El sacrificio es solo el comienzo.
Para salvar a su hermana de una muerte segura, Elisabeth toma una decisión irrevocable: entregar su libertad y su sangre a la realeza de las sombras. Como la nueva sierva de sangre personal del príncipe Damián, su vida ahora se mide en gotas y se consume tras los muros de un palacio donde la luz del sol es un recuerdo lejano.
Damián es todo lo que las leyendas advierten: frío, letal y poseedor de una belleza tan peligrosa como su linaje. Sin embargo, tras la máscara de heredero implacable, Elisabeth descubre a un hombre atrapado en su propia inmortalidad. Lo que comienza como un contrato de supervivencia se transforma en una atracción magnética y prohibida que desafía las leyes de la naturaleza y los prejuicios de siglos de guerra.
Pero en el mundo de los inmortales, el amor es una debilidad que los enemigos no perdonan. Mientras su conexión crece, el destino comienza a tejer una red de traiciónes, secretos y una profecía antigua
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capítulo 15: Guerra y cenizas
Parte I: El Sol en la Tormenta
La marea de oscuridad avanzaba, imparable. Cientos de ojos rojos brillaban en la penumbra del valle. Pero yo no vi una horda; vi a cada uno de mis protegidos que huían por el túnel norte, y esa visión avivó la furia de Solaris en mi interior.
—¡Por los caídos! ¡Por la libertad! —grité, y mi voz se transformó en un rugido de fuego.
El ejército de Silas se abalanzó. Los vampiros de primera línea, los "Segadores", eran bestias de fuerza bruta. Pero no estaban preparados para el sol. Al extender mis brazos, una ola de energía dorada estalló de mi cuerpo, lanzando a los primeros veinte Segadores por los aires, desintegrándolos en cenizas antes de que sus garras pudieran tocarme.
Cerré los puños, y dos orbes de fuego puro aparecieron en mis manos. Los lancé hacia el centro de la formación enemiga, y explotaron en una cascada de luz que quemó a decenas de vampiros, haciéndolos gritar mientras se convertían en polvo. Ya no era Elisabeth la humana asustada; era la encarnación de la furia solar.
Bailé entre ellos, un espectro de luz contra las sombras. Cada patada imbuida con magia solar enviaba a los vampiros a volar, cada golpe de mi espada, ahora ardiente, los cortaba en dos, sellando sus heridas con fuego que impedía que se regeneraran. Mi "Manto de Helios" se activaba cada vez que intentaban rodearme, dejando un círculo de cenizas a mi alrededor. La tierra misma se quemaba bajo mis pies.
Uno a uno, cien, doscientos, la mitad del ejército de Silas cayó. Los supervivientes, ahora temblorosos y desorientados, empezaron a retroceder, sus instintos de depredador reemplazados por el pánico ancestral al fuego.
Silas, que había observado la masacre desde la retaguardia, apretó los dientes. Su rostro era una máscara de furia contenida. Alzó una mano y emitió un silbido agudo, un sonido que solo los suyos podían escuchar. El ejército se detuvo.
—¡Suficiente! —rugió Silas, desmontando de su corcel. Caminó hacia mí, sus ojos brillando con una oscuridad milenaria—. Has demostrado ser un oponente digno, Aethelgard. Has matado a la mitad de mis mejores hombres. Pero ahora, guerrera, es hora de que te enfrentes a tu verdadero destino.
Me puse en guardia, mi espada de luz emanando un calor infernal. El enfrentamiento cara a cara con el señor vampiro había llegado.
Parte II: parte del pasado
Mientras Elisabeth convertía el ejército de Silas en cenizas, Andrew se encontraba encadenado en las mazmorras del Palacio de las Sombras, bajo la atenta y fría mirada de Damián. Su hombro sangraba, y la herida de obsidiana palpitaba con un veneno oscuro.
—¿Creíste que podías escapar? —preguntó Damián, acercándose lentamente a Andrew. Sus ojos negros eran pozos de desolación y furia—. Tú fuiste el traidor, el que la llevó de vuelta a los que querían destruirla. Y ella... ella fue la que me dejó morir.
Andrew escupió sangre.
—No sabes nada. La protegí de ti y de tus malditos juegos.
Damián le propinó un puñetazo que hizo que la cabeza de Andrew chocara contra la pared de piedra. El cazador cayó al suelo, débil.
—Sé lo suficiente. Sé que ella ha despertado —Damián se agachó, sujetando a Andrew por el cuello. La fuerza en sus dedos era inhumana—. Y sé que tú eres el único vínculo que la mantendrá anclada a este mundo de cenizas.
Andrew intentó resistir, pero la oscuridad que Damián emanaba era asfixiante. Sus poderes, el calor que antes sentía como un escudo, ahora parecían apagados. Damián estaba en su elemento más puro: la oscuridad total.
Justo cuando Damián apretaba el cuello de Andrew, listo para romperlo, una idea, fría y calculadora, destelló en sus ojos. No era venganza ciega; era estrategia.
—No —susurró Damián, soltando a Andrew con un golpe seco. El cazador cayó inconsciente—. Matarte sería demasiado fácil. Serías un mártir. Pero si eres un cebo... si eres una razón para que ella entre en mi trampa...
Damián se puso de pie, mirando el cuerpo magullado de Andrew.
—Serás la moneda de cambio, cazador. Y tu hermana vendrá por ti. Y cuando lo haga, ella se dará cuenta de que el sol puede arder... pero la oscuridad es eterna.
Damián sonrió, una mueca cruel que no llegó a sus ojos. Ordenó a sus guardias que llevaran a Andrew a una celda visible desde los balcones del palacio, un "escenario" perfecto. El Príncipe de las Cenizas no iba a buscar a Elisabeth; iba a hacer que ella viniera a buscar a lo único que le quedaba de su vida pasada.