"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El vuelo interrumpido
El aeropuerto de Malpensa amaneció envuelto en una bruma grisácea que apenas dejaba ver las pistas de aterrizaje. Lucía se movía entre la multitud como un fantasma, con los ojos hinchados tras una noche de llanto y una maleta que se sentía más pesada de lo normal. Había dejado la carta de renuncia bajo la puerta de Dante a las cinco de la mañana, huyendo del hotel antes de que el primer rayo de sol pudiera delatarla.
En su mente, solo resonaba el mensaje de Alessia. Para una chica como ella, que compartía un pequeño apartamento en Brooklyn con su mejor amiga Dayan y contaba cada dólar para ayudar a sus padres en Connecticut, la amenaza de ser "borrada" del mundo laboral de Nueva York no era algo que pudiera tomarse a la ligera. Amaba a Dante, lo amaba con una intensidad que la asustaba, pero ese amor era un lujo que no podía permitirse si el precio era su propia ruina.
—Pasaporte y tarjeta de embarque, por favor —dijo la agente de la aerolínea.
Lucía entregó los documentos con las manos temblorosas. Solo faltaban unos minutos para cruzar la puerta de embarque. Una vez en el aire, estaría a salvo. Dante no podría alcanzarla a diez mil metros de altura.
Sin embargo, justo cuando la agente iba a escanear el boleto, el sistema emitió un pitido agudo y rojo.
—Lo siento, señorita Bennet, pero hay una restricción en su vuelo. No puede abordar.
—¿Restricción? Debe ser un error —balbuceó Lucía, sintiendo que el aire empezaba a faltarle—. Es un vuelo comercial, pagué por él...
—El vuelo ha sido retrasado por "razones técnicas" exclusivamente para su asiento, señorita —dijo la mujer, confundida—. Y se me ha instruido que la acompañe a la sala VIP. Alguien la está esperando.
El corazón de Lucía se detuvo. Solo había un hombre en el mundo con el poder suficiente para detener un avión comercial en suelo extranjero por un capricho personal. Se giró lentamente y, al fondo del pasillo, escoltado por dos hombres de seguridad del aeropuerto, vio la imponente figura de Dante Moretti.
No vestía su traje habitual; llevaba una camisa negra con los primeros botones abiertos y una expresión de furia tan pura que la gente se apartaba a su paso. Sus ojos grises eran dos tormentas de hielo fijas en ella.
Cuando llegó frente a ella, el silencio que los rodeó fue ensordecedor. Dante hizo una seña y los agentes de seguridad se retiraron, dejándolos en una burbuja de tensión insoportable.
—¿Pensaste que una carta bajo la puerta sería suficiente para borrar lo que pasó anoche? —preguntó él. Su voz era un susurro peligroso, cargado de una rabia que ocultaba un dolor profundo.
—Señor Moretti, por favor, déjeme ir —suplicó Lucía, retrocediendo hasta chocar con el mostrador—. Usted no entiende... Alessia me envió un mensaje. Ella va a destruirme. No puedo quedarme a su lado.
Dante dio un paso al frente, acorralándola. Su presencia era tan dominante que el bullicio del aeropuerto desapareció.
—Leí el mensaje, Lucía. Anoche mientras estabas dormida en la oficina y llegó el mensaje, la luz se encendió y no pude evitar leer lo que decía. ¿Crees que soy tan débil como para permitir que ella te toque? ¿Crees que te dejaría huir a Nueva York para esconderte en un rincón mientras yo me quedo aquí muriendo por dentro?
—¡Es su prometida! —gritó ella en un susurro desesperado—. ¡Su padre lo obliga a este compromiso! Usted mismo me lo dijo una vez... que su apellido era una cadena.
Dante apretó la mandíbula. El recuerdo de su padre, un hombre cruel que le había enseñado que las emociones eran debilidades que debían ser extirpadas, cruzó su mente. Su padre lo había moldeado para ser una máquina de hielo, pero Lucía había derretido los cimientos de esa estructura.
—Mi padre puede obligarme a firmar contratos, Lucía, pero no puede obligarme a dejarte ir —Dante la tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo con una posesividad que no admitía discusiones—. No vas a renunciar. He organizado todo. Alessia se va a París hoy mismo. Y cuando volvamos a Nueva York, trabajarás con mi hermana Isabella en la fundación. Ella te protegerá. Estarás bajo el apellido Moretti, pero lejos de las garras de los Van Doren.
—¿Por qué hace esto? —preguntó ella, llorando abiertamente—. ¿Por qué se arriesga tanto por una simple asistente?
Dante le acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con su furia anterior. Sus ojos buscaron los de ella, bajando por un segundo a sus labios.
—Porque anoche, cuando me agarraste del cuello en ese pasillo, entendí que prefiero arruinar mi imperio antes que pasar un solo día sin saber que estás cerca. No vas a subir a ese avión, Lucía. Vas a volver al hotel conmigo.
Sin esperar respuesta, Dante tomó la maleta de Lucía y, sujetándola firmemente de la mano, la guio fuera de la terminal. El poder de Dante era absoluto, pero mientras caminaban hacia el coche que los esperaba, Lucía se dio cuenta de algo aterrador: ya no tenía miedo de Alessia. Tenía miedo de sí misma, porque sabía que, aunque Dante la estaba salvando, también la estaba condenando a un amor que los consumiría a ambos hasta las cenizas