Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 23
El aire en los aposentos de la Archiduquesa se volvió tan pesado que parecía difícil de respirar. La mención del nombre de Carlos Crane por parte de Liam fue como un latigazo de realidad que cortó la bruma de pasión que aún envolvía a Zafiro y Ethan. Zafiro sintió un frío glacial, no provocado por el invierno, sino por el recuerdo de una hoja de acero atravesando su corazón en otra vida. Sus manos, que antes acariciaban con ternura el pecho de Ethan, ahora se cerraban en puños con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
—Flora, trae mi vestido de gala. El de seda carmesí con bordados de oro —ordenó Zafiro, su voz era un susurro gélido, pero cargado de una autoridad que hizo que su dama de compañía, que acababa de entrar asustada, se pusiera en movimiento de inmediato—. Y mis joyas de la casa Lawrence. Hoy no recibiré a un invitado; hoy enfrentaré a una serpiente.
Ethan, que ya se había abrochado la túnica y ajustado el cinturón de su espada, la observó con una mezcla de preocupación y un respeto renovado. Se acercó a ella, ignorando por un momento la presencia de Liam en la puerta, y le tomó el rostro entre sus manos.
—Zafiro, mírame —le pidió con suavidad. Cuando ella alzó sus ojos azul profundo, él vio en ellos una tormenta que no pertenecía a una joven de su edad—. No tienes que hacer esto sola. Carlos Crane no es más que un títere de los Bolton. Yo puedo ordenar su ejecución en este mismo instante por difamación a la corona.
Zafiro negó con la cabeza, una sonrisa amarga curvando sus labios.
—No, Ethan. Si lo matas ahora, se convertirá en un mártir ante el Consejo Supremo. Él ha venido con el respaldo de la ley, o al menos con una apariencia de ella. Quiere arrastrar el nombre de los Lawrence por el fango para que los Bolton puedan reclamar nuestras tierras y tu derecho al trono quede invalidado por estar vinculado a una "traidora".
Liam, que observaba la escena con la mandíbula apretada, dio un paso hacia el interior. La sobreprotección que sentía por su hermana pequeña chocaba con la evidente complicidad que ella tenía con el Príncipe.
—Zafiro tiene razón, Alteza —dijo Liam, aunque le costaba llamar así al hombre que acababa de salir de la cama de su hermana—. Padre ya está en el Gran Salón. Está furioso. Crane ha tenido la audacia de entrar con una escolta de veinte hombres de la casa Seaworth. Madre está intentando mantener la compostura, pero esto es un insulto directo a nuestra jerarquía de Archiduques.
...
Treinta minutos después, las puertas dobles del Gran Salón del palacio de los Lawrence se abrieron de par en par. El sonido de los tacones de Zafiro contra el mármol resonaba como tambores de guerra. A su izquierda caminaba su hermano Liam, heredero de la casa, con la mano siempre cerca del pomo de su espada. A su derecha, Ethan Lancaster, el Príncipe Heredero, cuya mera presencia irradiaba una sed de sangre contenida.
En el centro del salón, rodeado por hombres con capas oscuras y el emblema del barco de los Seaworth, se encontraba él.
Carlos Crane.
Se veía exactamente como en sus recuerdos: de estatura media, facciones delicadas que algunos llamarían angelicales, y una sonrisa que fingía humildad pero destilaba veneno. Tenía diecisiete años, la misma edad que Zafiro, pero su mirada carecía de la luz de la juventud; era la mirada de un depredador astuto.
Al ver entrar a Zafiro, Carlos hizo una reverencia exagerada, llevándose la mano al pecho.
—Mi querida Lady Zafiro —dijo Carlos, su voz era suave, melodiosa, la misma voz que en el pasado le había jurado amor eterno mientras conspiraba para exterminar a su linaje—. Es un dolor profundo para mi corazón tener que encontrarnos en estas circunstancias. Pero el deber hacia el Reino supera mis sentimientos personales.
Zafiro sintió una náusea violenta, pero la reprimió con una voluntad de hierro. No permitió que sus ojos flaquearan. Se detuvo a pocos metros de él, frente al trono donde su padre, el Archiduque Dante, y su madre, Malory, observaban con rostros de piedra.
