Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 18
Nanami entró a la mansión como un huracán de furia contenida. Sus pasos retumbaban en el mármol del recibidor mientras sus manos temblaban al borde de la explosión.
—¡Imbécil! —gritó, su voz resonando en las paredes—. ¡Agradece que solo tienes esos abdominales sexys!
Maya, que la esperaba con una bandeja de té, dio un salto hacia atrás.
Hanako, su mejor amigo y representante, levantó la vista del móvil desde el sofá donde estaba sentado con las piernas cruzadas. Con su traje impecable y el cabello perfectamente peinado hacia atrás, arqueó una ceja con esa calma que solo él poseía después de años lidiando con los arranques de Nanami.
—Lo único bueno que tienes son tus abdominales —continuó Nanami, dando vueltas como una fiera enjaulada—. ¡Maldito animal insensible!
Tomó un florero del recibidor y lo lanzó contra la pared. El cristal estalló en mil pedazos junto con el agua y las flores.
Maya y Hanako esquivaron los fragmentos con reflejos entrenados por años de convivencia con Nanami.
—¡Por Dios, Nanami! —exclamó Hanako, protegiéndose la cabeza con su maletín—. ¡Eso era caro!
Otro florero. Más cristales rotos.
—¡Señorita, por favor! —suplicó Maya—. ¡Ese era un regalo de su abuela!
Nanami se congeló. Miró los restos del florero en el suelo y su furia se transformó instantáneamente en culpa.
Se quedó parada en medio de la sala, respirando entrecortadamente, con los hombros hundidos y la mirada perdida.
Hanako se levantó del sofá con la elegancia que lo caracterizaba y caminó hacia su mejor amiga con pasos lentos y calculados.
—¿Ya te calmaste? —preguntó con voz suave, aunque sus ojos delataban preocupación.
Nanami levantó la vista. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. El labio inferior le tembló.
Y entonces rompió a llorar.
Hanako la envolvió en sus brazos sin dudarlo, atrayéndola contra su pecho con la naturalidad de quien ha hecho esto miles de veces desde que eran adolescentes.
—¿Por qué? —preguntó Nanami entre sollozos, aferrándose a su mejor amigo como si fuera un salvavidas—. Yo solo quiero amor. Pero siempre termino sintiéndome abandonada.
La voz se le quebró en mil pedazos.
—¿No merezco amor, Hanako? ¿No soy suficiente?
Había una sensación de abandono tan profunda en su corazón que dolía físicamente. Una falta de comprensión de sí misma que la carcomía desde dentro. ¿Qué tenía de malo? ¿Por qué la gente siempre se iba?
Primero su madre, cuando ella era apenas una niña. La primera en irse. La primera en abandonarla sin explicación, sin despedida, dejando un vacío que nunca pudo llenar.
Después su abuela, la única figura materna que conoció, la que la consolaba cuando lloraba por su madre, la que le enseñó a ser fuerte. También se fue.
Luego Takumi. Diez años de amor, de promesas, de planes a futuro. Diez años convertidos en humo frente al altar.
Y ahora...
—Nanami —la voz de Hanako la sacó de sus pensamientos—. Respira. Estoy aquí.
Maya observaba desde la esquina, con el corazón encogido, sosteniendo la escoba que había ido a buscar. Nunca era fácil ver a su señora así, tan rota, tan pequeña a pesar de su fuerza.
—Realmente el sensei me ha decepcionado —murmuró Maya para sí misma, apretando el puño de la escoba—. Pensé que él sería diferente. Pensé que quizás...
No terminó la frase, pero Nanami la escuchó.
—¿Ves? —dijo con amargura—. Hasta Maya lo dice. Todos los hombres terminan siendo iguales. Takumi me abandonó. Mi padre siempre trabajando. Y ahora Kai...
—Yo no soy igual —protestó Hanako, ofendido—. Llevo quince años a tu lado, Nanami. Quince años soportando tus berrinches, tus crisis existenciales, tus arranques de furia. Y aquí sigo.
Nanami levantó la vista y, a pesar de las lágrimas, esbozó una pequeña sonrisa.
—Tú no cuentas. Eres como mi hermano. Eres la excepción.
—Me alegra saber que tengo un lugar especial en tu corazón de caos —sonrió Hanako, apartándole el cabello del rostro con cariño—. Ahora, ¿quieres contarme qué pasó exactamente con el sensei de karate?
Nanami negó con la cabeza.
—Nada. No me hizo nada. Ese es el problema. Me hizo sentir que... que quizás podría volver a confiar. Que quizás no todos los hombres son iguales. Me mostró un lado de él que... Y luego, con su actitud de hielo, me recordó que soy una estúpida por siquiera pensarlo.
