Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 19: El Pacto de las Sombras
El silencio en la sala tras el estallido del cristal era asfixiante. Leo miraba a Adrián con una mezcla de dolor y furia. Su aroma a eucalipto se sentía como una tormenta eléctrica, cargado de la amargura de haberse sentido excluido.
— Me ocultaste que el peligro era real —dijo Leo, su voz baja pero vibrante—. Me dejaste creer que estábamos a salvo mientras tú contabas los secretos de tu familia en la oscuridad.
Adrián dio un paso hacia él, con los ojos empañados. Su aroma a pino estaba quebrado, soltando notas de una resina desesperada.
— No quería contaminar tu paz, Leo. Acababas de recuperar a tu madre, acabábamos de ser felices... No quería que cargaras con los pecados de mi abuelo.
Leo soltó un suspiro pesado y, para sorpresa de Adrián, no retrocedió. En lugar de eso, dio un paso adelante y tomó el rostro de Adrián entre sus manos, obligándolo a sostenerle la mirada.
— Entiéndelo de una vez: ya no hay "tus problemas" y "mis problemas". Si los Thorne vienen por tu cabeza, vienen por la mía. Si me ocultas la verdad, me dejas sin armas para protegerte. No vuelvas a dejarme fuera de tu guerra.
Adrián asintió, dejando caer una lágrima. El pino y el eucalipto se entrelazaron de nuevo, esta vez con una nota de hierro y determinación. El miedo se transformó en estrategia.
La Estrategia: El Contragolpe
Se reunieron en la mesa de la biblioteca: Adrián, Leo, Samuel y Xavi. Sobre la mesa, el viejo servidor de madera y cobre lucía como una reliquia maldita.
— Valerius Thorne no es como Julian —explicó Samuel, su voz cargada de cansancio—. Julian era un niño caprichoso con dinero. Valerius es un mercenario del mercado negro. Ha pasado treinta años construyendo un imperio en las sombras de Europa. Si está aquí, no es para pedir una disculpa; es para ejecutar una sentencia.
Leo examinó el servidor antiguo. Sus dedos de programador buscaron algo que los demás no veían.
— Este servidor no es solo un mensaje —dijo Leo, sus ojos verdes brillando con intensidad—. Está activo. Valerius no tiró esto solo para romper un vidrio; lo tiró porque este hardware antiguo usa una frecuencia analógica que nuestros firewalls modernos no detectan. Es un caballo de Troya físico. Está transmitiendo todo lo que decimos en esta habitación.
Adrián se tensó, pero Leo le hizo una seña para que guardara silencio. Leo sacó su tableta y empezó a escribir rápidamente, mostrándole la pantalla a Adrián: "No hables. Vamos a darle lo que quiere oír mientras yo rastro su ubicación real".
Adrián entendió de inmediato. Cambió su aroma de miedo a uno de toronja autoritaria, fingiendo una discusión.
— ¡Entonces hay que dárselo, papá! —gritó Adrián para el micrófono oculto—. Mañana a primera hora transferiremos las patentes originales al almacén de la zona portuaria. ¡No quiero más ataques a mi familia!
Mientras Adrián fingía el colapso, los dedos de Leo volaban sobre la pantalla, siguiendo la señal de radio que el servidor emitía hacia afuera. El eucalipto de Leo se volvió ahumado y afilado, el aroma de un Alfa que ha localizado a su presa.
— Te tengo —susurró Leo, mostrándole un punto rojo en el mapa de la ciudad.
Valerius no estaba en un hotel de lujo. Estaba escondido en el antiguo orfanato donde Julian y él crecieron antes de la ruina de los Thorne. Un lugar cargado de odio y recuerdos.
Leo miró a Adrián. Ya no había secretos. Solo un plan.
— Mañana tú irás al puerto con el señuelo —dijo Leo—. Pero yo iré al orfanato. Voy a cortarle la cabeza a esta serpiente antes de que pueda tocarte.