Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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Los secretos de la sangre
El frío del apartamento se filtraba por las rendijas de la ventana, pero el calor que emanaba del cuerpo de Ernesto, sentado a mi lado en el suelo frente a la pequeña mesa de madera, era lo único que me mantenía cuerda. El diario de mi padre estaba abierto entre nosotros, sus páginas amarillentas iluminadas por la débil luz de una vela que Ernesto había encontrado en un cajón.
—Mira esto —dijo Ernesto, señalando una entrada fechada meses antes del arresto de mi padre—. No son solo números. Son coordenadas y nombres en clave.
Mis ojos recorrieron la caligrafía nerviosa de mi padre. Había un nombre que se repetía constantemente: L'Alouette. La Alondra. Al principio pensé que era un negocio, pero a medida que leíamos los párrafos siguientes, mi sangre se congeló.
"L'Alouette no puede saber que he guardado las copias del contrato original. Ella cree que soy fiel al Consejo, pero mi fidelidad siempre fue para proteger a Elena. Si ella se entera, no habrá lugar en el mundo donde podamos escondernos".
—¿Quién es "ella", Ernesto? —pregunté, mi voz temblando—. Mi padre habla de una mujer como si fuera el mismo demonio.
Ernesto pasó la página con cuidado, revelando un trozo de papel doblado que parecía haber sido arrancado de una carta antigua. Al desdoblarlo, una pequeña fotografía cayó sobre la mesa. No era de negocios. Era el retrato de una mujer joven, de una belleza clásica y ojos penetrantes que me resultaron terriblemente familiares.
—Es... es ella —susurré, sintiendo un vacío en el estómago—. Es la mujer de la foto que vi en la montaña. La que estaba con mi madre.
—No, Elena —dijo Ernesto, su voz sonando hueca mientras examinaba la imagen de cerca—. Mira bien los ojos. No es tu madre. Es su hermana, tu tía Isabel. La que todos decían que había muerto en un accidente antes de que tú nacieras.
El silencio que siguió fue absoluto. La historia que yo conocía —una historia de deudas, de un padre desesperado y de un marido cruel— se estaba desmoronando para revelar algo mucho más oscuro. Mi familia no era solo una víctima del Consejo; mi familia era parte del Consejo.
—Isabel Noir no murió —continuó Ernesto, levantándose y caminando de un lado a otro por el pequeño espacio—. Ella es L'Alouette. Ella es la que está moviendo los hilos desde adentro de la junta directiva. Rossi no era más que un peón que ella usó para presionarte.
—¿Me estás diciendo que mi propia tía es la que nos ha quitado todo? ¿La que dejó que mi padre muriera en la cárcel? —La rabia empezó a sustituir al miedo.
Ernesto se detuvo frente a mí y se arrodilló, tomando mis manos entre las suyas. Sus ojos grises estaban llenos de una determinación feroz.
—Si ella es quien creo que es, no solo quiere la empresa, Elena. Te quiere a ti. Eres la última pieza que le falta para consolidar el control total sobre el legado de los Noir y los Blackwood. El contrato de matrimonio que firmamos no era solo por la deuda; era mi forma de ponerte bajo mi apellido para que ella no pudiera reclamarte legalmente como "activo" de su organización.
—Por eso quemaste el sobre —comprendí finalmente, las lágrimas nublando mi vista—. No era para protegerme de tu abuelo, era para protegerme de la verdad sobre mi propia sangre.
—Quería que fueras libre de este odio, Elena. Pero el odio nos ha encontrado —Ernesto acarició mi mejilla, su pulgar borrando una lágrima—. Ahora no tenemos el dinero ni el nombre, pero tenemos este diario. Isabel cree que las pruebas desaparecieron en la chimenea de la biblioteca. No sabe que tú fuiste más inteligente que yo y rescataste la verdad.
Me acerqué a él, buscando la seguridad de su abrazo. El peligro de amarlo ahora se sentía como el único lugar seguro en un mundo lleno de traiciones familiares.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté contra su pecho.
—Mañana buscaremos a un viejo contacto de mi padre. Un hombre que Isabel cree muerto. Si vamos a recuperar nuestro imperio, Elena, tendremos que descender a los niveles más bajos de este mundo para golpear desde donde menos lo esperan.
Esa noche, mientras nos acomodábamos en la cama estrecha, con el sonido de la lluvia golpeando el techo, supe que la guerra ya no era por una empresa. Era por nuestra supervivencia. El contrato había terminado, pero la verdadera lealtad acababa de nacer.