—No eres una estúpida —dijo Hanako con firmeza—. Eres alguien que ha sido lastimada muchas veces. Tu madre, tu abuela, Takumi... Es normal que tengas miedo.
El nombre de su madre flotó en el aire como un fantasma.
Nanami tragó saliva.
—A veces pienso que si mi madre no me hubiera abandonado, tal vez sería diferente. Tal vez sabría cómo hacer que la gente se quede.
Hanako la sostuvo más fuerte.
—No fue tu culpa, Nanami. Nunca lo fue. Tu madre... ella Solo se enfermo y partió eso no es tú culpa,
—¿Y Takumi? —susurró ella— El ...
—Takumi es un idiota —respondió Hanako sin dudar—. Y si algún día me lo encuentro, le voy a partir la cara.
Nanami soltó una risa entrecortada.
—Eres mi representante, no mi guardaespaldas.
—Puedo ser las dos cosas.
Maya, que había terminado de recoger los cristales, se acercó con una taza de té caliente.
—Señorita, tómelo. Le hará bien.
Nanami aceptó la taza y bebió un sorbo. El calor le recorrió el cuerpo, calmando un poco el temblor.
—Maya —dijo en voz baja—. ¿Tú también crees que soy una tonta por ilusionarme con Kai?
Maya negó con la cabeza, con una expresión seria que no era común en ella.
—No, señorita. Creo que es humano querer ser amado. Pero también creo que el sensei Kai debería explicar su actitud. No puede mostrarse interesado un día y frío al siguiente. No es justo para usted.
—¿Interesado? —Nanami frunció el ceño—. ¿Tú crees que está interesado?
—Señorita, lo he visto mirarla cuando usted no se da cuenta. Lo he visto sonreír cuando usted hace sus berrinches. Lo he visto venir a rescatarla a su habitación. Eso no lo hace cualquiera.
Hanako asintió.
—Maya tiene razón. El tipo claramente siente algo. El problema es si él está dispuesto a admitirlo o no.
—¿Y si no lo está? —preguntó Nanami con la voz quebrada—. ¿Y si vuelvo a ilusionarme y vuelven a abandonarme? No sé si puedo soportarlo otra vez, Hanako. No sé si tengo fuerzas.
Hanako se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas.
—Escúchame bien, Nanami Joong. Tú eres la persona más fuerte que conozco. Sobreviviste a que tu madre se fuera cuando eras una niña. Sobreviviste a la muerte de tu abuela. Sobreviviste a que Takumi te plantara en el altar frente a todo el país. Y vas a sobrevivir a esto también.
Las lágrimas volvieron a los ojos de Nanami, pero esta vez no eran solo de tristeza.
—¿Y si no quiero solo sobrevivir? —susurró—. ¿Y si quiero vivir? ¿Y si quiero amar sin miedo?
Hanako sonrió con ternura.
—Esa es mi Nanami. La que siempre se levanta. Y vas a lograrlo. Pero primero tienes que perdonarte a ti misma por haber amado. Y después, si Kai realmente vale la pena, él va a tener que demostrarlo.
Maya asintió enérgicamente.
—Y si no lo demuestra, yo misma le voy a dar una lección con mi escoba.
Nanami soltó una carcajada. Una carcajada genuina, de esas que hacía mucho no escuchaba de sí misma.
—Maya, te quiero.
—Yo también la quiero, señorita. Pero ahora, a dormir. Mañana será otro día.
Hanako ayudó a Nanami a levantarse y la acompañó hasta las escaleras.
—¿Te quedas? —preguntó ella, con ojos de niña pequeña.
—Siempre —respondió él—. Voy a dormir en el sofá, por si acaso. Por si necesitas hablar.
Nanami sonrió, y por primera vez en horas, su sonrisa llegó a sus ojos.
—Gracias, Hanako. Gracias, Maya.
—Buenas noches, señorita.
Mientras subía las escaleras, Maya y Hanako intercambiaron una mirada.
—Ese tal Kai —murmuró Hanako—. Voy a investigarlo bien. Si lastima a mi Nanami, va a saber quién soy.
—Yo le ayudo —respondió Maya con determinación—. Nadie lastima a mi señorita y se sale con la suya.
En su habitación, Nanami se acostó en la cama y miró el techo.
Pensó en su madre. En su abuela. En Takumi.
Y luego pensó en Kai.
En su sonrisa. En sus manos. En la forma en que la había mirado en casa de su abuela.
—Ojalá te atrevas —susurró a la oscuridad—. Ojalá te atrevas a quererme como yo necesito que me quieran.
Y con ese deseo flotando en el aire, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.