—Guárdese sus sentimientos, Conde Crane —respondió Zafiro, y su voz sonó tan clara y potente que los guardias de los Seaworth retrocedieron un paso—. En esta casa, las palabras de un hombre de rango inferior no tienen peso si no vienen acompañadas de hechos. ¿Bajo qué autoridad se atreve a irrumpir en el hogar de los Archiduques Lawrence durante la noche?
Carlos parpadeó, sorprendido. En sus planes, Zafiro debía ser una niña asustadiza que buscaría su protección. No esperaba esta frialdad. Sacó un pergamino sellado con cera gris, el sello de los Bolton.
—Por orden del Consejo Supremo y bajo la acusación del Gran Maestre, se le acusa de administrar sustancias prohibidas al Rey —declaró Carlos, recuperando su tono de falsa rectitud—. Se dice que ha estado utilizando "alquimia oscura" de la casa Tarth para mantener al Rey en un estado de sopor mientras el Príncipe Lancaster consolida un golpe de estado. Vengo a llevarla a la capital para que sea juzgada por traición.
Dante Lawrence se puso de pie, su imponente figura proyectando una sombra sobre Carlos.
—¡Es un ultraje! —rugió Dante—. Mi hija ha estado cuidando al Rey bajo mi supervisión y la de los mejores sanadores.
—Sanadores que están bajo la nómina de los Lawrence, mi señor Archiduque —intervino uno de los hombres de Carlos, un oficial de los Bolton con una cicatriz que le cruzaba el ojo—. La ley es clara. Si hay sospecha de envenenamiento real, el acusado debe ser puesto bajo custodia de una casa neutral.
Ethan dio un paso al frente, y la temperatura del salón pareció bajar diez grados. Su mano se cerró sobre el cuello de su capa, y su mirada se clavó en la de Carlos con una intensidad asesina.
—¿Neutral? —rio Ethan, una risa seca y peligrosa—. No hay nada neutral en los Bolton ni en un Conde que huele a ambición barata. El Rey está bajo mi protección personal. Si alguien intenta tocar a la Archiduquesa Zafiro, será considerado un acto de guerra contra la corona de los Lancaster.
Carlos no se amedrentó del todo; sabía que tenía las leyes del Consejo de su lado.
—Príncipe Ethan, su implicación emocional con la acusada solo refuerza la teoría del golpe de estado. Si se resisten, el Reino entero verá a los Lawrence como rebeldes. ¿Es eso lo que quiere para su familia, Lady Zafiro? ¿Ver a sus padres en la horca por su imprudencia?
Zafiro dio un paso hacia Carlos, ignorando las advertencias de Liam. Se acercó tanto que pudo oler el perfume de lavanda que él usaba, el mismo olor que ella solía asociar con el romance y que ahora asociaba con la muerte.
—Hablas de leyes y justicia, Carlos Crane —susurró Zafiro, con una voz que solo él y Ethan pudieron oír—. Pero olvidaste un detalle. Yo no soy la niña que creías conocer. Sé quién te envió. Sé qué te prometió Roose Bolton. Y sé exactamente qué hay en el fondo de ese carruaje en el que viniste: frascos de veneno con el sello de los Lawrence que planeabas "encontrar" en mis aposentos mañana por la mañana.
Los ojos de Carlos se abrieron de par en par. El color desapareció de su rostro. ¿Cómo podía ella saber eso? Era imposible. Sus planes habían sido discutidos solo en la oscuridad de las fortalezas de los Bolton.
—No sé de qué habla, milady... —tartamudeó él, pero su máscara de inocencia empezó a agrietarse.
Zafiro se giró hacia el resto del salón, su vestido carmesí ondeando como una bandera de sangre.
—¡Padre! ¡Hermano! —llamó con fuerza—. El Conde Crane afirma que estoy envenenando al Rey. Yo afirmo que él trae pruebas falsas en su comitiva. Marcus, lleva a doce de nuestros mejores hombres. Registren cada centímetro de los carros de la escolta de los Seaworth. Si encuentran algo que no pertenezca a esta casa, el Conde será arrestado por perjurio y conspiración.
—¡No pueden hacer eso! ¡Tengo inmunidad diplomática! —gritó Carlos, su voz perdiendo toda su melodía.
—En mis tierras, yo soy la ley —sentenció Dante Lawrence, haciendo una señal a Marcus—. Hagan lo que mi hija ordena.