Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
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Confesiones.
Maykol nunca había creído en las promesas.
Había crecido viendo cómo las palabras podían romperse con la misma facilidad con la que se pronunciaban. Por eso, cuando decidió dar el siguiente paso con Alelí, no lo hizo a la ligera. Lo pensó durante noches enteras, caminando por su departamento, observando la ciudad desde lo alto, preguntándose si tenía derecho a involucrarla en una vida marcada por la oscuridad.
Pero cada vez que intentaba alejarse, algo dentro de él se lo impedía.
Alelí no era como las demás.
Nunca lo había sido.
La invitó a cenar una noche distinta a las anteriores. No a un restaurante lujoso, sino a un lugar apartado, tranquilo, donde el ruido del mundo parecía no existir. Había luces cálidas, música suave y una vista abierta al cielo nocturno.
—¿Todo esto es necesario? —preguntó Alelí, observando el lugar con curiosidad.
—Sí —respondió Maykol, serio—. Para lo que voy a decir, sí lo es.
Cenaron en silencio unos minutos. Maykol parecía nervioso, algo poco habitual en él. Alelí lo notó de inmediato.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
Maykol respiró hondo. Se levantó de la silla y caminó hasta quedar frente a ella.
—Nunca he hecho esto —dijo—. Y no soy bueno hablando de sentimientos.
Alelí lo miró, atenta.
—Pero contigo… —continuó— contigo todo es distinto.
Sacó una pequeña caja del bolsillo. No era ostentosa. No necesitaba serlo.
—No te prometo una vida perfecta —dijo con voz firme—. Ni un camino fácil. Pero sí te prometo honestidad… y que lo que siento es real.
La miró directo a los ojos.
—¿Quieres ser mi novia?
Por un segundo, Alelí sintió que el mundo se detenía.
Esto era parte del plan.
Esto era lo que había buscado.
Y aun así, su corazón latía demasiado rápido.
—Sí —respondió finalmente.
Maykol sonrió como no lo había hecho en años. La abrazó con cuidado, como si temiera romper algo frágil.
Sin darse cuenta… ya estaba enamorado.
La vida de Maykol Zurita nunca había sido sencilla.
Llevar ese apellido era una condena silenciosa. Desde niño aprendió que el respeto se imponía con miedo y que la debilidad se castigaba sin piedad. Su padre era un hombre frío, violento, incapaz de amar sin poseer.
Su madre, en cambio, había sido todo lo contrario.
Dulce. Protectora. Valiente. Amorosa.
Durante años soportó los maltratos físicos y emocionales de su esposo. Golpes, gritos, humillaciones. Maykol los escuchaba desde su habitación, apretando los puños, odiándose por ser demasiado joven para hacer algo.
Hasta que un día, ella se quebró.
Encontró consuelo donde menos debía: en uno de sus guardaespaldas. Un hombre que la protegía no solo con armas, sino con palabras suaves, con respeto. Se enamoraron en silencio, con miedo, pero con una intensidad que Maykol notó de inmediato.
—Mamá… —le dijo una vez— ¿eres feliz?
Ella lo miró con tristeza y acarició su rostro.
—Hijo, hago lo que puedo para sobrevivir.
Pero un día el padre de Maykol lo descubrió todo.
No hubo discusiones. No hubo perdón. Solo violencia. Sangre y tortura.
Aquella noche quedó grabada en la memoria de Maykol como una herida que nunca cerró. La sangre. Los gritos. El silencio posterior. Su madre y el guardaespaldas fueron asesinados de una manera cruel, brutal, era como una advertencia de lo que sucedería si traicionaban a Raúl Zurita.
Maykol jamás volvió a ser el mismo.
Desde ese día, el odio hacia su padre se volvió parte de su identidad.
Y ahora por primera vez, estaba compartiendo su secreto con Alelí.
—¿Nunca pensaste en irte? —preguntó Alelí, cuando estaban acostados en el sofá, con la cabeza apoyada en su pecho.
Maykol guardó silencio unos segundos.
—Todos los días —respondió—. Pero no puedo.
—¿Por qué?
—Por mi hermana.
Anahí.
Una chica de catorce años, hermosa, inteligente, con una sonrisa que aún no conocía del todo la maldad del mundo. Era lo único puro que quedaba en su vida.
—Mi padre quiere involucrarla en el negocio —continuó Maykol—. Quiere hacerla parte de todo esto.
Alelí levantó la vista.
—¿Y tú?
—Yo no lo permitiré —dijo con firmeza—. Nunca.
Fue por ella que Maykol aceptó involucrarse en los negocios. No por ambición. No por gusto. Por obligación. Por protección.
Se encargaba de organizar algunos tratos, de mover cargamentos de droga, de supervisar que los hombres fueran leales y no traicionaran a la familia. Era eficiente, frío cuando debía serlo, pero por dentro se odiaba por cada paso que daba.
—No elegí esta vida —dijo—. Me la impusieron.
Alelí escuchaba en silencio. Cada palabra se guardaba en su mente como una pieza más del rompecabezas.
A lo largo de su vida, Maykol había tenido mujeres. Muchas. Pero ninguna había logrado atravesar la barrera que construyó tras la muerte de su madre. No se permitía sentir. No se permitía querer.
Hasta que conoció a Alelí.
Desde el primer instante en que la vio, algo se rompió dentro de él. La forma en que entró al cuarto. La firmeza de su mirada. Su indiferencia ante su poder.
—Intenté averiguar todo sobre ti —confesó una noche—. Pero no encontré nada.
Alelí sonrió con calma.
—No hay mucho que saber. con que sepas mi nombre date por bien servido.
Maykol la observó con atención.
—Eso es lo que más me intriga. Lo único que se de ti es que te llamas Melisa. Mi Melisa.
La abrazó, sin saber que esa mujer guardaba más secretos de los que jamás imaginó.
Por otro lado Anita notaba los cambios con claridad.
—Estás enamorada Melisa —le dijo sin rodeos—. Y no intentes negarlo.
—No lo estoy —respondió Alelí.
—Te brillan los ojos —insistió Anita—. Y eso no te pasaba antes.
Alelí guardó silencio.
No podía decirle la verdad.
Porque la verdad destruiría todo.
Así pasaron algunas noches, de historias y confesiones, después de despedirse de Maykol, Alelí volvió a casa con la mente llena de contradicciones. Pensó en la flor. En la sangre. En la promesa. Pensó en Anahí. En la madre asesinada. En el odio que Maykol cargaba.
—Esto no debía pasar —se dijo.
Pero el plan debe seguir en pie.
Pero ahora…
el enemigo tenía rostro.
Tenía historia.
Tenía heridas.
Y eso lo hacía mucho más difícil.
Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, el padre de Maykol recibía informes inquietantes. Una flor. Siempre la misma. Bandas cayendo. Hombres desapareciendo. Raúl enfureció y ordenó a sus hombres actuar de inmediato.
—Encuentren quién está detrás de esto!! —ordenó—. Y tráiganmela viva… o muerta!!.
Sin saberlo, Alelí y Maykol avanzaban directo hacia una colisión inevitable.
Y cuando llegara el momento…
el amor no sería suficiente para detener la tragedia.