Una vez fui la general que nadie pudo doblegar.
Ahora… despierto en una jaula de cristal llamada familia.
Ella murió con traición en la sangre y una espada en el corazón.
Él era su hermano.
Él era su final.
Pero los dioses no entienden de finales.
Elara Voss. Hija legítima.
Olvidada. Humillada. Rechazada.
En su mansión, la hija adoptiva brilla como la estrella que nunca le permitieron ser.
Y todos… todos la adoran.
Excepto que algo dentro de Valeria despierta. Algo antiguo.
Algo que sabe matar con una mirada.
Y hay un secreto que nadie le dijo:
🗣️ Sus pensamientos… no son silenciosos.
La familia los oye.
El prometido los oye.
Pero la impostora… no.
¿Qué pasa cuando una leyenda renace en el cuerpo de la chica que todos ignoran?
¿Y si su voz interior… es la única arma que necesita para destruirlos a todos?
Entre galas de alta sociedad, sonrisas falsas y promesas rotas…
una guerra silenciosa está a punto de estallar.
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La duda persistente
El silencio que prosiguió después de las palabras de Ariana fue tan denso que parecía cortar el aire. Ariana permaneció allí de rodillas, con las dos manos aún cubriéndole el rostro, pero sus sollozos se habían detenido de golpe, como si alguien hubiese apagado un interruptor. Sus hombros ya no temblaban, y sus dedos se habían separado apenas lo suficiente como para dejar entrever un ojo que miraba, calculadoramente, las reacciones de cada uno de los miembros de la familia.
Elara no hizo ningún movimiento. Y la sopa aún seguía goteando de su mano, formando así un charco oscuro en el suelo de mármol. El ardor que sentía en la piel era intenso, pero ella lo ignoró completamente; había soportado heridas mucho peores en el campo de batalla de Eldoria y esta no era la excepción. Lo que quemaba ahora de verdad no era la quemadura que tenía en su piel, si no, solo la satisfacción fría que le estaba recorriendo cada una de las venas.
«Que tiemblen», pensó, con sus ojos azules puestos fijamente en Ariana. «Que sientan lo que es dudar de su preciosa “hija” por primera vez».
Victor carraspeo, intentando recuperar aunque sea un poco, la compostura que siempre había intentado llevar como armadura de patriarca.
—Ariana —habló finalmente con la voz ronca—, ¿Puedes explicar qué acaba de pasar?
Ariana se limitó a bajar las manos lentamente. Dejando ver su rostro rojo, un rojo claramente fingido de su falso llanto. Pero sus ojos... sus ojos estaban completamente secos, demasiado secos.
—No... no sé qué pasó —balbuceó, mientras retrocedía otro paso—. Yo solo quería darle la sopa a Elara... tal vez tropecé. ¡Lo siento tanto! No era mi intención...
«Mentira tras mentira», pensó Elara, intentando contener una risa amarga. «Siempre la misma canción».
—Tú... tú giraste la muñeca —susurró, como si las palabras le quemaran la lengua al salir—. Lo vi. Fue muy rápido, pero... lo vi.
Damien fue el primero en reaccionar. Con un suspiro pesado, se aproximó hacia Ariana y la ayudó a ponerse de pie con gentileza, como si estuviese manejando algo frágil, algo que podría romperse con cualquier descuido. Y le pasó uno de sus brazos por los hombros, reconfortándola.
—No es tu culpa, Ariana —le dijo con un tono de voz suave, lanzándole una mirada de reojo a Elara—. Fue un accidente. Todos estamos alterados ahora mismo.
Victor y Miriam intercambiaron entre si una mirada incómoda, pero no contradijeron las palabras de Damien. Victor volvió a carraspear, pero esta vez no dijo nada respecto al incidente. Y Mirian solo se limitó a asentir con la cabeza ligeramente, mientras sus ojos evitaban a los de Elara.
«Ja, siempre cayendo en los pequeños pero maquiavélicos trucos de su hermanita una y otra vez», pensó Elara, conteniendo una risa amarga. «No me sorprende que al final termine muriendo a manos de su preciada hermana quién le mandó a sacar los órganos y lo envió a tirar en un desagüe, desangrándose hasta la muerte».
Elara se detuvo por unos momentos, mirando a los presentes con una mirada que se encargaba de ocultar perfectamente la tormenta interior. Primero posó sus ojos en Miriam, su “querida madre”.
«Esta es mi querida madre», pensó con sarcasmo. «Nunca confió en la dueña original y siempre creía en todo lo que su hija adoptiva decía. Por eso terminó muriendo en manos de su preciada hija, quien la vio tener un ataque al corazón, le botó las pastillas y disfrutó de su agonía».
Luego, dirigió su mirada hacia Damien, su hermano mayor —o segundo hermano, como lo recordaba la dueña original en los fragmentos de su memoria, quizás refiriéndose a un orden familiar más amplio en sus pensamientos confusos.
«Y este es mi segundo hermano», volvió a pensar, el desdén filtrándose en su mente. «Quien, a causa de las palabras de la falsa, dejó que los sirvientes trataran como quisiesen a la dueña original. Tanto que sufría bullying en la escuela y era acosada diariamente por sus compañeros, órdenes de su hermana adoptiva. No me sorprende que haya terminado muriendo miserablemente en manos de la hermana a la cuál el más amaba».
Ariana, quien ahora se encontraba de pie gracias a su hermano Damien, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y observó a Elara con una expresión que combinaba tristeza fingida y un atisbo de victoria oculta. No agregó nada más, pero su mensaje estaba perfectamente claro: la familia aún estaba de su lado, al menos por ahora.
Victor al ver que nadie más hablaba, optó por romper el silencio, mientras se frotaba las sienes.
—Este ha sido un día largo —susurró—. Todos necesitamos calmarnos. Ariana, ve a tu habitación a descansar. Elara... Tú también. Hablaremos de esto mañana.
Miriam asintió moviendo la cabeza, evitando cualquier tipo de confrontación.
—Sí, mañana. Todo se aclarará.
Damien soltó a Ariana con reticencia y se ofreció a acompañarla hasta su puerta, murmurandole algo reconfortante que Elara no logró escuchar. Ariana abandonó la habitación con la cabeza agachada, pero Elara podía jurar que vió una sonrisa fugaz en sus labios.
Cuando la puerta finalmente se cerró, Elara se había quedado sola con sus padres y hermano. Victor y Miriam la observaron brevemente, pero no se aproximaron hacia ella. Y Damien solo suspiró y se permitió dejarse caer en una silla.
—Elara, no sé qué te pasa últimamente —agregó con cansancio—. Pero Ariana no es mala. Solo está... asustada.
Elara no contestó. En su lugar, solo se limitó a mover la cabeza asintiendo con pesadez y caminó hacia el baño adjunto para limpiarse la sopa. Y mientras el agua fría le calmaba las quemaduras, su mente se encontraba trabajando a toda velocidad
«Mañana», pensó. «Mañana comenzaré a plantar las semillas de la verdad. Poco a poco. Y que sufran cuando se den cuenta de lo ciegos que han sido todo este tiempo».
Fuera, allí en el pasillo, Ariana se alejó con pasos silenciosos, con la máscara de fragilidad todavía intacta. Pero en su mente, un plan ya había tomado forma: Elara no duraría mucho en esa casa y ella se iba a encargar de eso.
Y en algún lugar profundo del alma de Elara, Lirael sonrió.