la evaluadora del centro—. Has… sostenido bien cuando la nota quiso caerse.
Luca sonrió, pequeño.
—Gracias por dejarla sostenerse —respondió.
Salió con las piernas un poco flojas.
En el castillo, Alessandro decidió no mirar el reloj.
Entrenó suave. Revisó listas. Caminó por el pasillo sin esperar música. Cuando el silencio se volvió pesado, se sentó en la ventana del ala oeste y dejó que el viento hiciera su parte.
—No todo resultado llega con ruido —dijo Giovanni, como si leyera el aire.
—Lo sé —respondió Alessandro—. Estoy practicando creerlo.
El resultado no llegó ese día.
Ni al siguiente.
Luca caminó por la capital con la maestra Vittoria, viendo librerías y pequeños escenarios callejeros. Tocó dos notas para un niño que lloraba. El niño dejó de llorar.
—Eso cuenta —dijo la maestra.
—Cuenta para mí —respondió Luca.
La carta llegó al tercer día.
No era un contrato.
Era una invitación a un programa de formación por temporadas: tres meses en la capital, con regreso al norte entre módulos. No era “irte para siempre”. No era “quedarte para siempre”.
Era coexistir.
Luca sostuvo la carta con una mezcla de alivio y vértigo.
—Puedo volver —dijo—. Y también… ir.
La maestra sonrió.
—Eso es crecer.
En el castillo, el mensaje llegó con un mensajero discreto.
Alessandro leyó la carta dos veces.
Tres meses. Regresos entre módulos.
No era la ausencia total que temía.
No era la quietud total que Luca no quería.
—Eso… se puede caminar —dijo en voz baja.
Giovanni asintió.
—El camino se vuelve hogar cuando hay retorno.
El regreso de Luca fue al atardecer.
No con música.
Con una carta doblada.
—Quedé —dijo—. Pero vuelvo.
—Vuelve —respondió Alessandro.
Se miraron.
—No fue perfecto —añadió Luca—. Me equivoqué en una nota.
—Y sostuviste la siguiente —dijo Alessandro—. Eso te define más.
Luca sonrió.
—No me define. Me acompaña.
Caminaron juntos por el pasillo.
La nota que no cayó se quedó flotando en el aire del castillo.
No como triunfo.
Como forma nueva de estar: ir y volver sin romper el hilo.